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A favor del egoísmo altruista

Vale, ya estás dentro del artículo. Has visto el título y has pensado “puede que me interese esto del egoísmo altruista”. Pues tranquilo, no estás siendo víctima del tan famoso clickbait (“cebo de clicks”) en el que el título no tiene nada que ver con el artículo. O bueno, puede que sí un poco, pero ahora que ya estás aquí, ¡creo que te interesará leerlo!

Los que ya me conocéis, sabréis que llevo en la batalla por las ideas de la libertad aproximadamente cinco años. A lo largo de este viaje intelectual he escuchado voces muy diferentes, desde anarcocapitalistas hasta liberales clásicos, pasando por los objetivistas o paleolibertarios. Después de horas grabando y editando conferencias y entrevistas, además de charlas informales en varias universidades de verano, puedo decir que tengo menos conocimiento ahora que cuando entré en el mundo liberal. Es decir, cuantas más ramas conozco del pensamiento liberal, más me doy cuenta de la amalgama intelectual que entraña la escuela de pensamiento de las ideas de la libertad.

Dejadme comentaros que a lo largo de estos años en los que he ido viajando por España y Europa ayudando de una manera u otra a dignificar el movimiento liberal muchas personas me han hecho “la” pregunta: “Y tú, ¿qué eres?”. Cuando me hacían esta pregunta, normalmente no sabía qué contestar. O decía algo como “creo que hay buenos y malos puntos en las diferentes tesis liberales”. Pero el pasado julio tuve el honor de entrevistar a Daniel Lacalle, al que le espeté la mencionada pregunta “y tú, ¿qué eres?”, a lo que me respondió unas palabras que me hice instantáneamente mías. Me dijo: “A mí me gusta lo que funciona”. Qué reflexión tan simple y tan certera.

Entiendo que si todos queremos que haya libertad individual y ausencia de coacción, aquí la pregunta concreta no debe ser qué sistema debemos implantar, sino que sencillamente debemos preguntarnos qué es lo que funciona y aplicarlo. Y aquí es donde yo introduzco el concepto que utilizo como título de este artículo. Creo que lo que funciona es el egoísmo altruista, ya que puede que cierta cantidad de altruismo en nuestra sociedad sacie nuestro afán egoísta que todos tenemos como individuos.

¿Qué quiero decir con esto? ¿Quiero decir que creo que el Estado debe tener un peso fuerte en la economía y la vida civil y que no puede haber otro sistema posible? No. Si sostuviera este principio, estaría poniendo por encima los principios a la realidad y creo que esto sería bastante deshonesto por mi parte. ¿Quiero decir entonces que el anarquismo de libre mercado es un sistema desechable ya que cree en la falsa concepción de que no habría coacción en un sistema sin obligatoriedad centralizada? Sí y no. Es decir, sí creo que aspirar a vivir en un sistema sin monopolio del poder es un fin más que digno. Pero lo que me estoy preguntando abiertamente aquí y ahora es si es factible llegar a tal punto de libertad individual sin cierta cantidad de egoísmo altruista, es decir, sin ningún tipo de red de seguridad o una safety net hayekiana.

Si ahora mismo estás confundido con el uso deliberadamente contradictorio de los términos egoísmo y altruismo, intentaré explicártelo mejor. Creo que a cualquier persona de bien y con ciertas aspiraciones morales, debe indignarle la pobreza, la exclusión social injustificada o la inseguridad ciudadana. En pocas palabras, creo que la igualdad ante la ley tiene aplicabilidad entre los iguales. Es decir, creo que hay un argumento moral a favor de cierta redistribución para con los discapacitados o las personas en riesgo de exclusión social, ya que estos no son iguales ante la ley, ya que no están en disposición de competir y prosperar como los demás.

A pesar de que estas palabras puedan sonar buenistas o incluso socialistas-igualitaristas, creo que cierta redistribución nos sacia egoístamente. Si yo no quiero ver pobres, ni bolsas de personas apartadas de la sociedad, ni ir por la calle con miedo a que me atraquen… es principalmente por motivos egoístas. Sí, lo habéis oído bien. Cuando veo las tasas de desempleo, analfabetismo, de profesionalización o de acceso a carreras o trabajos cualificados, egoístamente quiero que mi vecindario, mi barrio, mi ciudad, mi país o mi mundo sean más ricos, más cultos y más dignos.

Supongo que algunos de vosotros os preguntaréis: ¿y qué pasa con los incentivos? Si garantizamos derechos para ciertas personas de la sociedad, ¿cómo podemos asegurar que el sector privado no se sentirá vilipendiado? ¿Qué pasa si es más rentable percibir dinero de los que sí producen? Creo que estas son preguntas más que legítimas, pero que otra vez tienen una respuesta relativamente simple: el egoísmo.

Pensémoslo: ¿qué es lo más egoísta a lo que puede aspirar una persona con ambición, educación y aptitudes? Pues a que le dejen trabajar, prosperar, tener un camino de vida y que no se sienta menospreciado o, en el peor de los casos, parasitado por grupos organizados. Pero esta persona también querrá contratar a trabajadores con una formación profesional y una ética del trabajo digna y bien articulada. Esta persona querrá andar por la calle con seguridad o que su hija pueda volver a casa desde el colegio sin aparentes problemas. Tampoco querrá que se formen guetos, bolsas de pobreza o que sencillamente a su vecino le vaya mal.

Por otra parte, ¿qué es lo que quiere una persona que ha tenido mala suerte en la vida? ¿Qué es lo que quiere un joven cuyos padres han muerto o están en prisión? ¿Qué es lo que quieren los jóvenes o los padres de barrios pobres en los que hay inseguridad o drogas…? Todos quieren un futuro mejor en el que cada persona pueda ser independiente y vivir la vida que cada uno considere coherente con su proyecto de vida.

Pero entonces aquí la pregunta es: ¿cómo se llega a eso? Si lo perezoso intelectualmente suele ser el espetar el ya clásico “que lo haga el Estado”, a veces veo que muchos liberales caen en esa pereza intelectual al creer que el mercado puede solucionarlo todo. Es decir, apelar a la espontaneidad no suele ser la solución más honesta y funcional, además de que realmente se vende muy mal. Quizás debamos aspirar a buscar un sistema que sea un punto intermedio entre ideas y realidad, entendiendo que la libertad individual es el principio máximo al que debemos aspirar, pero a su vez debemos ser conscientes de que la realidad es compleja y que no existen fórmulas estáticas y simples.

En resumen: si lo que buscamos son sistemas que funcionan, debemos buscar puntos de equilibrio en los que el ciudadano normal pueda ver que sus necesidades egoístas-altruistas están satisfechas, ya sea cuando ves que tu barrio es más seguro, que tu vecino puede superar ese bache vital con mayor facilidad o encontrando trabajadores o compañeros de trabajo que no se encuentren en situación de necesidad extrema.

Creo que es ético y sobre todo funcional plantearse seriamente una defensa moral de la red de seguridad como contrapunto a las externalidades de este sistema pseudocapitalista y clientelar en el que vivimos. Creo que los liberales (o como mínimo los liberales a los que les resuenen mis palabras) deberíamos ser realistas y defender un sistema social con una cierta cantidad de redistribución, ya que esta garantiza un ecosistema para una libre competencia sana con derechos individuales. Además, dicho sea de paso, nos libraríamos de la etiqueta de antisociales o excesivamente egoístas que tanto daño hace a la difusión masiva de estas ideas.