Usted está aquí

¿Ha quedado Hayek obsoleto?

La tecnología se ha adherido a nuestro comportamiento, lo registra, y comunica. Luego esa información se procesa y se pone al servicio de empresas o administraciones públicas. Lo llamamos big data, y se dice que sus características principales son el volumen (un caudaloso torrente de información), la velocidad a la que llega esa información, en muchos casos de forma inmediata a la acción, y la variedad.

Este último aspecto es importante, porque no se trata ya de la información agregada, estabulada y estanca de las estadísticas, sino que al big data lo alimenta también la que no está estructurada y es espontánea y varia. Puede ser, por ejemplo, lo que escribimos en las redes sociales, nuestra localización y, por tanto, nuestro movimiento, los precios, el clima, las palabras encerradas en los libros o en los medios de comunicación, el consumo de música o películas, registros de salud, aplicaciones, archivos, sensores… Unos datos están estructurados, otros no. Unos registran actividad de hace días o siglos, otros están pegados a nuestras acciones.

Parte de ellos pueden ser relevantes para la gran contribución de Friedrich A. Hayek a las ciencias sociales, ya que recogen una información dispersa, y la comunican, de un modo que el economista y filósofo no hubiera podido imaginar. ¿Amenaza el big data la visión de Hayek sobre la función de los precios y la planificación descentralizada?

Hayek, en su artículo The use of knowledge in society, señala que quien planifique en una sociedad, “en alguna medida tiene que basarse en conocimiento que, en primera instancia, no está dado al planificador sino a otra persona, y de alguna manera tendrá que ser transmitido al planificador”. Algo que es válido tanto para un planificador central como para, como propone Hayek, cada uno de los planificadores dispersos que toman decisiones en una economía de mercado.

El carácter de ese conocimiento es clave para el argumento de Hayek. No se trata sólo de información científica, o de estadísticas, sino de “el conocimiento de las circunstancias de tiempo y lugar”. Y parte de los datos que alimentan el big data son precisamente así, contingentes, adheridos a unas circunstancias de tiempo y lugar que rodean a la persona. Es esa información que alcanza lo que perciben nuestros sentidos más la que recordamos y tenemos en cuenta para nuestras acciones. ¿Ha dejado obsoleta la tecnología la obra de Hayek sobre la planificación y los precios?

Yo no lo creo, y hay varias razones para ello. Una de ellas es que la parte de información que se recaba de nuestras acciones, lo más cercano a ese tipo de información práctica y dispersa de la que habla el autor, es realmente muy pequeña en comparación con toda la que manejamos. Bien es cierto que eso podría cambiar, pero aquí juegan tanto el desarrollo tecnológico como la propia decisión de los individuos de compartir o no esa información.

En segundo lugar, esa información es sólo un reflejo, una manifestación de nuestro comportamiento. Por un lado no es una puerta de entrada a las motivaciones subjetivas de las personas; por otro, no es eso lo que resulta útil, sino que la relevancia de esa información a borbotones no está en el detalle, sino en los patrones que se observan.

En tercer lugar, como dice Hayek, “los problemas económicos emergen siempre, y únicamente, como consecuencia del cambio”. Ese cambio inmediato se recoge en estas fuentes de información. Otra cuestión distinta es para quién es relevante, y cuál es la utilidad para un planificador central o para cualquiera de los agentes del mercado, que planifican para su propio ámbito de actuación.

Como señala el austríaco, “la persona que está en el lugar no puede actuar basándose sólo en su conocimiento íntimo, pero limitado, de los hechos del entorno que le rodea. Todavía queda el problema de comunicarle la información adicional que necesita y que se adecúan a sus necesidades para tomar decisiones, dentro de todo el patrón de cambios del conjunto del sistema económico”. Hayek está pensando en los precios, pero esta cristalización de las manifestaciones de nuestras acciones actúan de un modo parecido. También es información que, codificada o tratada de algún modo, recoge la que se produce de forma dispersa, y vuelve a los actores para potenciar su capacidad de actuación según las necesidades del mercado.

Dice Hayek: “En un sistema en el que el conocimiento de los hechos relevantes están dispersos entre mucha gente, los precios pueden actuar para coordinar las acciones deparadas de las personas dispersas del mismo modo en el que los valores subjetivos ayudan al individuo a coordinar las partes de su plan”. Los precios, que capturan el conocimiento práctico y se adaptan a los cambios, y lo codifican para un mejor uso de los recursos, no se pueden sustituir por otros indicadores falsos, como intentaban hacer los teóricos socialistas, ni por otras fuentes de información. Pero sí pueden complementarse con los resultados del big data. En este sentido, el big data refuerza el argumento de Hayek, porque potencia el proceso de recogida y transmisión de la información que él describe, y que se da en la sociedad. El autor cita a Alfred Whitehead, para quien “la civilización avanza al extender el número de operaciones importantes que podemos hacer sin pensar sobre ellas”, y en este sentido el big data contribuye a nuestra civilización.

¿Y qué hay del argumento contra la planificación económica? Porque nos podríamos plantear que esa nueva corriente de información podría indicar a los planificadores qué producir y cuando. Bien basándose en la ley de los grandes números, bien en algoritmos que permiten predecir, con cierta congruencia, el comportamiento futuro en función de esa corriente de datos.

Hay dos grandes críticas a la planificación central. Una es la que estamos abordando, sobre el conocimiento, y la otra tiene que ver con los incentivos. Éstos seguirían siendo perversos en una economía sometida al control de los medios de producción por un órgano centralizado, pero no vamos a entrar en ello. ¿Pierde vigencia la crítica al socialismo desde el lado del conocimiento?

No lo creo. La planificación, para que sea efectiva, tiene que revisarse constantemente, porque la realidad cambia sin parar. Es más, aunque haya instrumentos que nos puedan ayudar, como los algoritmos, sigue siendo cierto que lo que ocurra en el futuro depende de información que todavía no se ha creado, por lo que sigue habiendo una incertidumbre inextinguible. El puente entre el presente y el futuro se puede tender con lo que Ludwig von Mises llamaba empresarialidad, la perspicacia, o la capacidad, para adelantarse a las necesidades futuras y a las oportunidades de beneficio. Pero si el planificador hace esa labor, será indistinguible de la que hace un empresario. Si substituye la atención a las necesidades del mercado con sus propios propósitos, entonces tanto los precios como el big data son irrelevantes, pues sólo recogen el juego de valores y escasez que se da en la sociedad. De todos modos, nada de esto impide observar que el big data, sin ser una fuente infalible, sí puede contribuir a que algunas decisiones en el ámbito público estén mejor orientadas, en la medida en que actúen como empresarios.

En un momento del ensayo, Hayek dice: “Estoy convencido de que si fuera el resultado de un diseño humano deliberado, y si la gente guiada por los cambios en los precios entendiese que sus decisiones tienen significado mucho más allá de sus intenciones inmediatas, este mecanismo habría sido aclamado como uno de los grandes triunfos de la mente humana”. Sería exagerado decir lo mismo del big data, pero las posibilidades que ofrece, y que están siendo utilizadas de forma creciente por empresas de todo tamaño, pueden hacer el mercado aún más efectivo.