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Informe PISA: desánimo, tristeza

Los datos en 2006 del informe PISA son muy desalentadores: el nivel educativo de España cae de nuevo por debajo de la media de miembros de la OCDE, aproximándose al perfil de naciones ajenas al progreso de Occidente. Este informe relega a España a un mínimo puesto 31 entre los 57 países participantes del mismo. PISA 2006 (Programme for International Student Assesment) valora cada tres años a más de 400.000 jóvenes de 15 años de edad, entre ellos 20.000 españoles que suspenden en todo: matemática, lectura, escritura, ciencias. Algunas regiones salen malparadas de la prueba; la situación de Andalucía entristece profundamente, no demasiado lejos en comprensión lectora de Azerbaiyán. Sólo se muestran brillantes Rioja y Castilla-León, quizá en este último caso por la tradición generosa e ilustrada, al estilo machadiano, de sus maestros.

El descalabro es de tal magnitud, las perspectivas son tan adversas, que nadie quiere asumir responsabilidad alguna. Los encargados actuales de la educación señalan a la familia como primera culpable histórica de la debacle. Las asociaciones de padres acusan al sistema formativo en su conjunto. Los intervencionistas preconizan mayor gasto público como exclusivo remedio frente a la situación. El profesorado no se hace valer, ni está ni se le espera. La opinión generalizada prescinde sin más de este asunto.

El problema no es de hoy mismo; se revela unas cuantas décadas atrás. En los comienzos de la transición democrática, con alto grado de irresponsabilidad, los sucesivos gobiernos entregaron la educación a las comunidades racistas e independentistas, por lo que nunca ha sido posible implementar en España un programa común imprescindible para los estudiantes en su infancia y primera juventud, sin distingos, digamos siquiera próximo al estilo de la escuela francesa o similar. La situación es difícilmente reversible, hay demasiados intereses espurios en juego; no será factible alcanzar cierta unidad formativa esencial que permita, por ejemplo, a un recién joven titulado con escasos recursos afrontar con seguridad los múltiples retos que genera el devenir de la propia vida, incluyendo al mercado como uno de los escenarios inevitables de esa misma vida; se agudizarán las divergencias entre clases sociales.

La impostura define a la izquierda española en esta cuestión. En un principio, los progresistas adivinaron en el profesorado un inmejorable agente para la propagación de su estrategia política, de ahí su insistencia aparente en favor de la educación pública. Sin embargo fracasaron, quizá deseaban mayor incondicionalidad de los pedagogos hacia su causa, no estimaron la firme oposición de algunos sectores educativos. Al final prefirieron lo más cómodo, que consiste en olvidarse de la realidad y sus problemas, obviando cualquier clase de negociación digna de tal nombre. El socialismo continuó el pago innecesario al separatismo y siguió abundando en su desinterés por la educación de forma paradójica por medio de una estéril, tal como se ha comprobado, bulimia legislativa.

A su vez, la enseñanza no es materia de agrado para la derecha. Nunca lo ha sido, le aburre, siempre va del ronzal del confesionalismo. Los liberal-conservadores españoles no se sienten cómodos; cuando se encuentran en plazo, no saben qué hacer con la formación. Un esclarecimiento de este extraño modo de actuar puede ser el clásico complejo de inferioridad ante la presunta potencial cultural de la izquierda. Otro argumento sería el origen biográfico de sus dirigentes: altos funcionarios ajenos al mundo de la creación, el mercado y los negocios, que es donde años después, para la mayoría de la gente, se dilucida el fruto de una acertada o pésima educación. Conviene recordar que ellos comenzaron la cesión del sistema educativo al nacionalismo rampante. En cualquier caso, la incapacidad congénita de la derecha española –excepciones aparte– para intuir y aplicar los procesos de la comunicación humana parece un misterio insondable, un extraño fenómeno que no emerge en otros partidos de su entorno ideológico y geográfico.

En este momento los estragos de la mala calidad educacional pueden apreciarse incluso entre trabajadores relativamente jóvenes. No hay que insistir en los quinceañeros que fueron sujeto activo de la investigación PISA. En España existe una horquilla de población ocupada entre 25-35 años de edad en la que se observa los desperfectos de la dinámica comprehensiva de la LOGSE así como la decadencia de metodologías anteriores. Refiriéndonos en concreto a los programas estatales de formación continua, es perceptible la incuria de empleados que integran la plantilla de reputadas firmas multinacionales. La sintomatología es variada: no preguntan en absoluto, apenas razonan las causas de los acontecimientos, no tienen capacidad de abstracción, son incapaces de elaborar visiones globales, se distraen con pequeñeces, prestan desmesurada atención a la casuística, manifiestan frecuente hostilidad, son insolidarios entre sí, improvisan todo, odian la teoría y fingen en la práctica, no construyen nada de valor.

Esta variedad de formación profesional se asemeja a la educación secundaria en que asimismo incumple tres principios vitales en la docencia: libertad, autoridad y recompensa.

Primero, libertad o voluntariedad para ir o no a clase. En la formación continua está claro: no obligatoriedad como hasta ahora; quien lo desee, que acuda al aula y recibirá algún tipo de reconocimiento. En la educación secundaria: permitir una rápida incorporación laboral a quien considera el instituto una suerte de presidio o pérdida de tiempo. McClelland, psicólogo industrial, decía que el exceso de educación alimenta la aversión al riesgo. Los ejemplos de emprendedores de éxito con escasez de horas de escuela son innumerables.

Segundo, defensa motivada de la autoridad. El profesor ha perdido los papeles, se sobreexpone a una aglomeración de ojos que le vigilan: alumnos, padres, departamentos de personal. No hay magisterio, sino simple coordinación de recursos, es casi otro pupilo más. No puede tolerarse el desplome de recursos físicos y mentales por dicha presión. Si aparecieran injusticias, acúdase a instancia superior para su investigación.

Tercero, recompensa por lo aprendido. Quien tuvo fuerzas para continuar su aprendizaje, visto el panorama, debe exigir la valoración de su esfuerzo a través de una evaluación. La infantilización evidente en las aulas es motivada por la ausencia o futilidad de las valoraciones. Los errores de fondo en clase quedan impunes. Si persiste la tabla rasa para todos, no germinará la emulación y la excelencia desaparecerá.

Los elitistas de cualquier índole no deberían frotarse las manos, creyendo que ante tamaña agitación, sobrevivirán en su fulgor. Para que una sociedad funcione se necesita entretejer cada jornada la colaboración de millones de comportamientos, experiencias y capacidades más o menos variables. Si la élite quedase como exclusiva propietaria del discernimiento, igualmente sucumbiría, ya que la mayoría resultante de la red social en un instante determinado incumpliría sus órdenes, por la sencilla razón de que dejaría de entenderlas.