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Entre el deber y la cobardía

El 22 de septiembre de 1938 lo poco que quedaba de las Brigadas Internacionales (formadas en buena parte por ciudadanos británicos) se disolvía en las aguas del Ebro, donde perecieron deshonrosamente en su última batalla por tierras españolas. Una semana después, el primer ministro británico, Neville Chamberlain, aterrizaba en Múnich, invitado por Mussolini para reunirse con Hitler y Daladier. El motivo de la cumbre internacional no era otro que las pretensiones expansionistas del líder nazi, quien tras haber anexionado Austria a Alemania unos meses antes trataba de ganar para sí buena parte de Checoslovaquia, ocupada en su mayoría por germanohablantes. A aquella reunión llegó el líder británico convencido de hacer desistir al alemán y habiendo prometido al pueblo británico que una vez más la política de apaciguamiento y comprensión solucionaría la crisis internacional. El diálogo, como él sostenía, era el camino. En sólo unas horas Hitler demostró (muy educadamente) a sus interlocutores que no tenía ningún interés en respetar sus nobles peticiones y que le preocupaban bastante poco los buenos deseos de Chamberlain. De aquella conversación se signaron los Acuerdos de Múnich por los que casi cuatro millones de personas pasaron, de la noche a la mañana, de depender del Gobierno de Checoslovaquia a estar bajo el yugo nazi. Ningún representante del Gobierno checoslovaco fue convocado a la reunión.  

En los últimos días hemos tenido conocimiento de 21 puntos que el presidente de la Generalidad de Cataluña, Quim Torra, exigió al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el pasado 20 de diciembre, para solucionar la crisis catalana. Entre el rosario de exigencias se encuentra el reconocimiento del derecho de autodeterminación de Cataluña, la necesidad de mediadores internacionales, la conclusión de los procesos judiciales abiertos contra los golpistas, aislamiento de los grupos neofascistas, desfranquizar España e iniciar un debate sobre la monarquía, entre otros. Ante esta situación, el Gobierno de España ha respondido con su contundencia habitual, cediendo a los pedimentos de los separatistas. Para empezar, ha sido nombrado un mediador -calificando eufemísticamente de relator- y se preparan aún más sorpresas para que la sumisión sea completa. Sánchez, a quien la libertad de casi ocho millones de españoles catalanes le importa entre poco y nada, ha resucitado los más aciagos fantasmas del zapaterismo, desempolvando el tan peligroso talante. Así, al igual que Chamberlain (y salvando las distancias para no ofender al inglés), ha acudido raudo y veloz a una guía de negociación que tan sólo le servirá para acabar perdiendo frente a los que no tiene nada que perder y aceptando las exigencias de aquellos que saben que, más tarde o más temprano, él cederá. Los últimos 40 años han supuesto regalar sanidad, comunicación y hasta educación a los secesionistas. Con esos antecedentes, lo raro sería que buena parte de la ciudadanía catalana no fuera separatista: el bombardeo de mentiras y manipulaciones acompaña desde la más tierna infancia, con prohibición de hablar castellano en los colegios hasta la senectud, con horas y horas de propaganda sediciosa en las televisiones. Todos los medios públicos están copados por la mentira, y nuestro flamante presidente del Gobierno no duda en seguir cediendo ante el chantaje.

Si en algo se distingue Sánchez de Chamberlain es en la voluntad. Mientras el segundo era un hombre viejo y cansado que ansiaba la paz en un mundo que aún vivía del recuerdo de la Gran Guerra, Sánchez tan sólo desea el poder que no pudo lograr en las urnas, y está dispuesto a todo por su objetivo. Chavistas o separatistas, terroristas o extremistas: al okupa le vale todo con tal de seguir en la poltrona. Sí tiene, tristemente, una cosa en común con Chamberlain. Que al igual que el diputado conservador, él también perderá arrastrando a muchos inocentes consigo. La libertad de Cataluña no se juega en Barcelona, sino en un despacho de La Moncloa. Esperemos que la cobardía no gane la partida al honor.