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El problema de la moral centralmente planificada (segunda parte)

El abandono de la moral centralmente planificada por parte del Estado convierte a las religiones, y sobre todo al cristianismo predominante en Europa y América, en entidades privadas que dictan o interpretan preceptos para sus miembros con consecuencias hasta una vida ulterior, sin poder coactivo en ésta. La regla moral del Estado secular es de mínima. Se trata de la no agresión: no nos robamos, no nos matamos.

Dado que mantener la supervisión moral centralizada implicaría robarnos y matarnos, se prescinde de eso y cada uno hace lo que quiere si no daña ilegítimamente a otros. La separación de la iglesia y el Estado es un proceso que lleva varios siglos y que comienza con una evolución de la conciencia hacia un estadio de no supervisión, después vendrán los hitos políticos a confirmarlo. Pero esta separación no implica necesariamente que se abandona la planificación central en materia moral, sino tan sólo que el Estado, es decir el uso de la fuerza, no actúa en favor de esa autoridad moral, sino de la libertad de sus ciudadanos.

Esto fue un gran avance de la civilización, también de la moral y también de la religión. Un kibutz es inofensivo, pero un Estado comunista no lo es. Por eso la religión, incluso entendiéndose como guardiana de una verdad acerca de cómo debe usarse a libertad de acuerdo a una autoridad sobrenatural, mejora, al limitar los comportamientos de sus seguidores y representantes y tener en cuenta los derechos de las personas como barrera que de otro modo es muy tentadora de cruzar por el tamaño y el peso de lo que se sostiene en ella. La moral general mejora porque tiene que basarse en un intercambio, en un pensamiento sobre las conductas y no en una mera obediencia. Los Estados se civilizan porque la espada no es asociada al triunfo del bien en sí mismo, sino a unas condiciones sin las cuales ni siquiera puede hablarse de bien. Esto es, la vigencia de la libertad de las personas para comportarse de un modo no aprobado por ninguna moral centralmente planificada y hasta contra la moral general que prevalece o la de cualquier otra persona, siempre y cuando no se viole el acuerdo civilizador de no imponerse por la fuerza.

En algunas instituciones, sobre todo en las familiares, la separación de la moral centralmente planificada y el aparato político coactivo, se produjo a través de aproximaciones sucesivas. La mera concepción de un matrimonio que pudiera aceptar el divorcio vincular, pese a que se trataba de un matrimonio civil y no uno de la moral centralmente planificada separada del uso de la fuerza, era considerada un atentado “contra la sociedad”, que era una forma de mantener la planificación moral centralizada, pero no llamándole religión porque tal cosa ya no sea aceptaba. Es decir, el cambio de lenguaje era una forma de evadir que la separación de la religión y el Estado estaba motivada por la necesidad de que no haya una moralidad obligatoria, no era una mera división del trabajo entre Dios y el Estado. El “bien de la sociedad” es una forma de concebir otra moral centralmente planificada y asociarla al uso de la fuerza otra vez, simplemente produciendo un giro semántico.

Lo mismo vale para la apelación a la “naturaleza” o hasta a la “naturaleza del contrato matrimonial”. Dado que al Estado no debe tener autoridad moral, más que aquella mínima, no puede imponerle a nadie que no viole “la naturaleza”, si fuera el caso, o “los planes de la sociedad” dogmáticamente inventados. De la misma manera el individuo puede ignorar por completo los supuestos planes de Dios y hacer sus contratos como quiera.

Otro tanto ocurre con otras novedades más recientes como el matrimonio homosexual y que irritan al sentimiento de planificación central moral, tanto como a los intervencionistas en lo económico les vuelve locos que les digamos que da lo mismo producir acero que caramelos. Sienten que se enojaría Dios o la naturaleza o un “ciencia” que tiene el mismo don de descubrir con microscopios cómo la gente debe comportarse, o la sociedad o “la familia” u “Occidente”, que es el último intento de vender que la moral centralmente planificada nos abarca a todos y que su transgresión lleva, otra vez, a la perdición general. Antes era la “religión verdadera”, ahora es la “cultura verdadera”, pero en definitiva está detrás la misma moral centralmente planificada.

Todas esas palabras (religión, sociedad, ciencia así utilizada, familia, occidente) son meramente instrumentales y todas indican que el individuo no puede hacer determinadas cosas que no son violaciones de derechos, en tanto se oponen a algún plan moral central. Que fulano se vista con minifaldas es contra todo eso ¿Y? ¿No hay derecho en una sociedad libre a no interesarse ni por la religión, la sociedad, la ciencia, la familia u Occidente (si aceptamos una convenientemente recortada concepción de tal)? Para una mentalidad dirigista, la sola pregunta es una herejía completa, el planteamiento implica el caos, Sodoma y Gomorra, pero es civilización.

Ahora bien ¿la moral espontánea y optativa, es ese caos, es necesariamente una forma de nihilismo? Es todo lo contrario, como el mercado es lo opuesto a esa selva que imaginan los guardianes colectivistas. El autoritarismo es la consecuencia de no entender eso. Como en la economía y en el derecho, la autoridad no hace más que imitar lo que primero ha descubierto el derecho evolutivo y arrogarse la creación de las normas, nada más que para sostener su autoridad. Equivocarse tiene consecuencias en el mercado. Pero el gran secreto de la superioridad del mercado es que procesa errores, como no lo hace la autoridad central. Descubre principios no sólo permitiendo los errores, sino sirviéndose de ellos, así que debe haber libertad para cometerlos hasta para aprender.

Que un fulano pueda usar minifaldas no implica que necesariamente sea una buena idea, como la libertad de instalar un local de venta de calefactores en el Sahara no implica que sea una buena idea. Lo que quiere decir es que incluso el descubrimiento eventual de que ambos proyectos no sirven, será únicamente consecuencia del proceso disperso de conocimiento, la colaboración y la no violación de la libertad de nadie. Es más, pensándolo bien, sospecho que el uso de la minifalda por el señor en verano suena a buena idea; de cualquier manera, alguien me comentó la primera parte de este artículo aclarando, con razón, que en el desierto hace frío por la noche.

Creo que estamos en esa etapa en que la evolución de la conciencia va mucho más allá de toda noción de plan central y que los adoradores de los planes quinquenales están particularmente irritados y confundiendo las cosas. Aparecen distintas concepciones de formas de vivir la vida no imaginables décadas atrás, producto del proceso liberador. La libertad lleva a esto. Hay un gran susto y a su vez un avance en la intención de mezclar a la política con una moral centralmente planificada, para mi sorpresa dentro de círculos liberales, respecto a la idea de género, solo para poner el ejemplo más palpable. Porque género parece negar un plan llamado sexo. Todo parece indicar que el sexo está para una cosa y que si se usa para otra alguna calamidad seguirá por la transgresión. ¿Y? ¿Acaso un individuo que tiene un sexo y adopta los roles y características (importando muy poco si por la biología o la cultura) de otro tiene que ocuparse de seguir ese plan?

Creo, en cambio, que el universo único conocido es el individuo. Más allá de cuál sea el activismo de la izquierda generando conflictos y victimizaciones masivas, los comportamientos “antinaturales” no “normales” me parecen una maravillosa manifestación de conciencia y de poner por encima de cualquier pretendido plan central el deseo individual, y para todos los que no quieran seguir por esa vía es una oportunidad para entender mejor qué cosa es lo humano ¿Es la nariz o el peligroso acto “antinatural” de practicar el equilibrismo? ¿Las células de cáncer o el bisturí del cirujano? ¿La prolongación de la vida o fumar un cigarrillo y comer hamburguesas en McDonalds?

Si perdemos la oportunidad de abrir la perspectiva, mientras nos venden puritanismo religioso como “lucha contra el marxismo cultural”, se pierde la evolución de la sociedad y se pierde la evolución incluso de la moral centralmente planificada, al privarse de las refutaciones. No necesariamente porque la evolución espontánea vaya a seguir en el rumbo que está tomando, sino porque se apaga su motor.

Claro que la izquierda usa a las minorías, no es ninguna novedad. ¿Pero la forma de oponerse al uso por la izquierda de los conflictos raciales es defender el racismo? Hay gente bastante confundida hoy en día que no me sorprendería que contestaría que sí. Pero la izquierda no es más que otra forma de planificación moral centralizada y lo único que hay que combatir de ella es eso, no sus kibutz.