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¿Es Jordan B. Peterson el Sócrates de nuestro tiempo?

Con la resaca mental dejada por las secuelas de “la huelga de mujeres” y las posteriores manifestaciones celebradas en toda España la semana pasada, inducidas por factores diversos, me vino rápidamente a la memoria la experiencia del psicólogo clínico y profesor Jordan B. Peterson en el desigual combate contra el posmodernismo y su derivada, conocida -impropiamente- como “corrección política”. Desgraciadamente sus libros (Esquemas de significado: La arquitectura de la creencia y Doce normas para la vida; un antídoto contra el caos) no están aún traducidos al español, pero su fama ha traspasado ya las fronteras de su Canadá natal y los países de habla inglesa. No en vano el segundo, dirigido a la difusión masiva entre sus numerosos seguidores, aunque preparado antes de convertirse en una celebridad, ha copado los puestos de superventas en Francia y Alemania.

Para deleite de los apasionados por los debates racionales –no vean contradicción en los términos–, Peterson saltó a la fama en 2016, debido a su oposición a la ley C16 de reforma de la Ley de derechos humanos y el Código Penal canadiense, que añadió “la identidad de género o de expresión” a la larga lista de grupos “protegidos” por los delitos tipificados (es un decir) en el artículo 319, que castiga con penas de hasta dos años de prisión a quiénes “inciten públicamente al odio que pueda alterar la paz” o “promuevan deliberadamente el odio en declaraciones más allá de una conversación privada”. Dado el histerismo impostado que marca a los activistas de la corrección política y la inseguridad jurídica inherente a estos delitos de odio (pues se perfilan con la interesada y subjetiva sensibilidad de quien se presenta como víctima), cabe esperar toda clase de denuncias ante la negativa “deliberada” (wilful, en inglés) a usar unos pronombres inventados en la lengua inglesa - “zi”, singular,  y “hir”, plural-  para referirse a personas transexuales.

Según ha explicado él mismo, su estudio de los casos de la Unión Soviética y la Alemania nacionalsocialista le llevaron al convencimiento de que la imposición de códigos lingüísticos obligatorios por parte del Estado constituye un paso peligroso hacia un sistema totalitario, así como que la ausencia de libertad de expresión no trae más que tiranía y esclavitud. Peterson matizó que, aunque podría considerarse legítimo prohibir determinadas expresiones como los epítetos raciales o las incitaciones a la violencia, forzar a los individuos a hablar de una forma concreta constituye un abuso de poder. Tal vez por eso, porque su punto de partida filosófico es individualista en defensa de la libertad y no le pueden encasillar en las mazmorras de la “derecha alternativa”, Jordan Peterson ha escalado a la posición de bestia negra de los periodistas que propagan todas las añagazas que han dado en llamarse la corrección política.

Además, una vez aprobada la ley canadiense que profundiza en la tipificación de los delitos de opinión, anunció que no utilizaría los denominados pronombres neutros aunque algún estudiante lo exigiera, así como que se opondría a la formación obligatoria contra el racismo y los sesgos, promovida por el departamento de personal (y equidad) de su universidad.

Estas posturas le granjearon la animosidad de algunas asociaciones de estudiantes transexuales y compañeros de la Universidad de Toronto. Al año siguiente de la aprobación de la ley, 2017, se le denegó una beca de investigación que había solicitado para un estudio sobre los predictores de la corrección política (y del conservadurismo y liberalismo).

No obstante, su decisión de buscar patrocinadores para desarrollar un proyecto de enseñanza de estudios humanísticos online “a salvo de los corruptos posmodernos”, a través de la plataforma Patreon, le reportó un clamoroso éxito, hasta el punto de contar con 8.500 mecenas en este momento. Sus conferencias y los debates en que interviene alcanzan una audiencia extraordinaria en internet, pues ha aprovechado el enorme vacío de conocimiento en las humanidades que han dejado ya los intelectuales posmodernos en la enseñanza académica de las universidades. Su conocimiento teórico y práctico de la psicología junto a un estilo brillante en la exposición le proporcionan, además, un atractivo entre muchos jóvenes curiosos.

Así transcurría su existencia cuando a principios de este año emprendió una campaña de promoción de su libro 12 rules for life (que algunos han definido como manual de autoayuda) por todo el mundo, que le llevó a los estudios del Canal 4 británico para ser entrevistado por la periodista Cathy Newman. Conocida por su activismo feminista de tercera ola y un estilo de fiscal inquisidor que repregunta atribuyendo ideas o frases al interrogado que no ha dicho ni sostiene, Jordan Peterson salió claramente victorioso de la emboscada que le había tendido. Desde finales de enero de este año más de ocho millones de personas han visto el vídeo en YouTube. La pieza alberga, ciertamente, momentos memorables, pero, a partir del minuto 22:15, el espectador puede observar ante sus ojos como la actriz encargada de representar la insidiosa retórica posmoderna se desmorona: 

- (…) ¿Por qué su derecho (de usted) a la libertad de expresión debería prevalecer sobre el derecho de una persona transexual a no ser ofendida (sic) ?

- Porque para ser capaz de pensar usted debe arriesgarse a ofender. Fíjese en la conversación que mantenemos usted y yo ahora mismo. Usted está dispuesta a ofenderme en aras de búsqueda de la verdad ¿Por qué tiene el derecho de hacer algo que resulta tan incómodo?

- Me alegro de haberle colocado en esa situación.

- Ha entendido mi argumento perfectamente. Usted hace lo que debe, es decir, escarbar un poco para ver lo que hay. Y eso es lo que debe hacer, pero ejerce su derecho a la libertad de expresión con el riesgo de ofenderme a mí. Eso está bien. Creo que le da  más fuerza, por lo que a mí respecta.

- Así que usted no se ha sentado ahí y …. (la periodista cierra los ojos y vacila durante unos segundos) intento responderle… quiero decir…

- La he pillado (gotcha)

- Me ha pillado, me ha pillado. Intento aclararme, sí, aunque lleva tiempo....

Sí elocuente fue el enfrentamiento dialéctico televisado, no menos reveladoras fueron las reacciones que le sucedieron para comprender los métodos para montar una campaña de desprestigio contra Jordan Peterson. Días después el diario británico The Guardian se descolgaba con una “información” en la que se hacía eco de unos comentarios insidiosos de un directivo del canal que denunciaba que la periodista había sido víctima de un inaceptable nivel de “despiadado abuso misógino, bajezas y amenazas” tras la entrevista. Sin ofrecer más detalles, añadía que habían encargado a unos expertos en seguridad que realizaran un análisis y que no descartaba acudir a la policía si fuera necesario. Otra perla del periodismo británico, The Independent, abundó en las vaporosas acusaciones para delirantemente enmarcarlo en una campaña contra el movimiento MeToo. “Cuando los hombres blancos sienten que pierden el poder, cualquier nivel de bajeza es posible, y mucho poder ha sido cedido recientemente”, concluyó la inefable periodista. Con pavor se puede comprobar como el discurso del odio y la irracionalidad, gravemente tarado por el uso de dobles raseros, campa por sus respetos en medios de comunicación relativamente influyentes en el mundo occidental.

Un llamamiento hecho por el propio Peterson a sus seguidores para rebajar el tono de sus críticas a la periodista fue tomado como una confirmación de que las amenazas existían y de que él estaba al tanto…

Tiempo habrá de analizar con más detalle las ideas de Jordan Peterson, pero, por lo pronto, se pueden aprovechar algunas enseñanzas de la experiencia de este nuevo Sócrates contra los sofistas posmodernos. Entre ellas que la libertad está sufriendo serios ataques por distintos flancos que amenazan seriamente sus fundamentos. Redoblemos, pues, nuestros esfuerzos y capacidades para defenderla y neguémonos a probar la cicuta que nos quieren proporcionar sus enemigos.