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Hugo Chávez, Carl Schmitt y la dictadura

La muerte de Hugo Chávez nos ha dejado una congregación de plañideras que entre llanto y llanto se han dedicado a loar los logros del líder de la revolución bolivariana. Justificadas sus tropelías y bravuconerías con las victorias electorales, sus hagiógrafos decían cosas como que Hugo Chávez "era pueblo".

Semejante legitimación enraíza con el filósofo alemán Carl Schmitt, autor de La dictadura. Y es que, tras la justificación "ser pueblo", dejan entrever el pensamiento schmittiano que construye sobre Hugo Chávez al defensor de la Constitución, la encarnación de la voluntad del pueblo que encierra en su persona la decisión política.

Los teóricos de esa voluntad general indivisible y absoluta que no admite disenso encuentran en la figura del defensor de la Constitución la horma de su zapato. Carl Schmitt resolvió sobre el papel el callejón sin salida e ingobernable que había dejado Rousseau pero que en la práctica ya se había substanciado en esas vanguardias conscientes de clase capaces, no solo de dirigir al colectivo, sino de gobernarlo.

La comparación resulta interesante porque nos permite, además, retrotraernos a la polémica entre Kelsen y Schmitt sobre el guardián de la Constitución. Un debate que se truncó con las embestidas totalitarias que recorrieron Europa en la mitad del siglo XX. Frente a la teoría de la decisión, Kelsen proponía una teoría pura del Derecho que venía a justificar el Derecho en sí mismo. Una cuadratura del círculo positivista que fundamentaba el Derecho y la legalidad en lo formal excluyendo cualquier otra consideración.

Este sistema kelseniano se vio superado por el ascenso al poder de Hitler y la subversión de la Constitución de Weimar. De la democracia a la dictadura a través de la modificación de leyes que desde el poder se van alterando de la misma forma que se aumenta poco a poco la temperatura de una cazuela para que la rana no salte mientras el agua empieza hervir. Una lección histórica que algunos pretenden olvidar cuando ya en el pasado son varios los dictadores que han llegado al poder aupados por mayorías electorales en lugar de carros de combate.

La fusión de ambas perspectivas filosóficas desde un punto de vista utilitario ha permitido a lo largo de la historia reciente los mayores atropellos de la libertad individual. Lo que en principio parecía antagónico se ha reconciliado tantas veces como ha sido necesario para desvirtuar la democracia representativa e imponer la voluntad de uno sólo, legitimada en el bien de todos.

Una teoría que en muchos lugares se ha llevado a la práctica. En España, en varias ocasiones el pueblo se ha echado a las calles al grito de "¡vivan las cadenas!", mientras los intelectuales justificaban y proclamaban la necesidad de cirujanos de hierro que pusieran orden en los desbarajustes institucionales del país. Incluso se han llegado a idear términos como el de dictablanda o demodura para mantener la conciencia tranquila mientras se justificaba lo injustificable.

La novedad chavista introdujo el elemento de la legitimación democrática permanente para retener el poder y manejarlo a su antojo. El régimen bolivariano es una pantomima que guarda aparentemente las formas democráticas, pero que en ningún caso permite la pluralidad de un sistema electoral libre para electores y candidatos en los que se pueda elegir una alternativa en igualdad de condiciones.

Cuando todo el entramado de pesos y contrapesos falla, olvidamos que el último resorte, la red de seguridad del trapecismo de la política, no es otra que la propia gente educada y responsable individualmente, celosa de su libertad y desconfiada de las intromisiones del poder estatal en sus vidas. Cuando falla, no hay garantía constitucional ni nación capaz de resistir la deriva populista.