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La historia del frutero maravilloso

Eduardo se dedicaba a vender fruta. Como todos los fruteros, tenía su local, sus mostradores, su ordenador y algunas personas para cobrar a los clientes. Todo ello le parecía necesario para vender su género, aunque era consciente de que le suponía muchos costes, seguramente más que la propia fruta que era lo que a sus clientes le interesaba.

Así que un buen día se le ocurrió una brillante idea. En vez de mantener toda esa costosa estructura para vender la fruta, colocaría las cajas de fruta en la calle y pondría un cestillo para el dinero: la gente cogería la cantidad de fruta que quisiera comprar y depositaría el dinero del pago en la cestilla. Ello le permitiría bajar mucho el precio de la fruta, muy por debajo de sus competidores que seguirían utilizando toda la estructura convencional, y al mismo tiempo incrementar sus beneficios. Y, evidentemente, si alguien cogía la fruta sin pagarla, si alguien le robaba, para eso estaba la policía.

Los primeros días la cosa fue bien. Mucha gente pasaba al lado de las cajas y veía los precios tan bajos y no dudaba en adquirir la fruta así dispuesta. Alguno dejaba sin pagar algún centimillo, pero en general la gente respondía. Eduardo ganaba mucho dinero, y los demás fruteros tuvieron que dedicarse a otras cosas. En los planes de Eduardo entraba extrapolar este modelo de negocio a cualquier tipo de mercadería.

Sin embargo, algún viandante se dio cuenta de que, si cogía la fruta y no pagaba, nada ocurría. Aun siendo bajos los precios, más barato salía no pagar.

Cuando Eduardo descubrió la situación, hizo su denuncia a la policía, y les conminó a que vigilaran sus cajas de fruta para evitar que los robos se reprodujeran. Pese a la buena voluntad mostrada por los agentes del orden, era imposible mantener la vigilancia de las cajas todo el día, puesto que había otros delitos que prevenir e investigar, y el número de efectivos era limitado. Así que tanto la policía como Eduardo se dieron cuenta de que así sería difícil mantener a flote el negocio.

Entonces Eduardo, a fuerza de cavilar, se dio cuenta de que los ladrones de fruta seguramente colocaban el resultado de sus latrocinios en recipientes específicos, los fruteros. Así que, en vez de perseguir a los ladrones, lo que haría es asumir que cualquier persona que poseyera un frutero era un potencial ladrón, y por tanto debía pagar una tasa asociada al frutero, por lo que pudiera robar. Esto no le pareció mal al jefe de la policía, que así ahorraba sus efectivos para otras lides.

A la gente del barrio esto no le pareció bien: seguían encantados con el precio bajo de la fruta con el nuevo sistema de negocio, pero no les parecía razonable tener que pagar más por un recipiente para su cocina. Con lo que Eduardo vio que tampoco con el canon sobre fruteros podría ganar suficiente dinero. Y era lógico, porque la gente podía también almacenar y robar fruta utilizando otros dispositivos de propósito general, como bolsas, cajas, maletas... Podía haber gente a la que se le ocurriera llevarse la fruta licuada, por lo que sería necesario extender el canon a botellas, vasos, y también a las máquinas que permiten la licuación.

A ello se opusieron todos los comerciantes del barrio, que veían peligrar sus ventas de todo tipo de dispositivos de almacenaje y cosas similares, que Eduardo interpretara que se pudieran usar para consumir o transportar la fruta que colocaba por las mañanas en las cajas de la acera.

Eduardo terminó millonario gracias al cobro de sus cánones compensatorios por los robos de su fruta, y poco a poco se dio cuenta de que estos ingresos se mantendrían incluso si ya no traía fruta al barrio. En consecuencia, los vecinos también se quedaron sin la fruta barata que Eduardo al principio les había proporcionado.

En la actualidad, el jefe de policía se está planteando que Eduardo cobre de los impuestos pagados por los vecinos del barrio, en vez de tanto canon que tiene de uñas a vecinos y comerciantes.

Moraleja: Un modelo de negocio solo puede ser viable en el libre mercado si permite recuperar, junto con los restantes, los costes de protección y cumplimiento contractual. De la misma forma que Kirzner[1] nos enseña que no tiene sentido la distinción entre coste de producción y coste de distribución que tanto atrae al economista neoclásico, tampoco se puede permitir la separación de los costes de protección de los restantes costes del producto. Si se permite al productor que "socialice" los costes de protección, como si se le dan subvenciones a la producción, el productor termina forrado y el consumidor sin bienes.

La mayor parte de los productores, y entre ellos los fruteros, saben positivamente que el modelo de negocio planteado en esta historia es inviable, al menos en España y en la actualidad. Y que la única forma de sostenerlo sería conseguir una atención especial de la policía (que, no se olvide, pagamos entre todos) o mediante ingresos de otra procedencia; en suma, con el soporte del Estado.

Dejo al ingenio del lector descubrir qué productores están empeñados en la viabilidad del fantástico modelo aquí descrito. Seguro que alguna pista encuentran en el texto de la historia.

[1] Kirzner I.M. (1973). Competition and Entrepreneurship. Chicago, IL: Chicago University Press.