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Imperofobia, imperiofilia e imperiocentro

En una discusión entre seguidores del Real Madrid y del Barcelona pasan tres cosas: los seguidores del Madrid se indignan con los razonamientos de los culés, estos hacen lo propio con los de los madridistas, y aquellos a los que no les gusta el fútbol se asombran ante la pérdida de tiempo que supone para todos discutir tan apasionadamente sobre algo tan mundano como el fútbol.

Pero lo cierto es que este tipo de discusiones no son una pérdida de tiempo. Al menos, no lo son más que el resto de las discusiones de grupos enfrentados entre sí.

A la postre en este tipo de enfrentamiento de argumentos no cuenta convencer al contrario, o a los que les importa un pito la cuestión de debate. Importa ser lo suficientemente hábil como para generar argumentos que puedan disipar las más remotas dudas que los de tu propio grupo puedan tener de vuestra postura, y reafirmarles en la misma. Con eso ganas estatus. Y dentro de cualquier grupo nada importa más que eso.

Con esto no quiero decir que no haya discusiones que no valgan para nada. Por ejemplo, ganar estatus en un grupo pequeño por internet no le va a resolver la vida a nadie. Pero eso nuestro cerebro primitivo no lo sabe. Y se lo pasa bomba siendo el centro de atención de tanta gente. Nadie le ha explicado que ya no vivimos en una tribu y que se necesitan muchas más personas pendientes de tu discurso para recibir una gratificación tangible por el esfuerzo.

Pero hay otra cosa que sí sabemos hacer por naturaleza: competir. Así que las personas con mejores cualidades para racionalizar sus sesgos van aspirando a liderar la opinión de grupos cada vez más grandes. Lo que lleva a que cada vez haya mejores argumentos sustentando dos versiones de la misma historia. Lo que aumenta la polarización de las posturas dentro de la sociedad.

Por nuestra costumbre de achacar todo lo malo a la modernidad, mientras mantenemos una visión romántica del pasado, se está culpando a las redes sociales de este fenómeno. Lo que no deja de ser una verdad a medias.

Al fin y al cabo, los mejores argumentos, aquellos que luego bajan por la ‘cadena alimenticia’ del consumo de ideas, se siguen difundiendo en un formato nada moderno: el libro.

Por ejemplo, en 2016 se publicó el libro Imperofobia y leyenda negra, de María Elvira Roca Barea. Solo había que leer las primeras reseñas del mismo para adivinar que a la derecha conservadora le iba a encantar, y, consecuentemente, a la izquierda le iba a horrorizar.

No hace falta ser historiador para dudar de un análisis histórico que dice lo que quiere oír el grupo de personas al que va dirigido. Tampoco es necesario ser un gran observador para detectar la hipocresía de aquellos que no mueven una ceja ante manipulaciones más burdas cuando vienen de su lado.

Una de las consecuencias de este fenómeno es que cualquier persona ajena a los grupos confrontados debe tomar una decisión: o dedica cada vez más recursos a tener un mayor conocimiento de cada uno de los temas objeto de polarización o renuncia a tener una opinión sobre los mismos.

Lo malo es que renunciar a tener opinión sobre algo es difícil. Así que existe la tentación de mantener por sistema una postura intermedia entre los grupos confrontados. Como decía más arriba, no hace falta ser un experto en algo para darse cuenta de que el término medio entre dos versiones sesgadas puede ser más acertado que cualquiera de esas dos versiones. Además, te ahorras horas de lectura y suenas de lo más razonable. 

Pero esta postura no hace otra cosa que fomentar la radicalidad de la posición de los grupos. Si la virtud está en el medio, cuanto más radical sea tu postura más arrastras la opinión promedio a tu terreno.

Por otro lado, si decides ir por el camino difícil, y estudias por tu cuenta cada tema polémico, es muy posible que a veces termines de un lado, otras veces de otro, y la mayoría de las veces te quedes en terreno de nadie. Mucho esfuerzo para terminar cayéndole mal a todo el mundo.

Pese a ello hay mucha más gente que sigue este camino de lo que uno podría esperar. Y todos tienen algo en común: son personas que valoran las ideas por encima de su pertenencia a un grupo. Y eso es algo que todos, especialmente los que somos liberales, tenemos que apreciar más.