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¿Existe el riesgo de una guerra mundial?

A punto de celebrarse el setenta aniversario del final de la II guerra mundial en Europa, se alzan insistentes gritos de alarma que advierten que el nuevo expansionismo ruso podría desencadenar una conflagración mundial, si continúa agrediendo a sus países vecinos por medios abiertos o solapados.

Al mismo tiempo que se anexionaban Crimea y provocaban la guerra en las regiones de Donetsk y Lugansk,  para conseguir su secesión, con la intervención de fuerzas militares “espontáneas” sin distintivos identificadores - las cuales motivaron la imposición de sanciones comerciales contra Rusia y contra individuos concretos por parte de los países occidentales, incluyendo EE.UU y la UE - los dirigentes del Kremlin emprendieron una escalada de provocaciones contra las repúblicas bálticas de Estonia y Letonia, ambas miembros de la OTAN.

De este modo, de un tiempo a esta parte, se producen rutinarias irrupciones de cazas rusos en el espacio aéreo de los países europeos e incursiones terrestres como la que sirvió para secuestrar a un agente estonio en su propio territorio hace seis meses. Ayer mismo, el gobierno ruso firmó un acuerdo de “alianza e integración” con las autoridades de facto de Osetia del Sur, que continúa la estela del firmado en noviembre del pasado año con Abjasia, otro territorio de Georgia.

 Asimismo, el gobierno ruso ha consolidado un renovado sistema de intoxicación informativa llamado Russia Today - trasunto digital de Pravda y la Agencia Tass- y financia a cientos de asociaciones y partidos políticos en el mundo (desde el Frente Nacional en Francia al movimiento neonazi çhúngaro Jobbik pasando por el partido neocomunista Syriza en Grecia) que tienen como denominador común su aversión a la libertad y el capitalismo.

Observando los casos de Chechenia, Abjasia, Osetia del Sur, Ucrania, Transdniéster (Moldavia) y los países bálticos, los estudiosos de asuntos de la defensa denominan “guerra híbrida”, a lo que parece una evolución de las taimadas técnicas de propaganda, subversión y operaciones especiales ensayadas en el pasado por distintos gobiernos y, singularmente, por la Unión Soviética y la internacional comunista sometida a sus dictados.

Según algunos analistas, Rusia no busca una guerra abierta contra EE.UU y sus aliados de la OTAN, sino un socavamiento paulatino de sus vínculos mediante la exacerbación de conflictos locales en países donde existen minorías rusas para a continuación expandir su área de influencia, si no resulta propicia la simple anexión. Si bien el artículo 5 del tratado de la OTAN establece que una agresión armada en Europa o Norte América contra un estado miembro se considerará dirigido contra todos los demás, quiénes, por lo tanto, estarán obligados a prestar todo tipo de ayuda, incluida la militar; existe una dificultad objetiva para adoptar una decisión rápida ante agresiones dentro de esa guerra híbrida. Como mínimo los representantes de los países miembros deberían ponerse de acuerdo en la identidad del agresor, lo cual no resulta obvio en este tipo de operaciones encubiertas.

Llegado el caso, la comparación entre los efectivos militares de EE.UU y Rusia arroja una desventaja considerable para la última. La desintegración del imperio soviético - del que Rusia resulta su heredera jurídica y natural - en los últimos años del siglo pasado, melló su potencial militar, entre otras razones por la evidente mengua de la población obligada a soportar el gasto militar y a nutrir las huestes de su ejercito.

Incluso el reconocido despilfarro de casi seiscientos mil millones de dólares en el Pentágono, no le otorga al ejército ruso una superioridad sobre su hipotético contrincante. Si los supuestos controles y la transparencia de la administración norteamericana han saltado por los aires frente a una burocracia irresponsable y voraz, podemos suponer sin temor a equivocarnos que la contabilidad y la gestión presupuestaria rusa no se han quedado a la zaga en lenidad, si no es que impera el latrocinio generalizado.

La cuestión es muy diferente si comparamos, al menos sobre el papel, las fuerzas de los aliados europeos de la OTAN con el gigante ruso. La superioridad militar de éste resulta apabullante, incluso si sumamos las tropas de los teóricos aliados turcos.

En un comentario anterior observaba como el régimen autoritario postsoviético de Putin había tornado la política de cooperación con la OTAN del primer presidente de la Federación Rusa, Boris Yeltsin, en una doctrina estratégica de confrontación ideológica y militar. Faltaba distinguir la diferencia cualitativa entre las agresiones contra Georgia, Moldavia y Ucrania de las dirigidas contra Estonia y Letonia, miembros de la OTAN cubiertos por el compromiso de ayuda defensiva mutua del resto de los países ante el ataque de un tercero. Por si el cuadro no fuera ya suficientemente tenebroso, debe recordarse, que la Federación Rusa mantiene la soberanía sobre el enclave de Kaliningrado en el Mar Báltico, situado al Noreste de Polonia y Oeste de Lituania.

En definitiva, la cuestión planteada se presenta en un momento crítico, habida cuenta del punto al que ha llegado el régimen autoritario en Rusia. El asesinato del líder opositor Boris Nemtsov ha hecho aun más palpable su carácter sanguinario, aunque moldea la mentalidad dominante del pueblo. Los tanteos de Putin para alcanzar el Lebensraum ruso en todos aquellos países donde viven minorías que hablan ese idioma, en lugar de aceptar una comunidad cultural en distintos estados, podrían desencadenar un conflicto mundial con la alianza euronorteamericana de imprevisibles consecuencias.