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El mundo “yira” (y la economía también)

Dice el tango que cuando todo te vaya mal, la indiferencia del mundo, que es sordo y es mudo, sentirás. Y entonces verás que todo es mentira, que al mundo nada le importa… gira, gira (o yira, yira). Y me recuerda a quienes aseguran que el Estado es el mal puro sin bien alguno, y a quienes afirman que el mercado es el mal puro, sin mezcla de bien alguno.

Racionalmente es fácil el recurso al hombre del saco, en un sentido o en otro, pero lleva a una progresiva parálisis de la curiosidad intelectual, a la derrota científica, a la muerte de las ciencias, en este caso sociales. Es como el recurso a Dios para explicar el color azul del cielo. Para los despistados: nadie agarró el bote de pinturas y eligió el azul. Así también, recurrir al Estado o al mercado sistemáticamente para explicar la crisis o el empeoramiento de la economía de un país es llamar tonto al espectador o al lector. Un error imperdonable. Porque hasta las personas menos formadas, cuando no quieren ser engañadas, a la cuarta vez que les dices “La culpa fue del chachachá” tuercen el gesto y ya no se creen nada. Y he apuntado adrede que se trata de aquellas personas que no quieren ser engañadas, porque hay una parte creciente de la población que prefieren que le cuenten cuentos chinos antes de tener que moverse. Es la desidia mental, la pereza humana, lo que nos está matando a fuego lento.

Porque suelen ser esas personas remolonas intelectualmente las que no se preguntan por qué el mundo gira y se conforman con pensar que “es sordo y es mudo… que nada le importa”. Y no puedo por menos que recordar al maravilloso y tristemente desaparecido Daniel Rabinovitch que al final del sketch “La gallinita dijo Eureka” exclamaba desesperado al hijo preguntón que las gallinitas no hablan. Ni el mundo ve, oye o siente. Ni el mercado o los mercados, que en plurar aumenta la sensación de conspiración, son egoístas, crueles y roban; ni el Estado es devorador, porque no come. Otra cosa es lo que hacen las personas que habitan el mundo, las que demandan y ofrecen en el mercado, las que ocupan puestos de responsabilidad mayor o menor en las diversas instituciones que componen el Estado.

Es el comportamiento de esas personas lo que determina si esas instituciones o el mismo mundo son insanos, hostiles y hasta detestables. Y ese comportamiento es bueno o malo dependiendo de los incentivos, es decir, de si les merece la pena o no. Por supuesto, quien tiene unos valores que le guían de verdad, todo va bien. Pero no es lo que pasa la mayoría de las veces. Muchos de los que alardean de educar en valores, o de defender sus valores, por debajo de cuerda son unos tramposos. Y eso vale para todos, no es una cuestión ideológica, es humano. Por eso es tan importante no dar por sentado que quien habla de libertad, de justicia, de verdad va a poner en práctica lo que dice. Y por la misma razón, es imprescindible que los incentivos sean los adecuados: la rendición de cuentas y la igualdad ante la ley sin excepciones es, para mí, algo inexcusable.

No solamente se trata de diseñar las leyes, se trata de que estas leyes no lleven a vicios por parte de ciudadanos y de gobernantes o funcionarios. La diferencia estriba en que un funcionario tiene más facilidad para eludir su responsabilidad que un trabajador del sector privado. Al evitar rendir cuentas, atrae al llamado “servicio público” a los peores, no a los mejores, y con este sistema, encontrar ejemplaridad pública 8que diría Javier Gomá) es casi un milagro. Y lo mismo sucede con aquellos empresarios o ciudadanos que han logrado acordar un privilegio con algún sector de la administración. Son funcionarios encubiertos, que maleducan con su mal ejemplo, a los demás.

La sensación de que vivir fácil es vivir mejor, cuando los valores del esfuerzo y el deber cumplido no son lo suficientemente fuertes, se instala en el conjunto de la sociedad. Y en entonces cuando da la sensación de que todo es mentira y el mundo “yira, yira” sin darse cuenta de lo que pasa.

Esa perversión en los incentivos se da también en el mercado, que, para sorpresa de algunos, puede funcionar bien, mal y regular. Pero no se trata de anularlo y sustituirlo por el Estado, sino de poner los incentivos donde deben estar. Lo normal, en estos casos, es que hacer menos es mejor que hacer de más. No es intuitivo, así que requerirá de explicación aparte. De momento, me quedo con la idea de que el ser humano mejora cuando se le da la oportunidad y empeora de la misma manera. No se me ocurre un mejor camino que la responsabilidad individual para llegar a la excelencia.