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El mito de la Sanidad Pública

En términos generales, las personas son más honradas en los asuntos privados que en los públicos.

David Hume, Essays Moral, Political and Literacy

La sanidad y el sistema sanitario se ha convertido, casi sin dudas, en uno de los temas de nuestro tiempo. Y en uno con el que hacer incesante campaña en defensa de los poderes del Gobierno o Estado frente a la sociedad civil. El elogio y bastión por la llamada "sanidad pública" de modo inequívoco ha llegado a ser uno de los grandes mantras allende los mares. Hasta cuando la derecha conservadora introduce cambios para controlar la demanda (el mal llamado copago que no es sino repago), o controlar los costes (modelos de gestión privada), afirma que lo hace para defender la "sanidad pública". Con todo y con esto, cuestionar la Sanidad pública parecería semejante a querer hacer lo propio con los derechos humanos fundamentales o la Ley de la Gravedad de Newton: algo bárbaro y atroz tanto moral como intelectualmente.

Decía el novelista Mark Twain que cuando te encuentres del lado de la mayoría es hora de hacer una pausa y reflexionar. Intentemos pues reflexionar. Si lo pensamos bien, es común la idea de que la relación del Gobierno respecto a la sociedad civil es comparable a la que Santo Tomás de Aquino formuló para demostrar a Dios con sus famosas "cinco vías". Creemos que la sociedad está diseñada, ergo se precisa un diseñador (quinta vía), que la movilidad que implica la sociedad necesita de un motor primero (primera vía), que la sociedad es consecuencia de una causa anterior (segunda vía), y hasta incluso que la sociedad es un evento contigente o fortuito que precisa de otro necesario (tercera vía), el cual poco menos conlleva el grado de la perfección (cuarta vía). Así, el Gobierno sería necesario, origen del orden y causa de donde emana la sociedad.

En el fondo, en esta idea sin ambages se basó Platón y es la ineludible base filosófica de donde emergió una ideología: el socialismo en todas sus variantes y formas. Así, si tenemos educación, sanidad, carreteras y semáforos, complejos urbanos o incluso leyes es, y no podría ser de otra forma según tal concepción, gracias a que hay alguien que está a cargo de ello, un ordenador y director de orquesta: el Gobierno.

El orden, tal como presume ese modo de pensar, necesita de un generador central. Por ello es popular que el mercado es la selva: en ambos no habría Gobierno.

Sin embargo, cuando uno visita un supermercado difícilmente puede decir que eso es comparable a una selva. Los lineales están perfectamente apilados, los productos etiquetados, referenciados, ordenados, categorizados e incluso diariamente repuestos. Es más, la variedad de formatos, precios y calidades es poco menos que asombrosa. Con o sin azúcar, con o sin lactosa o sal, en tamaño pequeño o grande, congelado, fresco, de importación o nacional, ecológico... Además, existen múltiples redes distintas de supermercados con diversas selecciones de precios, productos, tipo de atención al cliente, ofertas y ventajas. Resulta harto curioso que demandemos un ordenador y director de orquesta (Gobierno) para que ciertas cosas se hagan, se hagan bien y cubran necesidades fundamentales de los ciudadanos (sanidad, educación...), cuando cosas tan fundamentales y vitales como la alimentación (sin la cual morimos en días) se hacen y se hacen tan bien al alcance popular de los ciudadanos sin apenas presencia de aquel director de orquesta. El error reside en creer que el orden necesita un generador central; el orden autogenerado no es magia: simplemente se llama sociedad libre.

Así, la idea de orden dirigido y controlado cuyo epítome es el Ejército tan bien regido, jerarquizado y organizado por el Gobierno la pretendemos trasladar al resto de ámbitos de la vida y la sociedad. "Si la sanidad no es pública y en manos del Gobierno, será caótica y cara", protestan las hordas que comen barato gracias al libre mercado alimentario.

¿Por qué en 1840 nadie reclamaba la necesidad de una sanidad para cuantas más personas posibles? No podemos decir que fue la ausencia de democracia, pues en aquel entonces ya existían Gobiernos elegidos por sufragio. Si hoy demandamos cosas que hace no tantas décadas no exigíamos es porque el Capitalismo de libre mercado y la globalización han hecho posible que cada vez más personas tengan acceso a cada vez más bienes y servicios. Nos acostumbramos a vivir cada vez mejor que las generaciones previas y solicitamos del Gobierno que acelere este proceso. Por desgracia, no somos conscientes de que el Gobierno al ordeñar la vaca pródiga del Capitalismo la paraliza y esteriliza. Cuando el ordenador y director de orquesta entra en la escena del orden autogenerado del mercado, el proceso social se estanca y anquilosa. Cuando afirmo que el Gobierno es en sí mismo una religión, ni siquiera es una metáfora: es la misma idea de no concebir el movimiento de los planetas, el viento o cualquier fenómeno físico o climático más allá de los mandatos y decisiones de un Dios o cerebro central. El problema, claro está, no es que unos crean en el Gobierno, sino que nos hacen comulgar forzosamente con ellos a quienes no profesamos su religión gubernamental.

La ilusión del acceso igual y universal cuando el Gobierno elimina los procesos de mercado y la propiedad privada no es más que eso: el precio político de la sanidad pública-gubernamental favorece por ejemplo el acceso a la sanidad a quienes son capaces de mantenerse vivos durante más tiempo en una lista de espera.

Uno de los muchos argumentos de los enemigos de la libertad contra la sanidad libre (y la ciencia médica libre) es que dado que no todas las terapias, teorías ni estrategias clínicas funcionan ni son efectivas, es tarea del director de orquesta (Gobierno) decidir qué teorías médicas son aplicables. El problema –aparte de la falta de libertad de elección del paciente- es que esto significa qué teorías y estrategias son subvencionables. Y aquí es donde la medicina, al estar en manos del Gobierno, se convierte en un juego y trama política. La salud y la ciencia se politizan. El servicio al consumidor se transforma en servicio al subvencionador.

Dado además que evidentemente habrá teorías más ciertas y otras más fraudulentas médicamente, si el Gobierno acierta acertaremos todos. Pero si el Gobierno no acierta fracasaremos todos. El proceso de competencia del mercado sanitario tiene los incentivos para marginar las teorías médicas fraudulentas de que carece el Gobierno.

Realmente no existe tal cosa como la "propiedad pública". El economista Murray Rothbard observó certeramente que no era más que un modo de designar la propiedad privada del Gobierno. El también economista Gustave de Molinari aseveró un siglo antes que el concepto de "propiedad pública" no es más que un oxímoron, es decir, un absurdo o contradicción en términos. Toda genuina propiedad, como la de los políticos y burócratas, es de alguien o algunos individuos definidos y concretos: es privada.

Así, podríamos establecer la justa dicotomía entre propiedad privada de la sociedad civil versus la propiedad privada del Gobierno. Los llamados defensores de la ‘sanidad pública’ son por tanto defensores del Gobierno. Pero, ¿es cierto que la sociedad no puede administrar y gestionar bien su sanidad, o que no puede cubrir a creciente número de masas populares? El caso británico es aleccionador.

El doctor David Green expuso de manera tan incontestable como brillante cómo las clases obreras británicas se labraron desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX cuando irrumpió el gubernamental Sistema Nacional de Salud británico su propio futuro y cuidado sanitario sin necesidad alguna de Gobierno. Por ejemplo, en 1847 abrió el Great Western Railway Medical Fund Society of Swindon dando cobertura a más de 40.000 obreros y sus familias afiliados a su mutua, que eran atendidos por más de una docena de médicos, especialistas con servicio de urgencias y visitas a domicilio, un hospital con casi medio centenar de camas e incluso varios dentistas. Mutuas y asociaciones de autoayuda se popularizaron con el tiempo en diversos sectores obreros británicos demostrando cuán benefactor es el mercado libre para los trabajadores y su salud: ferroviarios, obreros industriales, mineros... Cada vez eran más y cada vez contaban con servicios médicos crecientes y en mejora. El número de instituciones médicas libres y privadas como estas mutuas de trabajadores y obreros se multiplicaron en Gran Bretaña por 16 entre 1870 y 1883. Para esta fecha, las sociedades médicas contaban con prácticamente 140.000 afiliados y para comienzos del siglo XX ya superaban los 300.000 los afiliados. En todo tipo de mutuas, sociedades o asociaciones voluntarias en 1911 estaban en total cubiertos casi 10 millones de británicos.

El mercado libre y el orden espontáneo y autogenerado de la sociedad voluntaria era un tren a todo gas. Cada vez más rápido, cada vez mejor, los obreros disfrutaban de una provisión sanitaria que nunca antes habrían soñado. La soberanía del consumidor, el poder del obrero como comprador y afiliado para servicios médicos marcaba la pauta de la medicina y el cuidado que exactamente esta clase obrera demandaba y quería. A partir de la Segunda Guerra Mundial el Gobierno británico se precipitó sobre un sector como el sanitario que rendía a pleno gas sometido a las necesidades de los ciudadanos y obreros. Sin ser plenamente consciente de su alabanza al sistema capitalista y libre, la propia revista británica socialista The New Society admitió que "la competencia del mercado satisfacía las necesidades del pueblo" refiriéndose al sistema libre de mutuas sanitarias antes de la irrupción del Gobierno sobre este sector.

Una vez que la propiedad privada de la sociedad es sustituida por la propiedad privada del Gobierno, el poder del ciudadano se diluye. La soberanía del consumidor de un bien o servicio se sustituye por la preeminencia del productor. En la auténtica propiedad privada, el poder reside en los ciudadanos que consumen ese bien; en la llamada propiedad pública, los ciudadanos consumen pasivamente lo que el productor produce. Pasar de la manos privadas del Gobierno ("públicas") a las de los individuos de la sociedad es pasar la toma de decisiones del Gobierno al pueblo.

¿Y qué sucedió cuando irrumpió el Sistema Nacional de Salud británico en 1948? ¿Cuáles fueron los efectos de pasar de la medicina capitalista a una socialista? En 1949, un año después de que el Gobierno expropiara la sanidad del pueblo, la práctica totalidad de mutuas y asociaciones médicas de autoayuda anunciaron el cierre de sus puertas. El Gobierno había dado, ya sin remedio, una estocada mortal a la auto-organización, la solidaridad y la libertad de los obreros y sus cuidados sanitarios.

Nunca, jamás, y la historia lo demuestra, clases obreras como en este caso la británica ni realmente ninguna otra, necesitaron de Gobierno alguno para organizar y administrarse su salud. Siempre han sido y fueron los obreros suficientemente capaces, diligentes y válidos para decidir lo que querían y cuidar de sus familias sin que ningún ordenador, planificador ni dirigente gubernamental guíe y tutele sus vidas y sus fortunas.

Pues ésta, realmente, es la verdadera batalla que en la sanidad como en tantos frentes hemos de librar. La de la emancipación de cada ciudadano, la devolución de la soberanía del Gobierno al pueblo, la desamortización de los bienes y servicios expropiados y expoliados por el órgano gubernamental y estatal, la restitución de la autoridad del ciudadano-consumidor usurpada por los políticos-productores, y la iza de una bandera tan descollante como posible sea: la de la libertad. Para ser más prósperos que nuestros antepasados, y cada vez más. Y sobre todo más honorables, más justos y más humanos.