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La homeopatía intelectual

En los últimos meses se están levantando cada vez más voces para alertar y poner coto a las terapias y medicamentos seudocientíficos. Muchos de ellos homeopáticos. Desde la ministra de Sanidad a los colegios de médicos se está actuando ante la presión social que está realizando una parte de la población, cuya educación y conocimientos científicos les hace dar la voz de alarma al comprobar cómo hay mucha gente que se expone a este tipo de tratamientos.

No estoy a favor de que una parte instruida de la ciudadanía le diga a otra lo que puede o no consumir o a qué tratamientos se tienen que someter. Aunque es comprensible que la proliferación de ideas absurdas en una sociedad tenga como efecto secundario una sobrerreacción que lleve a este tipo de situación donde la libertad siempre termina perdiendo.

Lo que sí me llama la atención es que esa supuesta sociedad civil instruida y comprometida con el bienestar de los ciudadanos tenga a bien movilizarse para evitar que una pequeña parte de sus vecinos tomen agua con azúcar para tratar enfermedades reales o inventadas, pero, en cambio, no mueva un dedo para evitar que otras muchas ideas absurdas campen a sus anchas.

Por ejemplo, el pasado viernes los medios de comunicación volvieron a repetir la misma patraña difundida todos los años: “La Unión General de Trabajadores (UGT) ha advertido, con motivo del Día Europeo de la Igualdad Salarial, de que desde este 3 de noviembre y hasta final de año las mujeres europeas trabajarán gratis”.

No hay que ser un genio en estadística para saber que el titular que saca UGT de un dato en bruto de todos los salarios europeos divididos por género es una barbaridad seudocientífica. Luego se puede opinar que la brecha salarial es real o no, y qué se debe hacer. Pero el titular fomenta una mentira que se basa en el desconocimiento que tienen las personas sobre estadística. O, dicho de otra manera, se basa en lo mismo que hace popular la homeopatía: la ignorancia.

Y esto no es un caso aislado ni es patrimonio de ningún bando. Todos los intelectuales, a derecha e izquierda, miran para otro lado cuando sus ideas absurdas salen a relucir.

Una de mis primeras experiencias con este fenómeno fue cuando intenté que un profesor bastante inteligente y culto me explicará cómo era posible que la Iglesia católica fuera responsable de los numerosos casos de VIH en áfrica por su postura contra el preservativo. Mi sincera incomprensión a que una organización que fomenta llegar virgen al matrimonio y ser fiel a tu cónyuge pueda ser responsable de una enfermedad que se trasmite principalmente por transmisión sexual solo fue respondida por una serie de razonamientos basados en sentimientos anticatólicos y falacias de todo tipo.

La experiencia se ha repetido en multitud de casos. Desde personas contrarias al aborto que no te saben explicar por qué se refieren al feto como bebé o niño o se manipulan muñecos para darle un aspecto humanizado a los 3 meses de gestación. A personas muy preocupadas por el cambio climático que no son capaces de criticar la cantidad de manipulaciones y mentiras que se vierten a su favor (y que son totalmente innecesarias) en los medios de comunicación.

Al final hay una enorme contradicción en esa sociedad culta y educada que clama por que se pongan medios para educar a los pobres infelices que creen en tonterías a la vez que se empeña en esparcir sus propias tonterías para que esos pobres infelices voten a favor de sus posturas o intereses.

Así que es bastante lógico que como resultado tengamos a una parte de la población que no sabe si confiar en las farmacéuticas y sus medicamentos científicamente testados o desconfiar de esas malvadas empresas capitalistas que quieren hacer negocio con tu salud vendiéndote polvos impronunciables en vez de cosas místicas o naturales.

La solución fácil (el agua con azúcar) pasará por prohibir y poner letras más gordas para que la gente no se salga del sendero. La difícil pasa por pedir menos señalización utilizando falacias absurdas, aunque sea por una buena causa, y dar más oportunidades al sentido común en vez de regular y simplificar todo partiendo de la base de que somos una sociedad de idiotas que necesita ser pastoreada por una élite de homeópatas intelectuales.