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Esterilización transexual

Hace dos años un hombre transexual japonés, Takakito Usui, interpuso en el Tribunal Supremo de su país un recurso de inconstitucionalidad contra una ley del 2003 que obliga a las personas transexuales a ser esterilizadas antes de que se les reconozca oficialmente como miembros del sexo opuesto al que fueron asignados al nacer. En enero de este año el tribunal ha fallado, por unanimidad, por mantener dicha ley.

La esterilización forzosa se ha dado históricamente por tres motivaciones: eugenésica, como por ejemplo en varios estados de EE.UU. durante gran parte del siglo XX o de manera más intensiva en la Alemania nazi; punitiva, por ejemplo en el caso de violadores reincidentes, aunque aquí lo que se busca es más bien es la castración, con lo que la esterilización pasa a ser una consecuencia de lo anterior; y anticonceptiva como medio estatal de control de la natalidad, o en casos de enfermedad mental para que personas con dicha condición puedan disfrutar de una vida sexual activa sin tener que afrontar un embarazo y una paternidad para los que no se les considera preparados. Estas motivaciones, obviamente, no necesariamente se han dado de manera pura, sino que en muchas ocasiones se ha habido una conjunción de varias de ellas.

Desde el libertarismo negamos la autoridad del Estado para tomar una decisión tan importante y determinante en la vida de una persona, que socava su autonomía y dignidad en aras, como siempre, de un supuesto bien común que está por encima del individuo. Pero aparte de esa condena general, no menos necesaria por obvia, creo que el caso de la esterilización de personas transexuales (grupo al cual pertenezco) tiene unas connotaciones y ramificaciones adicionales en las cuales vale la pena detenerse.

La ley japonesa no parece ajustarse (al menos de manera explícita) a ninguna de las motivaciones históricas anteriormente expuestas. El requerimiento de esterilidad ("no reproductive glands or reproductive glands that have permanently lost function") va acompañado de otros como ser soltero, no tener hijos menores y haberse sometido a cirugías que adapten el cuerpo al sexo que se quiere que sea legalmente reconocido ("a body which appears to have parts that resemble the genital organs of those of the opposite gender."). Y estos requerimientos se justifican, según la sentencia, por evitar la confusión que se generaría en los hijos que tengan, o que pudieran tener en un futuro, las personas transexuales, así como para evitar también confusión y “cambios abruptos” en la sociedad.

Desde posiciones minarquistas se puede aceptar un papel vigilante del Estado en lo que respecta a las responsabilidades que tienen los padres con sus hijos, pero esa vigilancia solo es admisible sobre los aspectos más básicos de la paternidad (proveer educación, comida, techo, etc.), no sobre aspectos más íntimos y de elección personal (valores en los que se educa, roles desempeñados dentro de la familia, etc.). Desde luego es injustificable que desde el Estado se promuevan unos modelos de familia frente a otros. Las personas transexuales que deseen llevar a cabo un proyecto de paternidad deben poder hacerlo con las mismas garantías, y asumiendo las mismas responsabilidades, que el resto de la ciudadanía. Tener hijos es una parte fundamental del proyecto vital de muchas personas y limitarlo de manera arbitraria, y ahí tenemos también el ejemplo de las trabas a la gestación subrogada, genera gran cantidad de sufrimiento en una parte de la población. Si además ese control estatal se ejerce mediante la obligatoriedad de someter tu cuerpo a intervenciones no deseadas la situación adquiere tintes distópicos, que si no generan alarma social es únicamente, me temo, porque estas leyes solo afectan a una minoría.

Desde hace lustros, desde las primeras leyes de matrimonio homosexual, cada vez que se habla de hijos en el seno de familias no tradicionales surgen voces conservadoras clamando que “tener hijos no es un derecho” (aunque en los últimos tiempos la izquierda, cada día más mojigata, les ha copiado el eslogan). Este mantra es una afirmación tramposa, que intenta meter en el mismo saco a aquellos que piden derechos positivos junto a quienes simplemente reclaman libertad. Si construyes tu familia, hijos incluidos, sin exigir nada de nadie, desde luego sí que tienes derecho a que te dejen en paz. También debemos tener claro que personas transexuales con pareja y con hijos va a haber, con o sin leyes liberticidas, igual que ha habido parejas homosexuales con hijos desde mucho antes de que fueran reconocidas oficialmente como matrimonio. Si, por ejemplo, una persona transexual está en una relación de pareja con alguien que tiene un hijo, y viven los tres juntos, eso será una familia, sea legalmente reconocida o no.

Respecto a la justificación de la ley de evitar cambios abruptos en la sociedad, los argumentos libertarios para estar en contra serán similares a los ya expuestos con respecto a los hijos. Y si en el caso de menores podemos admitir únicamente un papel mínimo del Estado, cuando hablamos de adultos debemos ser absolutamente radicales en reafirmar nuestra autonomía como individuos. Ningún estilo de vida, ninguna elección vital, que a su vez sea respetuosa con las elecciones de los demás, debe ser reprimida. Las leyes que intentan conducir la sociedad en una dirección siempre supondrán un menoscabo en las posibilidades de realización personal de aquellos cuyas elecciones personales los lleve en dirección contraria a la elegida por la autoridad central. Los cambios que se den en la sociedad deben darse de manera natural, sin ser reprimidos ni alentados por leyes de ingeniería social que pretendan saber mejor que nosotros como debemos relacionarnos.

Este tipo de leyes (que también existieron en muchos países europeos durante varios años de este siglo XXI) tienen además una “trampa” que hay que saber ver, ya que puede hacer parecer a algunos menos liberticida de lo que es. Porque no es que el Estado esté identificando a las personas transexuales y llevándolas por la fuerza a centros médicos a esterilizarlas. Obliga a la esterilización, y al resto de condiciones, siempre que quieras cambiar tus documentos. Los más despistados podrían argumentar algo como “que renuncien a cambiar sus documentos, y así no tendrán que someterse a ningún tratamiento que no quieran”. Pero este argumento es perverso ya que para una persona transexual es de gran importancia llegar a desenvolverse socialmente como integrante del sexo opuesto al asignado al nacer, y ese objetivo se complica, o prácticamente se imposibilita, si tu identidad no está recogida en tus documentos de identificación, ya que, nos guste o no, hoy en día el Estado es el repartidor oficial de identidades. Obligarte a pasar por un tratamiento médico no deseado, irreversible, y con consecuencias serias para tu futuro, a cambio de reconocer oficialmente quién eres no es en el fondo mucho menos bruto que aplicarte ese tratamiento por la fuerza, únicamente es una forma más refinada de autoritarismo.