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La crisis del sector audiovisual

En un mercado libre, los agentes tienen muchas más posibilidades de adaptarse a cambios coyunturales o circunstanciales. La ausencia o mínima presencia de barreras permite a todos readaptarse, pero también implica estar muy atentos a las señales de dichos cambios y cierta actitud proactiva, más que reactiva. En un mercado regulado, se puede tener la falsa impresión de estabilidad, sobre todo en aquellos grupos que disfrutan de las atenciones del régimen a través de ayudas de diferente naturaleza. En este escenario, es habitual que los agentes busquen agruparse para conseguir el favor político del Estado por una cuestión de simple supervivencia, sobre todo en tiempos de vacas flacas y por “avaricia” en tiempo de vacas gordas.

El sector audiovisual, que conforman el cine, la televisión, la radio y, en las últimas dos décadas, Internet, está en uno de esos periodos donde los cambios se precipitan, dificultando a los menos adaptados. A principios de este siglo, el canal por cable y satélite HBO dio un salto cualitativo cuando decidió potenciar su producción propia en forma de series y películas, algo que rápidamente fue copiado e incluso mejorado por otras empresas del sector, como la ahora tan cacareada Netflix. De esa nueva estrategia de HBO salieron series tan icónicas como Los Soprano, The wire o Hermanos de sangre. En ellas, los personajes y las historias que se narraban eran complejos, llenos de matices, de una ética gris, donde la dicotomía del bueno/malo era más matizada o incluso desaparecía. El resultado fue un producto de calidad, que contentaba a muchos tipos de espectadores, a precios cada vez más competitivos y asequibles.

Esta nueva estrategia con la que se estrenó el siglo no era fruto de la casualidad, sino de una competencia bastante fuerte en el mercado que, en un entorno global, terminaría afectando a todo el mundo. A finales del siglo XX, en los Países Bajos, se estaba gestando otra revolución: la de los reality shows, la del Gran Hermano que, desde su aparición en la televisión holandesa en 1999, se extendió por todo el mundo y se adaptó a distintos formatos, desde supervivientes en una isla desierta a concursantes que convivían desarrollando sus talentos como la voz, el baile, la capacidad interpretativa o las habilidades culinarias. Personas desconocidas, de la calle, contaban cómo organizaban sus bodas, cómo llevaban un negocio, cómo arreglar una casa, cómo sobrevivir en la selva o se dejaban aconsejar en cada una de estas facetas por expertos. Los realities se mezclaron con los documentales, potenciándose los falsos documentales, y las víctimas de esta nueva tendencia televisiva fueron las series y, en menor medida, los late night, los programas de entrevistas con actuaciones musicales.

Las series de los 70, 80 y primera mitad de los 90 estaban muertas. Los televidentes se habían cansado de personajes planos, sin apenas recorrido ni evolución, de guiones que se repetían de episodio en episodio, de una moral bipolar, simple, sin apenas sobresaltos sobre su comportamiento, con finales previsibles… Todo eso, que tuvo su época, volvía a no interesar. Los gustos cambiaban y estos realities dieron otras opciones a los espectadores de las televisiones generalistas, mientras que los estudios de las series pensaban cómo volver al ataque. La expansión del mercado del cable y del satélite, adaptando los precios, permitió a las productoras disponer de un nuevo canal para no sólo ofertar películas y series a un público cada vez más numeroso, sino también crear sus propias obras y, tras el análisis de los gustos, promover aquellas líneas creativas que más podían interesar, liberados, por otra parte, de las estrictas reglas formales, generalmente ligadas a la moral sexual o de violencia extrema, que conllevaba hacer una serie para una televisión generalista.

Este modelo de producción audiovisual ha tenido mucho éxito, sobre todo por la rápida expansión de Internet, que se ha unido al cable y al satélite para poder vender el producto en un mercado global. Precisamente, a través de la web ha triunfado Netflix o ahora Amazon, junto a otras productoras menos conocidas, pero no por ello menos creativas y exitosas. Incluso en España, una empresa tan conservadora como Telefónica se ha lanzado a la producción propia, que muestra en su limitada oferta de series.

La variable tecnológica ha sido determinante para entender cómo hemos llegado a este punto en el que estamos. Hace 30 años, Internet era más un sueño que la realidad práctica que manejamos hoy y nadie se podía imaginar su importancia y transcendencia. Anclados en el modelo tradicional de televisión, con sus vaivenes, a los empresarios que vivieron y se enriquecieron en aquella época les cuesta dar los pasos para abandonar un modelo que sobrevive con un público cada vez más escaso. La televisión que conocimos está a punto de desaparecer. Sobrevivirá en tanto reproduzca de alguna manera modelos exitosos, pero no por la capacidad de producir nuevos.

Los hábitos cambian cada vez con mayor velocidad y las modas, dado su carácter marcadamente temporal, tienen un impacto cada vez más fuerte. Los jóvenes y no tan jóvenes, así como los niños, ya no se reúnen al pie de la televisión para esperar su programa favorito, sino que se conectan a la red o entre sí y ven youtubers, instagramers o influencers que les cuentan cosas y les orientan. Eligen sus propios programas y series a la hora que les conviene, una especie de televisión a la carta que construye cada uno día a día, en función de sus gustos o de sus influencias. Incluso pueden satisfacer esta necesidad en la calle en torno al móvil. La televisión compite con los videojuegos, ya sean jugados en línea o en solitario, y en general, todas las formas de ocio lo hacen entre sí, hasta el punto de que un partido de fútbol televisado o una serie, incluso una partida del juego de moda, pueden ser los peores enemigos de una película exhibida en el cine.

Un ejemplo del conflicto ligado a esta crisis del sector audiovisual está en la película Roma (2018), dirigida y escrita por el mexicano Alfonso Cuarón, producida por Participant Media y Esperanto Filmoj y distribuida por Netflix, pero estrenada en los cines durante unos días, condición necesaria para que pueda optar a los Oscar de Hollywood. La idea de Netflix habría sido exhibirla a través de su plataforma, pero ha permitido este modelo. Los puristas del género se quejan de que esta -creo que- estupenda película sólo se pueda ver por la plataforma, ya que el estreno en las pantallas es demasiado corto, mientras que a la distribuidora le molesta tener que realizar esta exhibición para poder acceder a estos premios y reclama que las normas cambien.

Creo que es un hecho que el nuevo mundo de las series ha influido mucho en el cinematográfico. Los modelos de series han permitido, como ya he dicho antes, mejorar el desarrollo de los personajes y de los guiones frente al tiempo más limitado de las películas. Las historias se pueden extender en el tiempo y aprovechar las oportunidades que surgen cuando se escriben los guiones, se pueden introducir nuevos personajes y sacar aquellos que sobran, e incluso cambiar actores. Hasta tal punto es exitoso este método que las películas han resucitado los seriales cinematográficos que triunfaban a principios del cine sonoro. Un ejemplo moderno de esto que escribo es el Universo Marvel. A lo largo de 22 películas, Marvel primero y ahora Disney tras su compra, han diseñado una serie de personajes sacados de los cómics, para dotarles de una personalidad propia, distinta de la que tenían en el cómic original y crear una historia que se ha perpetuado en una serie de fases, hasta la que estrenarán en 2019: Vengadores: Endgame. Un modelo que recuerda mucho al de las series, pero que no es nuevo. Las franquicias de películas se han disparado, desde Star Wars hasta Vengadores, pasando por Harry Potter, Transformers, Juegos del Hambre, Star Trek, Terminator, Tiburón, Rocky, Rambo y otros tantos, sin olvidarnos de las múltiples películas de otras décadas, como las de 007, el inspector Harry Callahan e incluso la Pantera Rosa, por poner unos ejemplos más antiguos. Los seriales de los años 30, los de la serie B y Z, y los de Fu Manchú eran sus antecedentes.

La industria del cine debería reflexionar sobre qué hacer. Que contratar Netflix durante un mes cueste casi lo mismo que una entrada de cine es muy indicativo. En Netflix tienes acceso a una oferta muy extensa de series y películas de calidad. Puedes descartar las que quieras y dedicarte a las que más te gusten sin necesidad de pagar más. Es verdad que lo ves en tu ordenador o en la televisión de tu casa si es inteligente y no en una pantalla grande, pero es que a lo mejor los espectadores están dejando de ir a los cines porque encuentran otras actividades más confortables, agradables, y no tienen que tragarse una película si no les gusta, pagar una burrada o estar molestos con el que come palomitas al lado, no para de mirar el móvil o habla como si estuviera en el salón de su casa. Es cierto que algunas películas es mejor verlas en pantalla grande y que, al menos en el corto y medio plazo, no habrá una crisis tan fuerte como la que está experimentando la televisión generalista, pero quién sabe si el desarrollo de gafas envolventes no termina permitiendo ver una película en 360º, inmersos en la película sin movernos del salón de casa y sin necesidad de ir al cine.

El segundo punto que quiero tratar brevemente es más español. Desde que tenemos democracia en España, incluso antes y hasta ahora, el lobby del mundo del cine ha pretendido y tenido influencia política. El cine español sigue siendo subvencionado y, como consecuencia de ese apoyo, los actores, directores y demás miembros del sector han apoyado ciertas líneas políticas, generalmente las que les permitían jugosos ingresos, al menos a los más conocidos. Las series y su internacionalización están permitiendo que estos actores y directores, que antes trabajaban mejor si eran sumisos a la política, no la necesiten para prosperar. Los espectadores también están apostando cada vez más por un cine ajeno a la ideología, criticando con mucha más frecuencia los excesos de algunos de los componentes de la farándula. Aunque las series españolas siguen teniendo esta molesta tendencia ideológica, hay cada vez más desertores de lo políticamente correcto. He comentado al principio que, en un mercado excesivamente regulado, los agentes que viven de él con ayudas se ven muy mal cuando el entorno cambia de manera abrupta. El cine español, la producción audiovisual española, se está enfrentando a este cambio abrupto y debe adaptarse para sobrevivir. Las subvenciones y ayudas no tienen tanto sentido en un mercado global, pues Netflix, Amazon o la HBO no deberían funcionar de esta manera. Cuando ha llegado la hora, en España se vuelven a hacer series que ilusionan, incluso a nivel mundial.