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Estructuras de vida social y teoría económica

La relación entre socialización y psicología individual es un tema apasionante y sobre el que hay mucho que investigar. Aceptado que los mecanismos psicológicos son resultado del proceso evolutivo, como cualquier otro órgano del cuerpo humano, el siguiente paso es establecer si nuestras relaciones sociales tienen base evolutiva, esto es, si ha habido un proceso de selección durante la historia de la humanidad que ha favorecido un tipo de relación social sobre otra. De ser así, lógicamente se tendría que haber producido algún tipo de adaptación evolutiva en nuestros genes, posiblemente en nuestra mente, pues en otro caso dicha ventaja no se habría hecho hereditaria.

Parece que hay indicios de que esto pueda ser así. Por ejemplo, el proceso evolutivo asociado a estructuras sociales posiblemente se haya originado en especies anteriores al ser humano, como ocurre con la mayor parte de los órganos que se incorporan a nuestro cuerpo. De la misma forma que el órgano “ojo” no es una adaptación que desarrolle el ser humano, tampoco lo es el cerebro, aunque éste, como el ojo, se haya ido adaptando en consonancia con las necesidades de supervivencia específicas del Homo Sapiens. Y, en efecto, como relata Jordan Peterson en sus 12 rules for life, se ha probado la existencia de mecanismos evolucionarios de jerarquización en determinadas especies de cangrejos.

En suma, podría ser que los mecanismos sociológicos por los que se rige el ser humano tuvieran una base evolutiva. Si esto es así, y voy llegando al punto que justifica mi interés por estos temas, la praxeología (metodología de la teoría económica austriaca) sustituiría su base axiomática por una enraizada en la mismísima teoría de la evolución. Ya he dedicado algunos artículos a estas ideas en el pasado[1].

El conocido antropólogo Alan Page Fiske sostiene que, efectivamente, las relaciones sociales podrían tener una base psicológica y, por tanto (añado yo), evolutiva. En su libro Structures of Social Life, un verdadero best-seller en su momento, Fiske defiende que todas nuestras relaciones sociales se construyen a partir de cuatro modelos básicos de relación. Para ello, hace una revisión exhaustiva de taxonomías y estudios empíricos en numerosísimos campos de relación social, como el intercambio, la distribución, el trabajo, el significado de las cosas, la forma de tomar decisiones, la influencia social, la constitución de grupos, motivación, incluso interpretaciones morales de la desgracia, o los mecanismos de agresión y conflicto. Y lo cierto es que presenta un caso bastante convincente.

Dice Fiske que si todos los seres humanos, independientemente del espacio y el tiempo, ejercemos nuestras relaciones sociales con base a estos mismos cuatro modelos básicos, ello implica que deben de estar presentes en nuestros mecanismos psicológicos, esto es, que no son completamente adquiridos de fuera. En sus propias palabras: “If people consistently generate the four basic types of social relations without prompting, without external constraints or extrinsic pressures, then it seems appropriate to speak of endogenously generated organizing principles for social relations” (pág. 189).

A estas alturas del artículo, el lector demandará conocer dichos modelos. No dilataré más su presentación, aunque no podré entrar en demasiado detalle sobre su contenido[2]. Los cuatro modelos son Communal Sharing (CS), Authority Ranking (AR), Equality Matching (EM) y Market Pricing (MP).

Creo que los nombres son bastante autoexplicativos, pero pondré un rápido ejemplo. CS es el caso de las familias, en que todo es de todos y los individuos son básicamente iguales en el seno de la relación. AR sucede en todas las organizaciones jerárquicas, por ejemplo, entre jefe y empleado. EM es quizá el menos intuitivo: por ejemplo, ocurre con las invitaciones de cumpleaños, en que se espera reciprocidad sin entrar a valorar los detalles de acto en sí. Finalmente, MP se produce en la adquisición de un bien en el mercado.

Los anteriores son solo ejemplos fáciles para ilustrar el contenido. En la práctica, cualquier relación social se puede definir según uno de los cuatro modelos básicos. Así, el matrimonio se puede regular según CS, según AR, según EM o según MP; que se utilice un modelo u otro depende de factores exógenos, como también lo hacen los parámetros concretos del modelo.

Como he dicho anteriormente, la hipótesis de Fiske me parece bastante convincente, y perfectamente compatible con los axiomas de teoría económica austriaca, coincidentes con la que Fiske llama teoría de la maximización de la utilidad personal. Esto es, que el comportamiento humano se puede explicar a partir del cálculo coste-beneficio que realiza en función de sus objetivos y de los recursos disponibles.

Sin embargo, Fiske considera que esta teoría únicamente aplica en el caso del modelo MP, y no en los demás modelos relacionales. Esto es, la teoría económica únicamente sería útil para relaciones tipo MP, que, según Fiske, ni son las más comunes ni tienen una relevancia especial en muchos grupos sociales.

El problema para Fiske es que la teoría de la maximización de la utilidad personal implica asumir que cuando la gente es sociable, amable, generosa, justa, respetuosa o leal, lo hacen esencialmente porque tal comportamiento es el más efectivo para maximizar racionalmente sus fines individuales. Y así deja el modelo MP para el modelo de hombre que propugna la teoría económica neoclásica, esto es, el homo economicus racional, calculador y egoísta.

¿Es esto así? No en la teoría económica austriaca. Para esta escuela, el hombre se modela como una jerarquía de fines o preferencias, con capacidad creativa. Ello no implica que dicha jerarquía sea correcta moralmente ni que sea siquiera racional: simplemente, es la que tiene, y con arreglo a la cual actúa. En dicha jerarquía caben metas como “sentirse uno más en la familia”, “caer simpático a sus compañeros de trabajo”, o “tener reputación de lealtad”, por ejemplo. Por otro lado, el hombre austriaco es falible, y se puede equivocar tanto en la forma de satisfacer sus necesidades como en la estimación de sus preferencias. Por eso decimos que el hombre austriaco se equivoca ex post.

Por tanto, no es cierto que la teoría económica solo sea de aplicación en las relaciones MP. Si se modela al individuo como una escala de preferencias/valores, la teoría económica se puede utilizar para explicar por qué, en determinadas circunstancias, se utiliza alguno de los modelos básicos sociales de Fiske y no otro, algo que, por cierto, éste no hace. Obsérvese que la teoría económica no es capaz de explicar por qué surgen esos cuatro modelos básicos, lo que tal vez sí puede explicar la teoría de la evolución, pero sí es la única forma de explicar por qué se escoge uno y no otro en cada caso.

Como digo, Fiske documenta prolijamente las características de las relaciones sociales en distintos lugares y circunstancias, especialmente de los Moose en Burkina Fasso. Sin embargo, no explica nunca por qué se utiliza un modelo y no otro. Cierto es que tampoco es ese su objetivo: bastante aportación es la constatación de que todas nuestras relaciones sociales se pueden formular en torno a cuatro modelos básicos.

Pero si quisiera explicarlo, lo único que hubiera podido hacer es acudir a la desdeñada y hasta despreciada teoría de la maximización de la utilidad personal. ¿Por qué se utiliza CS para una determinada relación? Pues porque el balance coste-beneficio subjetivo es mejor que utilizar otro de los modelos básicos, aunque solo sea por el coste que supone oponerse al resto del grupo o la cultura dominante. Este cálculo ni siquiera tiene por qué ser consciente (como bien dice Fiske, pág. 142, “People rarely make an explicit choice among models or implementation of models, because they take their cultural application rules for granted. Guided by their culture, adults unreflectively do what people around them do”). Es más, puede ser incluso un cálculo erróneo, y el individuo, incluso la comunidad, estaría mejor con otro modelo básico de relación. Pero está claro que, si el balance percibido no fuera positivo, se tendería a usar otro modelo relacional (de entre los cuatro disponibles psicológicamente) para resolver la relación social en cuestión. Tampoco esto se haría de forma expresa, sino por un proceso gradual de ajuste a través de prueba y error, cooperativo entre los afectados.

Y tampoco ese proceso de búsqueda tiene garantizado que lleva a la comunidad a una mejor situación social. Efectivamente, estamos ante un proceso de emprendimiento, de descubrimiento de la información, algo que no siempre ocurre. Es por ello que determinadas comunidades han resuelto sus relaciones sociales de una forma, y otras de otra, unas han aplicado un modelo básico y otras otro para un mismo tipo de relación social, e incluso las que han aplicado el mismo modelo, lo han hecho “parametrizándolo” de forma diferente. Puede que una forma de relación sea objetivamente mejor que otra, que la domine: da igual, si a la comunidad no se le ha ocurrido aplicarla, es imposible que haya surgido.

En conclusión, la aportación de Fiske me parece muy relevante. Al mismo tiempo, no comparto su tesis de que la teoría económica solo permita explicar las relaciones surgidas de uno de sus cuatro modelos básicos (el de Market Pricing). Por el contrario, en mi opinión, la praxeología es precisamente la pieza que le falta para explicar por qué cada relación ha asumido un determinado modelo básico en función de las circunstancias exógenas que la condicionan.

[1] Por ejemplo: https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/el-punto-de...

[2] Al lector interesado en profundizar le recomiendo la lectura del libro antes citado, advirtiéndolo eso sí de que es un libro durillo de leer.