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La década del centro

En el cumpleaños de cada individuo se celebra que la tierra está, más o menos, en el mismo punto de su rotación al sol que cuando este nació. O lo que es lo mismo: que está vivo para intentar dar otra vuelta.

Como los seres humanos tenemos una parte individualista y otra social, aparte de nuestro cumpleaños nos gusta celebrar el mismo hecho de forma colectiva: la Nochevieja. Aquí estamos, de nuevo, siete mil millones de personas intentado dar otra vuelta a nuestro astro.

Con la década este vínculo se rompe. Los seres humanos nacemos con cero años. Por lo tanto dejamos de ser veinteañeros en nuestro treinta cumpleaños. Es lo lógico. Por desgracia para la lógica, y para fortuna de los que gustan polemizar de forma improductiva, nuestro calendario no empieza en el año cero, y, por tanto, habría que esperar al 31 de diciembre de este año para hacer balance de la década.

Afortunadamente, el Estado aún no multa a aquellos que no acatan esta norma. Así que vamos a disfrutar de esta libertad para echar la vista a atrás a estos diez años.

Empezamos nuestro camino sufriendo las consecuencias de una serie de pésimas ideas que habían guiado la política durante el comienzo de siglo: un mercado laboral rígido, las cajas de ahorros en manos de políticos y la creencia de que el gasto del Estado no tenía límites casi nos cuesta la quiebra y la posterior salida del euro.

La llegada al Gobierno nacional, y a la mayoría de Gobiernos autonómicos, de un partido que había renunciado públicamente a las principales ideologías de la derecha (liberal y conservadora) nos llevó a la mayor subida de impuestos de la democracia y al chantaje a los países solventes del euro para mantener el grueso del gasto estatal intacto y no entrar en casi ninguna de las reformas que el país precisaba.

Al mismo tiempo, el torrente de malas ideas de la izquierda, acumuladas por el dique de un Gobierno socialista que, al parecer, no había fracasado suficiente, se desbordó el 15-M inundando a la sociedad con una nueva remesa de ideas erróneas que calaron profundo ante la nula oposición del consenso socialdemócrata.

Todo esto nos llevó a un impás en que el único consenso político que se ha establecido es que no estamos de acuerdo en nada. La falta de gobierno y la independencia de Cataluña han monopolizado la actualidad política.

La recta final de estos años la ha protagonizado el retorno del grueso del voto de izquierda al PSOE, y el abandono del PP y, a última hora, de Ciudadanos del votante conservador para apostar por una opción que se aleja definitivamente del consenso socialdemócrata, pero que tiene que aclarar aún muchas cosas si quiere aspirar a gobernar.

El resultado es un nuevo Gobierno, salvo sorpresa, que reúne lo peor de las ideas de izquierda imperantes, tanto a nivel nacional como a nivel independentista. El fracaso del centro, que al agarrarse a las ideas socialdemócratas ha blanqueado a la ideología a su izquierda, por muy extremista que esta fuera, nos ha conducido a esta situación.

Y no sólo no han aprendido la lección, sino que la aparición de un partido como Vox les han dado nuevas fuerzas. Al fin y al cabo cuando no se tienen ideas propias el término medio siempre parece la mejor opción.

Esperemos que en estos próximos años la derecha vuelva a abrazar el debate de ideas y se destierre al centro al cubículo oscuro de la tecnocracia funcionarial, de donde nunca debieron haber salido.