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La fiebre de la emprendeduría

En la Revolución industrial el empresario fue visto como un ser despiadado que se aprovechaba de sus obreros. Según Carlos Marx, el beneficio empresarial era precisamente el dinero sustraído a los trabajadores: la «plusvalía». A pesar de que la (espuria) teoría marxista de la explotación fue refutada, en 1884, por el economista austriaco Böhm-Bawerk, todavía hoy el empresario sigue despertando recelo entre muchos. Frente a esta visión negativa tenemos el enfoque randiano que presenta al empresario como un ser superior y heroico, una especie de «Atlas», el mítico titán griego que fue castigado por Zeus a cargar con el mundo.[1]

Tanto los empresarios como los empleados buscan su propio interés y ello es perfectamente legítimo. Los primeros intentan obtener el mejor precio posible cuando compran factores de producción, respecto del trabajo, desean pagar los salarios más bajos posibles. Los segundos, por su lado, desean vender su trabajo al precio más alto posible. El mercado fijará finalmente los precios en virtud de la oferta y la demanda y de las habilidades negociadoras de las partes.

Dice el refrán que «sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena». Hizo falta la quiebra, tras la crisis económica de 2008, de cientos de miles de empresas y el desempleo de varios millones de personas, para que el gobierno (y muchos empleados) se acordara de los empresarios. Los empresarios son los únicos que crean empleo genuino y riqueza. Nunca un gobierno ha creado un solo empleo productivo, entendiendo por tal aquél que se financia voluntariamente. Los impuestos no son voluntarios, por tanto, cualquier puesto de trabajo remunerado con dinero confiscado (sector público) no puede considerarse productivo.

En la última década y desde todos los ámbitos -gobierno, medios de comunicación, universidad, colegios, ayuntamientos, sindicatos, cámaras de comercio- se nos dice que ser empresario es genial y que todos los parados deberían considerar la posibilidad de emprender. «Si nadie te contrata, contrátate ti mismo y emprende», es la consigna facilona de quienes desean fomentar la emprendeduría. Los taumaturgos que habitan en la política, por arte de magia, quieren convertir a millones de parados en perspicaces emprendedores. En lugar de eliminar la causa objetiva que origina el desempleo -el intervencionismo laboral- se empeñan en crear novedosas formas de engaño y propaganda.

Llegados a este punto, podríamos preguntarnos ¿por qué en el mercado no falta comida, bebida, ropa, vivienda, teléfonos, vehículos, etc., pero falta empleo? Según Mises (2011: 710), el paro es un fenómeno «institucional», a saber, es producto de la coacción del gobierno cuando fija salarios por encima de lo que determinaría el libre mercado. El trabajo, como bien escaso, no puede escapar a las inexorables leyes económicas. Si el gobierno encarece artificialmente el coste del trabajo con impuestos confiscatorios (valga la redundancia) y obliga al empresario a sufragar vacaciones, seguridad social, pagas extra, lactancia y un largo etcétera de servidumbres, el empleo escaseará en términos relativos. «Es el asalariado quien en definitiva soporta, mediante la reducción de su salario neto, todas las cargas y beneficios sociales» (Mises, 2011: 712).

El trabajo autónomo, sin duda, es una salida ante la escasez de empleo, pero menos empresas y más autónomos supone una desconcentración del capital disponible con la consiguiente pérdida de productividad. En un mercado no intervenido las empresas grandes son más rentables que las pequeñas, por ejemplo, porque generan economías de escala; por ello, pueden pagar salarios más altos. Dificultar el crecimiento de las empresas (mediante un intervencionismo asfixiante) y fomentar el trabajo autónomo es una buena manera de descapitalizar una economía. Al contrario de lo que predecían los profetas del marxismo, el cuerno de la abundancia está precisamente en la concentración de capital. La única forma de incrementar el salario real, tal y como afirma el profesor Alberto Benegas Lynch (h), es incrementar la tasa de capitalización, es decir, la cantidad de capital per cápita.

Y si algunos de los nuevos emprendedores tienen éxito y desean contratar empleados se enfrentarán con los mismos problemas que sufrieron sus quebrados patronos, a saber, una legislación hostil con la función empresarial. El gobierno se contradice cuando «apuesta por un empleo estable y de calidad» a la vez que convierte la contratación de empleados en una peligrosa actividad. No es de extrañar, por tanto, que muchos emprendedores renuncien a crecer: «Prefiero ganar menos y no complicarme la vida». De nada sirven los ocurrentes «viveros» e «incubadoras» si cuando la criatura comienza a crecer llega el gobierno y le corta las piernas.  

No es que los políticos, de buenas a primeras, vean a los empresarios como héroes randianos. Lo único que realmente les preocupa es la disminución de los ingresos fiscales y de ahí esta nueva fiebre de la emprendeduría. Gobierno y sindicatos cometen un grave error si creen que existe una pócima contra el desempleo estructural que ellos mismos han creado. Se equivocan al pensar que pueden persuadir, a base de propaganda, talleres y cursillos, a un número suficiente de incautos para que se hagan empresarios y soporten estoicamente un infierno de normas, regulaciones y atropellos fiscales (valga la redundancia). Los nuevos emprendedores, más pronto que tarde, se darán cuenta del engaño y evitarán convertirse en los animales de sacrificio de unas élites extractivas y sus clientes políticos.

Bibliografía

Böhm-Bawerk, E. «La teoría de la explotación», en Huerta de Soto, J. (2010). Lecturas de economía política III. Madrid: Unión Editorial.

Mises, L. (2011). La Acción Humana. Madrid: Unión Editorial.

[1] Rand, Ayn (2004). La rebelión de Atlas. Buenos Aires: Grito Sagrado.

 

Comentarios

Lorenzo soriano

Todo un tratado. Excelente

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