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El trecho entre el dicho y el hecho

Existen importantes divergencias entre lo que hacemos y lo que decimos. Podemos decir que estamos preocupados por los problemas sociales del país como el paro, y que nos duele profundamente el ver la cantidad de millones de personas sin empleo y de dramas familiares. Sin embargo, con nuestras acciones -bien fruto del puro interés propio o de la ignorancia- demostramos que lo que realmente nos importa es nuestra situación, y que estamos dispuestos a mucho con tal de no perder nosotros, aunque ello implique un empeoramiento de los demás.

No me resulta descabellado pensar que parte de la “sensibilidad social” de la que solemos presumir, implícita e inconscientemente, en ocasiones no es mucho más que bonitas palabras que sirven para generarnos una autoimagen y reputación de personas comprometidas socialmente. Una sensibilidad social que está muy bien siempre que no nos toquen el bolsillo y amenacen nuestro bienestar.

Como suele señalar acertadamente el economista de la George Mason University, Russ Roberts, lo que coincide con la enseñanza bíblica de “por sus frutos los conoceréis”, somos lo que hacemos y no lo que decimos que somos, ni lo que nos gustaría ser. Cómo somos de verdad se manifiesta mediante nuestras acciones -no mediante nuestras palabras ni buenas intenciones-, en las que nos vemos obligados a elegir entre alternativas, mostrando así nuestras auténticas preferencias. Analizar los actos, y no las palabras, es la mejor manera de juzgar el comportamiento de los políticos y actores sociales.

Por ejemplo, de esta forma habría que juzgar las dos legislaturas de George W. Bush, que, a pesar de la retórica e imagen del Partido Republicano, ha sido un presidente muy intervencionista, no solo en el ámbito de la guerra contra el terrorismo, sino también en ámbitos internos del Estado del Bienestar, las libertades individuales, o en preparar el camino e iniciar las políticas de estímulo público, como reacción a la crisis, que más tarde intensificaría Obama.

Asimismo, de esta forma habría que calibrar la postura de nuestros políticos en relación al sistema público de pensiones. Estos mismos políticos hablan pomposamente de la necesidad de un cambio en el modelo productivo y, sin embargo, parecen estar empecinados en evitar los necesarios y dolorosos reajustes que todavía tienen que producirse en los sectores hipertrofiados de nuestra economía: banca y vivienda.

Las personas de bien decimos que nos importa mucho la situación de los países pobres, pero aun así permitimos la permanencia de un sistema de protección a los productores agrícolas europeos. Un esquema proteccionista que perjudica gravemente a los países del Tercer Mundo, encareciendo en términos relativos los productos de éstos últimos y dificultando su exportación (una vía por la que podrían comenzar la salida de la pobreza, siempre que sus propios gobiernos nacionales lo permitieran, no obstaculizando demasiado el proceso generador de riqueza del libre mercado). Si bien esta pasividad puede ser una muestra de ignorancia del público, al igual que puede suceder con la defensa acrítica de la ayuda externa, muestra un escaso interés, que contrasta con las supuestas buenas intenciones y deseos.

Decimos que favorecemos una sociedad de emprendedores e innovadores, pero al mismo tiempo permitimos la existencia de un excesivo y pesado lastre burocrático y legislativo que penaliza a los más emprendedores y con más iniciativa. No hacemos las reformas necesarias para llegar a unos niveles de facilidad de creación de empresas (Doing Business) y flexibilidad laboral mínimamente aceptables, estando a la altura de países como Mozambique o Ghana.

Solemos presumir de nuestra plena independencia de criterios, ideas y pensamiento, de que “no nos casamos con nadie” (ningún partido político, se refiere). Al mismo tiempo, uno puede ver los mítines de los principales políticos españoles, a lo largo y ancho de España en las principales citas electorales, y antojársele la malvada imagen en la cabeza de un rebaño aplaudiendo con las orejas a su pastor.

Se puede culpar a los políticos de todos los males, de sostener una postura -consciente o inconscientemente- arrogante hacia el complejo orden social: una mentalidad de “alfarero”. Se puede hacer, pero cuidado con simplificar burdamente, porque lo cierto es que lo más probable es que buena parte de esos males tengan sus raíces en ideas arraigadas en la opinión pública, y en una actitud que favorece esa mentalidad de alfarero: la mentalidad de “botijo” del votante, expresión que sugería Pablo Carabias. Dicho de otra manera: que se junta el hambre con las ganas de comer.

Sobran “botijos” dispuestos a ser moldeados, por los siempre tan dispuestos “alfareros”, y faltan “plantas” que defiendan su derecho a crecer autónoma y libremente, y que no se dejen aplastar por un poder político creciente, no solo en tamaño, sino también en alcance. También sobra palabrería barata y hueca, y faltan acciones que compensen el trecho entre el dicho y el hecho.