Usted está aquí

Krugman y su economía de los canguros keynesianos

La concesión del Premio Nobel de Economía a Paul Krugman le ha convertido en una especie de guía espiritual para gestionar la recuperación de la crisis actual. Sin embargo, dado que los conocimientos del estadounidense sobre el ciclo económico dejan bastante que desear, sus recomendaciones difícilmente serán adecuadas.

Quizá la manera más sencilla de comprobar que su perspectiva keynesiana de Krugman es del todo inútil para comprender el funcionamiento de una economía lo tenemos en el ejemplo al que tanto le gusta recurrir para explicar el ciclo económico: la cooperativa de canguros.

En este modelo, cada pareja miembro de la cooperativa presta sus servicios de canguro a otra pareja y a cambio de este servicio recibe un vale que le da derecho a solicitar en el futuro que otra pareja de la cooperativa cuide de sus niños (y a cambio de lo cual ésta última pareja recibirá un vale que da derecho a lo mismo).

Con este sencillo esquema, Krugman explica tanto las recesiones (por ejemplo, el pinchazo de la burbuja de las puntocom) como las depresiones deflacionarias (Japón). Recesión sería cuando el número de vales en circulación se reduce (por ejemplo, porque algunas parejas acaparan muchos vales con el objetivo de tener disponibles servicios de canguro en el futuro), de modo que cada pareja empieza a racionar el uso de los vales para ocasiones especiales (es decir, no salen tanto por las noches para no tener que gastar vales); sin embargo, si no hay parejas que gasten, el resto de parejas no podrá adquirir nuevos vales, de modo que cada vez la demanda de canguros se restringe más y, por tanto, también la oferta. La solución es simple: imprimir más vales para que se creen más oportunidades de hacer de canguro y la circulación de vales se "reactive".

Para explicar la depresión a la japonesa hay que perfilar un poco el modelo, añadiendo un mercado de crédito: se supone que cada pareja puede pedir prestados cupones a la administración de la cooperativa a cambio de que en el futuro le devuelva aun más cupones (el interés de la operación opera aquí como una sanción para penalizar el abuso del endeudamiento).

En este modelo, el problema puede surgir por la fuerte estacionalidad en la demanda de canguros: en invierno ninguna pareja quiere salir de fiesta y no necesita canguros, así que intentará construir reservas de vales para verano, cuando sí desea salir de casa. Pero si nadie quiere salir de casa, nadie podrá acumular vales (sin demanda de canguros no hay oferta ni demanda futura), con lo cual los pocos que tengan reservas de vales todavía estarán menos dispuestos a gastarlos en invierno. Ni siquiera aunque la autoridad ponga los tipos de interés a cero, las parejas demandarán vales en invierno, ya que perderían oportunidades de salir en verano. En esta situación la economía habrá caído en la "trampa de la liquidez".

La solución para Krugman vuelve a ser igualmente simple: hacer que los vales se deprecien, de modo que si no se gastan en invierno ya no sirvan en verano; y así, los vales seguirían circulando. Dicho de otra manera, la inflación es la solución para la depresión. Conclusión que haría muy feliz a Silvio Gesell.

La simplicidad del modelo no impide que para Krugman sea muy descriptivo de la realidad. En el artículo podemos leer que "cambió su vida", que "puede aprenderse más economía con él que con un año de editoriales del Wall Street Journal" e incluso que "si se lo toma en serio podría salvar el mundo".

Veamos hasta qué punto estas pomposas conclusiones tienen algo de sustancia y si logran resistir un mínimo análisis crítico de los supuestos del modelo:

  • El consumo genera la renta (inexistencia de capital): Los modelos keynesianos carecen de una buena teoría del capital –algo que el propio Keynes reconoció– ya que suelen representarlo como un fondo homogéneo que se autorreproduce y que carece de estructura alguna. Obviamente, esto es irreal, ya que los bienes de consumo no aparecen en el mercado por arte de magia, sino que son producto de toda una estructura de bienes de capital que lejos de ser amorfa, es muy compleja, heterogénea, específica y bastante indivisible, y lejos de autorreproducirse, sólo puede mantenerse a costa de unos recursos que proceden de una restricción del consumo. Dicho de otra manera, cuando vendo un coche, estoy obteniendo retribución no sólo por el "bien de consumo" coche, sino por todos los factores productivos que han ayudado a producirlo (máquinas, obreros, minas, centrales eléctricas...). El modelo de Krugman, sin embargo, supone una simplificación aun mayor que el keynesiano, ya que el capital ni siquiera existe. Cada vez que una familia consume un servicio de canguro genera automáticamente nueva renta en otras familias. La economía se reduce a un simple trueque de servicios. Pero sin capital ni inversiones no puede haber, por definición, un problema de "malas inversiones" y, por tanto, toda la cuestión del ciclo económico carece de sentido. Dicho de otra manera, Krugman pretende explicar el ciclo económico mediante una organización económica donde no puede haber ciclo económico por el motivo que exponemos a continuación.

  • Sólo existe una forma de generar riqueza: Dado que en el modelo sólo existe un bien (servicios de canguro), Krugman equipara producir ese bien con generar riqueza; así, dejar de producirlo equivale a recesión y pobreza. Esto es absurdo, ya que una sociedad donde cada pareja cuidara siempre de sus hijos sería paupérrima y una sociedad donde cada pareja nunca cuidara de sus hijos (sino de los de otra pareja) sería riquísima. En realidad, que en este modelo se presten más o menos servicios de canguros no es un asunto de malas inversiones (por ejemplo, que cada pareja haya financiado sus salidas de fiesta con la deuda y cuando llega la hora de repagar toda esa deuda deban renunciar en seco a seguir saliendo y, por tanto, a contratar canguros), sino de variabilidad de preferencias de los consumidores.

  • No existe el dinero: En puridad los vales de la cooperativa no son dinero, ya que sólo son intercambiables por un bien, a saber, los servicios de canguro. Dicho de otra manera, el tenedor de vales es un consumidor cautivo de los servicios de canguro. Sólo puede elegir si consumirlos antes o después, pero no puede forzar una reconversión de los servicios de los canguros. Por tanto, ni el consumidor es soberano, ni, de nuevo, existe un problema de malas inversiones: el oficio de canguro siempre será la especialización óptima en esta economía.

  • No existe incertidumbre asociada a los vales: Pese a que el vale sólo incorpora un derecho de cobro, Krugman asume que no conlleva ningún tipo de incertidumbre, es decir, que cualquier tenedor de un vale puede obtener en cualquier momento y lugar la cantidad de servicios de canguro que desea consumir. Obviamente esto no tiene ningún sentido, ya que tener derecho a un canguro no garantiza poder encontrar siempre a alguien que quiera prestar este servicio; especialmente si la cooperativa imprime vales por unos servicios de canguro que las parejas no han aceptado prestar. Dicho de otra manera, Krugman sostiene que si se imprimen artificialmente vales, las parejas estarán dispuestas a hacer horas extra y que, por consiguiente, los vales nunca serán impagados, ni siquiera cuando el progresivo incremento inflacionario de horas extra deje a las parejas con menor tiempo disponible para realizar otras actividades. Pero, ¿qué pasaría cuando cada día circulasen por pareja más derechos a horas de canguros que horas tiene el día?

  • El ahorro sólo puede tomar la forma de atesoramiento: En las sociedades modernas, incrementar el ahorro permite incrementar las inversiones y, por tanto, la cantidad de bienes de consumo futuros. Los factores no quedan desempleados por el hecho de ahorrar, sino que son trasladados desde unas industrias (las de consumo) a otras (las de bienes de capital). Dado que en el modelo de Krugman no existen bienes de capital, las familias sólo pueden atesorar sus vales. Y al atesorarlos necesariamente incrementan el desempleo de los factores productivos (es decir, el resto de parejas que quieren ser canguros), los cuales no tienen otro sitio donde ser ocupadas. Si el modelo admitiera la existencia de inversión, quedaría claro que si se reduce el consumo de canguros puede incrementarse la demanda de bienes de capital. Por tanto, la fuerte estacionalidad de la demanda de bienes de consumo –esto es, la preferencia por la liquidez que según Krugman provoca la crisis de Japón– sólo favorecía que durante las épocas de poca demanda, los "recursos ociosos" se invirtieran en industrias destinadas a producir más bienes de consumo para las épocas en que éstos tengan una alta demanda. Pero en este modelo esto no puede ocurrir, ya que se asume que es imposible trasladar renta del presente al futuro mediante la inversión (y el consecuente incremento de nuestras posibilidades de consumo futuro).

  • Los recursos ociosos son simplemente un problema de demanda: El corolario del punto anterior es que la actividad cae y las parejas se quedan sin prestar servicios de canguro porque la gente ahorra (es decir, atesora), de modo que basta con incentivar que vuelvan a consumir para que la actividad resurja y los recursos se vuelvan a emplear. De nuevo, dado que no hay capital ni malas inversiones, Krugman no se da cuenta de que en una economía la mayoría de los factores productivos se emplean de manera conjunta y sinérgica, de modo que la desocupación (el paro) indica la insuficiencia de bienes de capital complementarios para dar empleo a los recursos ociosos; insuficiencia que se debe a la necesidad de reconvertir las malas inversiones previas (que en este modelo, recordemos, no existen).

  • El gasto público y la inflación son suficientes: Visto lo anterior –si la actividad y el empleo son el consumo, si el dinero sólo puede emplearse o bien en el consumo de un solo bien o bien en su atesoramiento, si no existe incertidumbre alguna en el cumplimiento de las obligaciones y si los recursos productivos son perfectamente móviles en sus usos– por supuesto la resolución de las "recesiones" es evidente: basta con forzar el consumo de vales, ya sea imprimiendo mayor cantidad de ellos u obligando a que se desatesoren (con inflación o decretos de gasto obligatorio). El problema es que este modelo no tiene nada que ver con la realidad de una economía capitalista –donde hay bienes de capital y donde el problema es cómo reorientar las malas inversiones previas–, que no en vano es donde se producen los ciclos económicos.

Sin duda, un Nobel muy merecido.