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La desafección política

Los seres humanos, en cualquier ámbito pero también en el económico, nos movemos empujados por el dúo motivador básico: incentivos y expectativas. Uno tiene incentivos para hacer algo si le merece la pena. Uno tiene expectativas cuando espera que haya algo bueno al final del arco iris. Tener la expectativa de que hay una olla de monedas de oro al final del arco iris puede ser un buen incentivo para emprender la aventura de buscar ese lugar. Como en el ejemplo, las expectativas pueden ser ficticias, equivocadas, o reales y verdaderas, y dependiendo de ello, al final nos veremos recompensados o sufriremos una profunda decepción. Pero a priori, la esperanza de algo bueno (sea un beneficio económico o de cualquier otra índole) nos mueve a la acción. Eso es un incentivo.

La desidia es el estado de ánimo en el que uno no encuentra incentivos para hacer nada. Es la situación en la que la mayor parte de los ciudadanos nos hallamos en nuestro país y seguramente, en el mundo occidental, respecto a la política. Por eso, los políticos suben su apuesta cada vez más: las amenazas respecto a qué clase de catástrofe nos traerá votar a su contrario son más radicales, las ofertas de prebendas y subvenciones a todo son cada vez más grotescas, los mensajes se radicalizan, las promesas cada vez más irrealizables. Y la gente, en general, comenta en el patio, en los bares, en las plazas, pero no se interesa, más allá de “¿Y cuánto me toca a mí?”.

La desidia asociada a la desafección política es uno de los subproductos del funcionamiento de nuestro sistema político. De algún modo, se trata de un doble problema del Principal-Agente. Por un lado, podemos considerar que el gobierno es el Principal, y los ciudadanos los Agentes, de manera que nos vigila que paguemos impuestos y “cumplamos con la sociedad” dada nuestra estructura de ingresos, consumo, nivel de vida, etc. (No voy a entrar en mi opinión sobre el tema fiscal y las atribuciones del gobierno).

Por otro lado, la ciudadanía es el Principal, que supervisa al Agente-gobierno, la provisión de educación, sanidad y el uso adecuado del dinero de todos. En este doble juego, mientras que el gobierno tiene todo un aparato de represión a su servicio para obligarnos a poner en su conocimiento qué ganamos, dónde, dónde guardamos lo que ganamos, en qué lo gastamos, si lo invertimos o no, si lo mantenemos en el país o fuera, si tenemos una casa, ninguna, tres hijos, la suegra vive con nosotros, es decir, todo, al revés la cosa cambia. No sabemos los sueldos de los políticos (todo lo que cobran), nos manipulan las estadísticas, cambian los criterios contables, esconden asesores en diferentes partidas para colocar amigotes, hacen todo tipo de juego sucio para que la gente no sepa qué necesidades tiene el gobierno y el resto de instituciones que conforman lo que llamamos Estado..

En estas circunstancias, cualquier sistema de elección es un esfuerzo absurdo por hacernos creer que elegimos sabiendo. Y, obviamente, antes de admitir que no elegimos nada en realidad, porque no sabemos realmente quién es quién, nuestra mente prefiere “mirar al techo” y seguimos defendiendo las palabras que se dicen, los presupuestos que se presentan y las cifras manipuladas que se comunican oficialmente.

Y no solamente eso. Criminalizamos al que sugiere que estos del cambio nos engañan, que aquellos que denuncian a la casta nos mienten, los de más allá que se proclaman puros  como doncellas son tan corruptos como los demás…

La situación es propicia para que los incentivos de los políticos sea robar, mentir, defraudar, aprovecharse… ¿Por qué? Porque detectarlo es difícil, porque solo sale a la luz la típica “vendetta” entre partidos políticos, porque son poquísimas las condenas, es decir, porque las expectativas de castigo son pocas y las de beneficio muy altas.

Frente a eso, nosotros miramos, protestamos, y ante la impotencia generada por esa doble moral, por la falta de información y por el complejo de ser señalados, nos tragamos lo que tenga que venir, eso sí, cada vez más alejados de los temas políticos, más desafectados, más borregos.

La cuadratura del círculo la completa la delegación de muchas de nuestras políticas en manos europeas. Porque la distancia, en este terreno, lleva a una mayor despreocupación. Si antes sentíamos que no podemos hacer nada, ahora la sensación es que nadie puede.

¿Cómo salir de ese círculo vicioso? Con consciencia, sabiendo lo que pasa, haciéndoselo ver a los demás; y con valentía, tal vez es el momento de elegir alternativas al sistema, cada cual en su micro mundo. Me refiero a soluciones no reguladas, imaginativas y distintas. El ingenio humano, inabarcable, irregulable, inaprehensible es la palanca que moverá la piedra.