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La enfermedad de los costes o el efecto Baumol

En 1826, el estreno del Cuarteto de cuerdas N.º 14 de Beethoven llevó 40 minutos en ser ejecutado por cuatro personas. En 2010, repetir dicha actuación por otras cuatro personas también tuvo una duración, obviamente, de 40 minutos. Es decir, entre los casi 200 años transcurridos entre 1826 y 2010, la productividad del cuarteto de cuerda no aumentó ni un ápice. Sin embargo, el salario medio por hora de estos ha pasado de 1,16 dólares en 1826 a 26,44 dólares en 2010, lo que significa que el coste de la interpretación ha aumentado casi 23 veces.

Este aumento del precio de los servicios intensivos en fuerza laboral, o donde el tiempo del trabajador es el servicio, es lo que se conoce como la enfermedad de los costes o efecto Baumol. Aunque parece contradictorio, que los servicios sean proporcionalmente más caros no significa que no sean a la vez más asequibles. La sociedad puede permitirse pagar tantas actuaciones como en el pasado. De hecho, aún más dado que el aumento de productividad en los otros sectores nos ha permitido enriquecernos. Esta aparente paradoja ocurre porque tendemos a pensar en los precios como una medida de cuán asequibles nos resultan los diferentes bienes en relación con nuestro ingreso. Así, es posible que habiéndose aumentado el precio de determinado producto sea a la vez más asequible si nuestro ingreso ha aumentado gracias al crecimiento económico.

Una reflexión que puede surgir al pensar en cómo varían los precios de varios sectores es la siguiente: debido a que los precios absolutos no existen, sino que el precio es una medida relativa del valor entre dos productos, se puede concluir que es imposible que el precio de todos disminuya. (Inciso: el dinero es también un bien por lo que con deflación el valor de los bienes cae con respecto al dinero, o lo que es lo mismo, el valor del dinero aumenta respecto a los bienes).

Retomando la idea inicial, podemos subdividir la economía en dos sectores: el sector de bienes y productos, con una importancia notable de la tecnología en su producción, por lo que se caracteriza por un gran crecimiento de su productividad; y el sector de servicios, en especial aquellos como el sanitario o educativo donde el propio trabajador es el servicio y por ello el crecimiento de la productividad es casi nulo. Entonces cabe preguntar cómo puede ser que los costes del sector estancado (sector servicios) crezca más que el sector intensivo (sector de producción de bienes) si tiene una menor productividad. Sin embargo, para comprender por qué los costes en el sector estancado están aumentando, debemos apartar la vista del sector estancado hacia el sector intensivo.

En el sector intensivo, su característico aumento de productividad le permite reducir el coste de los bienes producidos y aumentar el salario de los trabajadores a la vez que se consiguen beneficios. En el sector estancado, es el coste de oportunidad de los recursos en forma de trabajadores que se utilizan para dar servicios lo que causa el aumento del coste laboral. Es decir, dado que demandamos servicios necesitamos desviar trabajadores del sector de bienes hacia el de servicios y la manera de lograrlo es mediante la equiparación del salario independientemente de la productividad en este otro sector lo que acaba provocando el aumento del coste del servicio. Este aumento del coste se produce sin aumento en la calidad del servicio.

Al mismo tiempo que aumentaban sus costes, el sector de servicios ha estado creciendo como porcentaje del total de la economía. Debido a que la sociedad está trasladando más recursos a sectores de menor productividad, el resultado inevitable es la desaceleración del crecimiento de la productividad neta. Aunque este traslado de recursos a servicios ralentice la tasa de crecimiento de la productividad, el cambio en sí no es algo malo siempre y cuando esto suponga una mayor satisfacción del consumidor.