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La arqueología, un lujo de nuestros días

Es relativamente frecuente, cuando uno hace visitas guiadas a yacimientos arqueológicos, y prácticamente inevitable cuando tales yacimientos son prehistóricos, que los guías resalten las bondades del modus vivendi de nuestros antepasados, sobre todo en lo que al respeto al medio ambiente se refiere.

Así, se resalta cómo nuestros ancestros vivían de una forma sostenible y compatible con el ecosistema, al contrario que en la actualidad, donde la falta de conciencia ecológica nos está llevando a la destrucción y el fin de la raza humana que tan bien supieron preservar aquellas personas durante millones de años.

Tras oír estos comentarios, uno siempre se queda con las ganas de preguntarle al guía de turno si sabe cuánta gente vivía en aquella época en el mundo, y cuánta vive ahora. La respuesta sería, según observo, que por ejemplo durante la segunda glaciación no vivían en toda la Tierra más de medio millón de personas. Compárese con los 9.000-10.000 millones que la habitan en la actualidad.

Es indiscutible, además, que los recursos a disposición de los habitantes de la Tierra eran más o menos los mismos entonces que ahora. Así que algo bien habrá hecho la raza humana que convive en esta sociedad moderna para que el uso de los mismos recursos, permita la subsistencia de 20.000 veces más personas.

O, dicho de otro modo, si el ser humano se pusiera a vivir de la misma forma en que lo hacían esos ancestros, tan alabada por los arqueólogos, solo podría sobrevivir 1 de cada 20.000 personas. Supongo que los arqueólogos creen que estarían entre los elegidos.

Y para que hablar del nivel de vida. ¿Qué jornadas laborales tenían los cazadores de mamuts? ¿Gozaban de días de vacaciones? En fin. Puede que ahora tengamos una forma de vida menos ecológica que la de nuestros ancestros, pero es sin duda mucho más eficiente y no digamos cómoda.

Pero aún hay más. La propia arqueología no deja de ser una disciplina de lujo, que solo una sociedad tan rica como ha llegado a ser la actual puede permitirse.

No hay vestigios arqueológicos de excavaciones arqueológicas (¿metaexcavaciones?) en ninguno de los yacimientos investigados. Los antiguos no se podían permitir realizar excavaciones arqueológicas en los sitios en que vivían o que tenían cerca. Se reutilizaba lo que se pudiera y se construía encima, pero nadie se dedicaba a excavar para ver cómo era el palacio de la gente que allí había habitado 500 ó 1000 años antes.

La disciplina de la arqueología comienza a practicarse en el siglo XIX, casualmente cuando el nivel de vida de la sociedad empieza a despegar, posiblemente a consecuencia de la contaminante revolución industrial. Así que en la medida en que el modo de vida del ser humano se hace menos ecológico, comienzan a aparecer los arqueólogos. Los mismos que en unos 150 años estarán quejándose de la poca conciencia ecológica que tiene el ser humano de nuestro tiempo.

Para mayor ironía, la mayor parte de los yacimientos arqueológicos se han descubierto como consecuencia de la pretendida construcción de infraestructuras que posibiliten ese modus vivendi tan opuesto al de nuestros ancestros prehistóricos. Por ejemplo, el yacimiento de Atapuerca se descubrió al barrenar una colina para facilitar el paso del tren.

Es cierto que muchos trabajos de arqueología se financian con nuestros impuestos, por lo que muchos arqueólogos (evidentemente, la sabiduría en este campo no está reñida con la ignorancia en economía) pueden caer en la tentación de pensar que su trabajo no depende de esa sociedad consumista formada por empresas contaminantes y consumidores insensibles. Pero no es así: sin la expropiación estatal de la riqueza generada por la vilipendiada sociedad consumista, no habría dinero para su trabajo y, bueno, se tendrían que dedicar a otra cosa.

Conste que me interesa la arqueología (bueno, más bien los resultados de su investigación) y no me pierdo visitas a ruinas importantes allí donde tengo oportunidad. Y conste que pago sin protestas el importe de la entrada, y que seguramente fuera donante para que siguieran este tipo de trabajos en un mercado libre, porque me apasiona y me parece fundamental entender cómo vivieron nuestros antepasados.

Pero, al mismo tiempo, creo que el arqueólogo, por muy enamorado que esté de su trabajo, debe mantener el respeto por la sociedad actual y su modo de vida. Y reconocer, públicamente, que es ese modo de vida el que le permite vivir como arqueólogo, y el que permite vivir a 10.000 millones de personas en lugar de a los menos de un millón que él estudia.