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El suicidio de la tolerancia

Cientos de miles de personas sinceras abarrotaban las calles de Barcelona y unos pocos indeseables, estratégicamente dispuestos por una entidad separatista hiper subvencionada, buscaban arruinar el homenaje. Al sentimiento de repulsa de toda una nación, vinieron a acudir las aves carroñeras a manifestar -una vez más- su nulo respeto por los muertos y su desprecio absoluto por la dignidad humana. Allí, tras el Jefe del Estado y medio Gobierno, se veían unas banderas separatistas que nada tenían que ver con la convocatoria y más aún, se leían unos carteles muy extraños. Para quien no estuviera al tanto de la realidad, de su contenido se sacaba un mensaje claro: Don Felipe alquiló unas furgonetas en Ripoll, Mariano Rajoy consiguió unas bombonas de butano en Alcanar y los dos juntos mataron a dieciséis inocentes para sembrar la islamofobia. En medio de todo el aquelarre, ni una sola mención a la motivación islamista de los asesinos, recuerdo alguno para los nombres de las víctimas o llamamiento a la unidad contra la barbarie. ¿Para qué? Lo que buscaban esos pocos tiranos en miniatura nada tenía que ver con honrar a los muertos, pues el objetivo era mucho más sencillo: utilizar los cadáveres aún calientes para apuntalar un estatismo beligerante que pretende crear un depredador aún mayor que el existente y que hoy por hoy, hace aguas en su empeño.

A todo ello, sin embargo, se opone la verdad. A pesar de que esté más que demostrado que no tenemos vínculos armamentísticos con el Estado Islámico (es más políticamente correcto decir Daesh, por aquello de no criminalizar al Islam) y que nuestras ventas de material militar a Arabia Saudí son poco más que recambios de aviones; a pesar de que sea patente que en España hay cien mezquitas salafistas sin control alguno; a pesar de que los yihadistas quieren matar a todo el que no sea yihadista, (y nada tiene que ver aquella foto de las Azores para justificar la historia) y a pesar de tantas y tantas verdades, tenemos que aceptar lo contrario. Toca dar por seguro que el asesino atropelló a la gente por culpa de los videojuegos, que el imán no era un verdadero imán y que las familias no sabían nada de nada. Este último punto es curioso en una España en la que el hijo de Luis Bárcenas es automáticamente un chorizo por ser hijo de su padre, el nieto de Franco un asesino por ser nieto de su abuelo, y la Infanta lo sabía todo por ser mujer de su marido. Pero la hermana o la madre del terrorista, por supuesto, no sabían nada. Y cualquier duda, comentario u opinión al respecto es racismo patriarcal.

La escena del padre que perdona a un imán (uno cualquiera, de hecho era un sustituto) remueve los corazones hasta el enternecimiento, pero resulta anacrónica en esa misma España que comentábamos. En esa España en la que el padre de una pobre criatura de tres años vilmente asesinada puede perdonar de corazón al credo que guiaba a los que mataron a su hijo, pero nos negamos a aceptar que nuestros abuelos se perdonaron, también de corazón, después de la guerra fratricida que los enfrentó. Esos mismos abuelos que cruzaron el Atlántico o media Europa para dar de comer a sus hijos, y que nunca recibieron subvenciones, cursillos de integración o asistencia social al llegar. Y vaya por Dios, ¡nunca pusieron bombas! Esa España, también, que adolece de todo eso, que nunca ve la viga en el ojo ajeno, pero está dispuesta a quedarse tuerta por la hebra de paja en el ojo propio. Esa España que borracha de relativismo prefiere empapelar una ciudad con carteles contra la islamofobia, en lugar de acudir a la raíz del problema, que no es otra que la verdadera fobia de algunos musulmanes. Su fobia a nuestra libertad. Y la incompatibilidad de esta con seguir siendo libres.

Esa España, la de hoy, que se deja arrastrar por la doctrina mundialista según la cual necesitamos muchos inmigrantes con alto índice de natalidad (casualmente, de países árabes) para invertir la pirámide de una Europa que se asoma al abismo demográfico. Europa en la que por cierto, hemos llegado a esta situación por la paulatina destrucción de las instituciones sociales como la familia, y en la que necesitamos que vengan a sostener el monstruo público los que traen valores muchísimo más reaccionarios que los que, vía presupuesto, la Europa laica y multicultural se encargó de aniquilar. Destrucción de la familia cristiana por trasnochada, pero importación de la familia musulmana para que nos pague el Estado del Bienestar. El empoderamiento de las mujeres, los derechos de los homosexuales o la libertad sexual pueden esperar. La sociedad aconfesional, la separación del credo-política y el abandono de las formas religiosas quedan a un lado. Todo sea por tener más cotizantes. Y más votantes.

Lo que se vivió hace unos días en Barcelona no es un caso aislado ni quedará como una anomalía histórica. Es el testimonio viviente de la España que los poderes públicos han alentado y sostenido, es la España que con tal de no ser tachada de xenófoba es capaz de mirar hacia otro lado cuando la matan en sus calles. La España que no quiere ver que la libertad cuando no avanza siempre retrocede.

Esa España que no comprende que en palabras de Burke: hay un límite pasado el cual, la tolerancia deja de ser una virtud.