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El punto débil de la conexión entre las ciencias y la praxeología

Como ya escribí aquí hace unos meses, la conexión entre la praxelogía y el resto de las disciplinas puramente científicas es un tema capital a la hora de apostar por una metodología consistente para el desarrollo de la teoría económica. En las disciplinas científicas, la discusión está en la mayor parte de los casos poco afectada por la ideología, aunque haya casos en que no es así, como bien pueden atestiguar Edward O. Wilson o Steven Pinker, entre otros muchos biólogos y antropólogos. Pero incluso en estos casos, y aunque cueste indecible esfuerzo y años, poco a poco la verdad se abre paso y triunfa, incluso contra el omnímodo poder del Estado (ver también mi artículo sobre el triunfo de los paradigmas científicos en la economía).

Es la ventaja que tiene el método científico: que proporciona estándares visibles y objetivos, externos al individuo, por lo que al final no nos queda otra que aceptar la realidad o ser tenido por loco. Por desgracia, este tipo de instrumentos no está a disposición del economista, pues el origen de su disciplina está en el propio ser humano, en su voluntad, y es difícil observar objetivamente dicho interior.

Si nos vamos a la base de la pirámide de las ciencias, tenemos la física, que trata de explicar las relaciones entre los cuerpos, desde las partículas más pequeñas hasta las agregaciones universales. Las leyes de la física se cumplen siempre, ya sea en términos deterministas o probabilísticos, y de hecho la tarea del físico científico se centra en aquellos fenómenos, marginales para el común de los mortales, que puedan presentar alguna incoherencia con el estado del arte. Como digo, para el resto, las leyes físicas se cumplen en el 100% de los casos.

Las leyes físicas están en la base de la pirámide porque son las que permiten explicar las demás leyes científicas en sucesivos peldaños. En el siguiente podemos situar a las leyes químicas, pues los fenómenos químicos tienen siempre un sustrato físico. En otras palabras, todas las leyes químicas se pueden explicar, dando un gran rodeo eso sí, en términos físicos. Si las leyes físicas se cumplen en el 100% de los casos, y son el sustrato de la química, cabe esperar que otro tanto ocurra en este nivel, insisto, en términos deterministas o probabilísticos.

¿Cuál es el siguiente escalón en la pirámide científica hacia la economía? Está claro, la biología: una vez más, ello significa que las leyes biológicas se deberán poder explicar en términos de leyes químicas, y a su vez en términos de leyes físicas. Por supuesto, estamos hablando de interacciones muy complejas en términos físicos, menos en términos químicos y relativamente manejables en términos biológicos. Ello implica que los efectos de las leyes aleatorias se van componiendo, haciendo más difícil una previsión exacta de las consecuencias de un cambio. Aun así, las teorías de las distintas disciplinas biológicas son bastante predictivas.

Ya estamos casi en la cúspide: la praxeología, la teoría de la acción humana, necesariamente ha de descansar sobre leyes biológicas, que a su vez lo harán sobre químicas, y físicas. Y, sin embargo, no proporciona capacidad de predicción ni remotamente cercana a las de estas leyes. Es imposible predecir la invención del iPad, ni siquiera la de la rueda, desde las leyes biológicas, no digamos ya desde las químicas o las físicas, mucho más lejanas en la cadena causal. ¿Qué ha pasado? ¿Cuál es el punto débil de la cadena?

Está muy claro: el cerebro humano es ese punto débil. La aparición del cerebro humano se puede explicar con la biología y la teoría evolutiva (aunque tampoco hubiera sido predecible su aparición con dichas herramientas), y por tanto con la química y la física. Sin embargo, la complejidad del cerebro y de su interacción con el entorno hace imposible predecir sus “salidas” (a menos de que dispongas de una herramienta más compleja que el propio cerebro humano).

Como explica Richard Bennet, el proceso algorítmico de la evolución puede llevar mediante pasos simples largamente repetidos a la creación de organismos complejos. Y, siguiendo al mismo autor, algo de menor complejidad, como el ADN de los genes, puede definir un aparato de mayor complejidad, como el cerebro. O sea, que el grado de determinismo que se tiene en las leyes hasta la creación del ADN que va a definir el cerebro, se pierde cuando éste entra en funcionamiento. Por poner un ejemplo, el ADN sería como las reglas del ajedrez, pero es evidente que con dichas reglas no se puede predecir qué partida concreta se va a jugar.

En definitiva, es precisamente el hecho de que los seres humanos tengamos el cerebro que tenemos, la causa de que la teoría económica, la praxeología, pierda su carácter científico en sentido tradicional. Para el resto de las especies vivas, la praxeología funcionaría con una capacidad de predicción similar a las restantes disciplinas biológicas, pues aquí el cerebro rara vez impide que se sigan las leyes biológicas y genéticas.

Pero no ocurre lo mismo en el ser humano. En nuestro caso, el propio cerebro nos hace poner en duda nuestras acciones más elementales pro supervivencia y reproducción. Y así se pierde ese “determinismo” en el comportamiento, propio de las demás especies.

Qué paradoja: el cerebro, que está en el origen del motor que mueve la economía y sus leyes, es al mismo tiempo la causa de que esas leyes sean sistemáticamente puestas en duda, no ya por los razonamientos, sino por las propias acciones a que da lugar.