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La Europa del malestar

Europa, el otrora paradigma del progreso, está dejando de serlo de tanto mirarse al espejo y vanagloriarse de su "modelo de bienestar" mientras abandona los principios sobre los que se funda su prosperidad. Con un crecimiento económico estancado del 1’5% anual, 19 millones de parados, un desempleo juvenil del 18%, una elevada deuda pública y una población cada vez más envejecida, Europa quizás debería dejar de jactarse de su exclusivo "modelo social" y plantearse más bien su definitivo desmantelamiento. Unas cuantas cifras y datos comparativos pueden ayudarnos a visualizar el alcance de este letargo.

La economía mundial está creciendo a un ritmo del 4%, India lleva años liberalizando su economía y creciendo aceleradamente al 7% anual, lo mismo que China, que en los últimos 25 años ha crecido a una tasa histórica del 9%. Estados Unidos también crece a un ritmo notable del 4,4%. La economía europea, sin embargo, apenas llega a crecer un 1,5%. Lo que explica estas disparidades es la medida en que el Estado coarta la función empresarial de los individuos, su capacidad para advertir y aprovechar oportunidades de ganancia en el mercado y prosperar. Los Estados del Bienestar europeos gestionan la mitad de la riqueza nacional (además de regular la otra media), lo que equivale a decir que los europeos son esclavos a tiempo parcial que trabajan la mitad del año para la administración pública. El gasto estatal en relación con el PIB es del 48,2% en la Unión Europea, casi 10 puntos por encima de la media de la OCDE y 15 puntos por encima del gasto público de Estados Unidos, que es del 35,6%. A este respecto vale la pena comparar la evolución de los indicadores europeos (Francia, Alemania e Italia como referencia) con los indicadores de Estados Unidos, sociedad que cabe considerar ligeramente menos intervenida.

En 1990 la renta per cápita alemana representaba un 80% de la renta per cápita estadounidense, la francesa representaba un 78% y la italiana un 76%. Una década después la renta de los tres países europeos no sólo no se había acercado a la renta norteamericana sino que se había alejado entre 10 y 5 puntos cada una. Estados Unidos, con un nivel de desempleo del 5%, ha incorporado 20 millones de personas al mercado laboral desde 1990. Francia, Alemania e Italia, con tasas de desempleo que rondan el 10%, sólo han visto aumentar su población activa en tres millones. En Estados Unidos trabaja el 63% de la población, mientras que en Alemania, Francia e Italia sólo el 50% de la población se dedica a trabajar. Entre 1990 y 2002 las horas trabajadas por empleado se han mantenido en Estados Unidos mientras que en los tres países europeos han descendido abruptamente. El 78% de los italianos desempleados tiene que esperar más de seis meses para encontrar trabajo, lo mismo que el 65% de los alemanes o el 54% de los franceses. En Estados Unidos sólo el 18% de los parados tiene que esperar más de seis meses. La producción de bienes de alta tecnología ha crecido un 419% en Estados Unidos en el período 1980-2003. Francia, Alemania e Italia han registrado respectivamente un crecimiento del 242%, del 52% y del 69%. Por otro lado la tasa de nacimientos por mujer es en Estados Unidos del 2,1%, mientras que en Europa no llega a la tasa de reemplazo. Si la tendencia actual continúa la población europea no tardará en contraerse, lo cual amenaza la viabilidad de los sistemas de pensiones públicos y limita las posibilidades de crecimiento de la economía, pues habrá menos individuos productivos. ¿Es éste el boyante modelo social europeo? Las encuestas sobre satisfacción personal revelan que en general los norteamericanos se sienten más satisfechos con su vida que los europeos: el 57% de los norteamericanos se declara muy satisfecho con su vida, frente al 14% de los franceses, el 17% de los alemanes y el 16% de los italianos. En cuanto a la pregunta de si están de acuerdo en que el éxito viene determinado por circunstancias que escapan a su control, el 65% de los norteamericanos responde negativamente, frente al 44% de los franceses y el 31% de los alemanes e italianos. ¿No será esto último un reflejo del grado en que unos y otros controlan en efecto su propia vida o son dependientes del Estado?

Lo cierto es que Europa es próspera a pesar de los Estados del Bienestar, no gracias a ellos. El magnificado modelo escandinavo va quedándose obsoleto mientras Irlanda, el país menos intervenido de Europa, les supera por el flanco. Suecia era en 1970 la quinta nación más próspera de la OCDE e Irlanda ocupaba la posición 22. En 2003 Irlanda pasó a ocupar el cuarto puesto y Suecia el 14. Con un gasto público similar al de Estados Unidos, Irlanda ha experimentado un desarrollo espectacular estas dos últimas décadas, mientras Dinamarca, Suecia y Finlandia se sumían en un período de profundo estancamiento. Suecia y Finlandia no han creado empleo en 20 años y, junto con Italia, los países escandinavos son los que han registrado los peores resultados económicos de Europa.

El gasto público de las 10 economías de más rápido crecimiento del mundo entre 1980 y 1995 (Corea del Sur, Tailandia, Taiwán, Singapur, Hong Kong, Botswana, Mauricio, Chipre, Indonesia y Malasia) se situó de media cerca del 25%. Europa dobla esta cifra. Para los países con un gasto público inferior al 25% del PIB el crecimiento medio es del 6,6%; para los países con un gasto público del 50-59% el crecimiento registrado es del 2%.

Los Estados del Bienestar son la fuente del malestar europeo. La intervención pública no complementa el mercado ni dota de más oportunidades a los individuos; actúa como una losa sobre la iniciativa privada y la creatividad empresarial. Si Europa quiere retomar la senda del progreso deberá abandonar el camino de la servidumbre.