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El pensamiento monetario de Juan de Mariana (I)

Una parte destacable de la obra del Padre Juan de Mariana dedicada a cuestiones políticas, en sentido amplio, toca el espinoso asunto monetario. Esto resulta perfectamente explicable, si se conoce la época y al autor, así como sus preocupaciones y sus circunstancias. Vamos a dedicar una serie de artículos a explicar cuál era el pensamiento monetario del Padre Mariana, y a situarlo en su contexto histórico.

I

En primer lugar, cabe decir que la denominada Escuela de Salamanca se vio obligada a tratar antes y con mayor sutileza de pensamiento estas complejas cuestiones, ya que España importó grandes cantidades de metal de América. Varios de estos autores entendieron que los bienes viajan de donde son menos valorados a donde lo son más, y que así ocurre con el dinero. Y que, como en América era abundante y aquí escaso y muy valorado, venía en grandes cantidades a nuestro país.

Algunos autores entendieron, ya entonces, que la llegada masiva de dinero provocó un alza generalizada de los precios. Es el caso de Martín de Azpilicueta, quien afirma en su Comentario Resolutorio de Cambios (1556) que “en las tierras do hay gran falta de dinero, todas las otras cosas vendibles y aún las manos y trabajos de los hombres se dan por menos dineros que do hay abundancia de él... La causa de lo cual es que el dinero vale más donde y cuando hay falta de él, que donde y cuando hay abundancia”. Esta es probablemente la primera exposición de la teoría cuantitativa del dinero. También dirá Luis de Molina: “Hay otra forma por la que el dinero puede valer más en un lugar que en otro, que es porque sea más escaso allí que en otro lugar. En igualdad de condiciones, donde el dinero sea más abundante, será menos valioso para el fin de comprar cosas comparables distintas del dinero”. No vamos a recoger aquí las ideas de Azpilicueta, Tomás de Mercado o Domingo de Soto, sino simplemente a hacer ver que en la España de aquellos años las cuestiones monetarias estaban de actualidad y tenían una importancia que ahora nos cuesta apreciar.

Juan de Mariana, por su parte, ve el gobierno de la moneda como parte de las funciones que le competen al rey. Y nuestro autor, como saben, escribió una obra extraordinaria, De regis et regis institutione (1599), en la que se planteaba mostrar a Felipe III, que con 21 años hacía uno que había subido al trono, cómo debía ser un buen rey. La obra la solicitó García Loaysa y Girón, preceptor del rey. En ella, Mariana le dedica a la moneda todo un capítulo, de cierta extensión, el VIII del tercer libro.

Ese capítulo ya le habría valido para inscribir su nombre en una historia del pensamiento monetario. Pero volvió a abordar la cuestión, con mayor profusión, no muchos años después. Fue en el Tratado y discurso sobre la moneda de vellón que al presente se labra en Castilla y de algunos desórdenes y abusos (1609). Y, ciertamente, aunque tiene la vocación de agitación política de un panfleto, estamos ante un verdadero tratado, como espero poder demostrar aquí. Es una obra sistemática, en la que su denuncia, que es grave y muy clara para el que lea el libro, se desprende como fruta madura de un árbol de pensamiento bien enraizado.

En esta serie de artículos, para exponer el pensamiento de Juan de Mariana por lo que se refiere a la moneda, haré dos cosas. Por un lado, me ceñiré especialmente al Tratado, pero voy a citar libremente una u otra obra, porque juntas forman parte de un pensamiento coherente, y las dos son representativas de su pensamiento. Y, por otro lado, para facilitar su comprensión voy a exponer sus ideas en distintos niveles de análisis, y no en el orden en el que él las propuso a sus lectores.

Él denuncia, lo dice en el título, “desórdenes y abusos” en la gestión de la moneda. Antes de seguir, tenemos que hacer una aclaración. Entonces había al menos dos sistemas monetarios, y quizás sea más preciso decir que fueron tres. Conectados, como están todos los fenómenos que se producen dentro del mercado, pero distintos.

Por un lado están el oro y la plata. Ambos, y sobre todo el primero, servían a una necesidad de comercio internacional. La plata, además, debido a su menor valor, servía también al menudeo y el comercio interior. De este modo, servía de enlace entre el comercio internacional y la vida económica más adherida al país. Pero los dos metales no agotaban las necesidades del mercado. Estaba, además, lo que se llama la “moneda pequeña”, de menor valor. Era emitida exclusivamente por el Estado, el cual obtenía un beneficio por la diferencia entre el valor nominal de esas monedas y el real, constituido por el contenido en el metal de las mismas. Y ya nos acercamos mucho a las palabras de Juan de Mariana. Tenemos que señalar que esta moneda pequeña, esta moneda de vellón, se había convertido en lo que hoy denominamos moneda fiduciaria. Es decir, una moneda cuyo valor legal no está respaldado por el contenido metálico de la misma, sino en todo caso por su cantidad o por la confianza que ponga el mercado en ella.

Corramos a decir que el vellón es una aleación de cobre y plata, algo que permitirá entender lo que luego veremos. Y que las circunstancias en las que Juan de Mariana escribe su Tratado, y que luego veremos con detalle, son los arbitrios del Duque de Lerma para llenar las pobres arcas de la Corona de Castilla. Y compone, como he dicho, una obra que constituye un verdadero tratado sobre el origen y valor del dinero, la gestión del mismo y las consecuencias de su manipulación. Lo hace con análisis a cuatro niveles: teórico, histórico, ético y político. Iremos paso a paso desgranando su pensamiento al respecto. Yo lo haré adhiriéndome a las palabras del propio Juan de Mariana, para luego extraer de ellas el valor de sus contribuciones. Lo haré, eso sí, en un orden distinto del que él propone, para facilitar la comprensión de su sistema y sus conclusiones.

II

Sobre el origen de la moneda

Vamos a empezar señalando cuál es el origen del dinero. En De Regis (Libro III - Capítulo VIII), leemos al padre Mariana expresando estas palabras: “En los primitivos tiempos no se conocía el uso del dinero y las cosas se permutaban recíprocamente, como una oveja por una cabra, un buey por una cantidad de trigo. Después pensaron y entendieron que era más cómodo el cambio de las mercancías y el trigo por los metales preciosos, como el oro, la plata, el cobre. Y, por último, para no tener necesidad de llevar siempre consigo el peso del metal, para el comercio y los demás usos, les pareció muy oportuno dividir los metales en porciones, y ponerles alguna señal que indicase su peso, o su valor; este es el legítimo y natural uso del dinero, como enseña el mismo Aristóteles en el libro primero de Los políticos” (Política). En el Tratado (Capítulo IV), dice que la adopción del dinero fue “de común consentimiento”, y en Capítulo X señala que “La causa porque la moneda se inventó es para facilitar el comercio”. Efectivamente, así lo refiere Aristóteles y es recogido expresamente por Santo Tomás de Aquino.

Mariana se plantea las dificultades que se producen en el trueque, y considera que los hombres descubren que se pueden vencer con el intercambio indirecto: No cambiando A por B, sino A por Z, que es otro bien, pero más fácil de intercambiar, para luego adquirir con Z otros bienes necesarios.

Juan de Mariana, con todo, lo retrotrae todo a un acuerdo, a una hipotética discusión, quizás entre sabios u hombres principales. Es una explicación innecesaria, pues basta con que unos cuantos, más avispados, adopten el comportamiento económicamente adecuado y les vaya bien para que otros lo imiten, y que ese proceso lleve a la adopción de tal o cual bien como medio de intercambio generalmente aceptado. Es decir, como dinero.

Mariana, por tanto, no ofrece una explicación cataláctica del dinero (es decir, basada en el mercado), pero tampoco cae en el cartismo, es decir, en la ficción de que el dinero existe y debe su valor a una decisión del Estado. Opta por un camino intermedio. El dinero surge de la interacción social, pero en un proceso meditado y con un resultado diseñado o preconcebido.

El valor en el mercado

Esta es su explicación sobre el origen del dinero. Pero, ¿y su valor? ¿De dónde viene? Antes de seguir, vamos a decir algo sobre el método que utiliza Juan de Mariana para desbrozar los complejos asuntos económicos. Su método consistente con el de la moderna Escuela Austríaca, que lo ha reivindicado, consiste en plantear supuestos de acción: condiciones generales en las que la acción tiene lugar. Y, a continuación, partir del sujeto, y de las categorías de la acción, para explicar los procesos sociales. Es, en definitiva, un método subjetivista e hipotético-deductivo.

Hablemos ahora del dinero y de su valor. Siguiendo a Aristóteles, durante la Edad Media cunde la idea de que el dinero, entre sus funciones, tiene la de medida del valor de las cosas, algo que no puede realizar si él mismo carece de valor. El dinero, por tanto, tiene un valor objetivo. Es más, Aristóteles, en una afirmación que confundió al propio Marx, señala que en el intercambio los valores deben ser iguales. Esto no es verdad. Si yo voy a una tienda y entrego medio euro por una barra de pan, valoro más el pan que mi dinero. Y del otro lado del mostrador ocurre lo mismo pero al revés.

Pero esta idea objetivista del valor del dinero y de la igualdad de los valores en el intercambio va dejando paso a una concepción subjetivista del valor en la Baja Edad Media, y es la que recogen, y desarrollan, los autores españoles de los siglos XVI y XVII.

Y es aquí donde llegamos a nuestro hombre, que dice en De Regis: “Los hombres se guían por el aprecio común, que generalmente nace de la calidad de la cosa, o de su abundancia o escasez”.

En estas palabras vemos que el valor depende de la capacidad del bien de prestarnos servicio (de la calidad de la cosa), y de su abundancia o escasez. Elementos ambos que son pilares sobre los que se elaborará, mucho más tarde, la teoría marginalista del valor y, superpuesta sobre ella, la teoría de los precios. Y todo ello, nos dice Mariana, ocurre en un proceso que parte del sujeto, de las personas, pero social: el valor depende del “aprecio común” que se basa en esa calidad y esa escasez. Es más, ese valor, nos dice, sirve de guía. Los precios, pronto lo vamos a ver, facilitan el cálculo económico y por tanto el funcionamiento del mercado.

Si la calidad y la escasez es lo que otorgan al bien, en este caso a la moneda, su valor subjetivo. Y si esos valores concurren en intercambios que por el “aprecio común” cristalizan en un precio, ¿cuál es el papel del príncipe en todo ello? Ninguno. Por eso, justo después de expresar cuáles son sus ideas respecto del valor y del precio de la moneda, añade: “En vano el príncipe trabajará en arrancar estos fundamentos del comercio, los que es mejor dejarlos intactos que intentar privar de ellos a la multitud, por la fuerza”.

Valor de mercado y valor legal

Pero hay una realidad, y es que el príncipe, o el Rey, fija un valor legal de la moneda. De modo que la moneda tiene dos valores. Uno que proviene del proceso social y otro de la sanción real. Dice en su Tratado, en el Capítulo IV: “Dos valores tiene la moneda, el uno intrínseco natural, que será según la calidad del metal y según el peso que tiene (...); el segundo valor se puede llamar legal y extrínseco, que es el que el príncipe le impone por su ley, que puede tasar el de la moneda como el de las demás mercadurías”.

En De Regis había explicado exactamente esto, casi con las mismas palabras, y había añadido: “Sería un necio aquél que separase estos valores, de modo que el legal no correspondiese con el natural”. Es más: “De otro modo, si no queremos separarnos de la senda de la justicia y hallar las leyes de la naturaleza, es necesario que el valor legal no se diferencie del natural o intrínseco”. Y dice en el Tratado (IV): “Que estos valores vayan ajustados, como sería injusto en las demás mercadurías que lo que vale ciento se tase por diez, así en la moneda”.

El valor legal, por tanto, no ha de ser más que una sanción de lo que dicta el mercado. Un valor fruto de la interacción social y de la apreciación común. Hacer otra cosa, nos dice Mariana, sería injusto. Pero hay más.

Que los valores se ajustan

No es ya que dictar un valor contra la voluntad del pueblo, expresada en unos precios, sería injusto, un pensamiento muy propio de nuestro hombre. Es que, además, esa divergencia entre el valor real y el legal no puede durar siempre. “Porque”, dice en el Tratado (IV) “estos valores forzosamente con tiempo se ajustan, y nadie quiere dar por la moneda más del valor intrínseco que tiene, por grandes diligencias que en contrario se hagan”. Y pone un ejemplo que sus lectores de entonces entenderían fácilmente: “Veamos. ¿Podría el príncipe con que el sayal se vendiese por terciopelo, el veintedoceno por brocado? No por cierto y que cuanto a la conciencia fuese lícito; lo mismo en la mala moneda”.

Por medio de la inflación

Y ese proceso de ajuste del valor real al valor legal, ¿cómo se hace? Depende de las condiciones de la acción, pero Mariana plantea en su tratado una situación en la que se rebaje el valor real de la moneda, pero se mantenga el valor legal. Y dice (Tratado, Capítulo IV): “Que si baja el dinero del valor legal (es decir, si baja el contenido metálico de lo que indica su valor legal), suben todas las mercadurías sin remedio, a la misma proporción que bajaron la moneda, y todo sale a una cuenta, como se verá más adelante en particular”.

O, como dice en De Regis: “El pueblo engañado con aquélla vana apariencia, se lamentará al considerar y tocar que la nueva moneda sustituida en lugar de la antigua no tiene tanto valor como ésta, y que por lo tanto necesita mucho más que antes para alimentar a sus familias”. Desligar el valor legal del natural es un engaño. Pero como diría tres siglos y medio después Abraham Lincoln, “no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

Hemos de detenernos un momento. He citado al comienzo de mi exposición a Martín de Azpilicueta o Luis de Molina. Ambos relacionaron el valor del dinero con su cantidad. Es razonable que así lo hicieran. Pues ya se había observado que el valor de los bienes dependía de su abundancia o escasez, y el dinero, que es un bien, no habría de ser distinto. Además, el problema al que se enfrentaron, o que querían atender, era el de la llegada de oro y plata procedente de América.

Juan de Mariana recoge esa línea de pensamiento e introduce un nuevo factor fundamental. No es sólo la cantidad de dinero. Es también, y sobre todo, su calidad. Nos lo ha dicho claramente en De Regis, en unas palabras que ya hemos recogido, pero que vamos a volver a traer aquí: “Los hombres se guían por el aprecio común, que generalmente nace de la calidad de la cosa, o de su abundancia o escasez”.

La calidad del dinero es su capacidad para mantener su valor. De hecho, esa es su función. Si surge el dinero es porque se puede colocar en el mercado fácilmente y sin pérdida de valor. Es decir, porque es un bien líquido. Que sea un bien líquido quiere decir que no altera mucho su valor aunque se trueque por grandes cantidades en un período pequeño de tiempo, que esa es la definición de liquidez. Y porque mantiene ese valor puede facilitar la formación de precios y contribuir a la función de éstos de ordenar el mercado.

Es decir, que la calidad del dinero está unida al mantenimiento de su valor. Pero si su valor está manipulado por el príncipe, entonces pierde calidad.