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Identidades

Leo un reportaje en El Mundo acerca de la comunidad sij en Afganistán. El mandato de Hamid Karzai, dicen los propios protagonistas, supone para ellos una auténtica tortura cultural, una verdadera persecución de usos, costumbres e identidades sagradas en un proceso de uniformización islamista que los arrasa. Los años de gobierno bajo protectorado de la OTAN han sido los de la desaparición de su estatus de comunidad reconocida y, aunque marcada, pues debían llevar un brazalete distintivo, ellos se sentían aceptados en su fe y respetados en sus comercios. Hoy, siguen diciendo, no se les permite ni siquiera quemar a sus muertos como prescriben sus creencias y sufren presiones para que se islamicen. Incluso su condición identitaria es motivo para que ya no se acerquen a sus mostradores a comprar las mercancías que ofrecen.

Lo curioso del tema es que el islamismo uniformador es un rasgo no tanto de la época talibán, que es cuando los sijs estaban muy bien considerados, como del actual islamismo bajo mandato de Karzai, protegido de Occidente. Lo cierto es que poco, muy poco sabemos por estos pagos de gestionar sociedades donde las identidades tribales y tribal-religiosas son las determinantes. Cierto es que Occidente no fue a Afganistán a llevar la libertad de pensamiento y culto que los talibanes impedían. Incluso, como muestra el caso de los sijs, algunas excepciones de tales integristas son laminadas por el no tan nuevo modo de imponerse a la población. Occidente fue allí porque consideró que tenía que protegerse de una amenaza y porque daba un paso estratégico de cara al control de Asia Central, importante para la competencia en esa zona con los bloques hegemónicos ruso y chino.

El hecho de que los occidentales hayan dejado en manos autóctonas el gobierno en Afganistán y olvidado aquel objetivo neoconservador, tan civilizador, de liberar a las mujeres del uso del burka, revela que el modelo que concibe la sociedad enfatizando al individuo, es decir, el modelo occidental, es algo muy alejado aún de las vidas cotidianas de la mayor parte del mundo. Incluso en sociedades donde el capitalismo, por suerte, avanza, la mentalidad que asigna derechos y responsabilidades a los individuos y no a los grupos sigue anclada en el pasado. Cuenta Huntington en su famoso "Choque de civilizaciones" que los éxitos del capitalismo libre de Singapur son producidos, según los mandatarios de esa ciudad-estado, por el espíritu confuciano de extremo oriente, algo así como debidos al "genio asiático" y no al incentivo que hay en toda libertad cultural para desarrollar talentos y empresas.

Parece que será difícil desembarazarse de las identidades colectivas, puede que, incluso, nuestro pregonado individualismo no sea, paradójicamente, más que una identidad colectiva de las muchas que se presentan. Puede, igualmente suceder que se pierdan nuestros adorables tics individualistas. Al menos nos queda la esperanza de saber, parafraseando a Maquiavelo, que quienes vivieron en libertad, de muy mal gusto y no sin notables resistencias, vuelven a la tiranía.