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La izquierda como motor de innovación tecnológica

Hace unos días los trabajadores de Metro de Madrid, con los maquinistas a la cabeza, decidieron volver a convocar una huelga en un fin de semana con varios eventos importantes en la capital.

No pasaría de ser una huelga más si no fuera porque LibreMercado.com sacó un reportaje bastante interesante sobre la posibilidad, ya real, de que los trenes puedan ser totalmente automáticos. No es que esta idea no aparezca en cada huelga, pero en este reportaje queda claro que lo único que impide que se haga la transición en dos líneas importantes de la red, aparte de intereses políticos, es la colocación de unas mamparas de seguridad (que de por sí son necesarias por seguridad con o sin conductor).

La noticia es interesante porque siempre tenemos tendencia a pensar que los sindicatos, y la sobreprotección del Estado a los trabajadores, son dañinas para la sociedad (y lo son), pero tiene curiosas repercusiones en la innovación tecnológica que merecen ser reseñadas.

Actualmente hay en España 4.011.171 parados. No parece muy lógico que con ese número de personas ociosas las empresas precisen de una automatización de tareas de baja/media complejidad tan urgente. Pero lo cierto es que gracias a sindicatos como el de maquinistas, empresas como Siemens pueden ofrecer caros sistemas de control que se amortizan en mucho menos tiempo del que sería lógico, dado el sueldo de mercado que debería cobrar un maquinista cuyas tareas son ya de por sí bastante automática desde hace décadas.

En Estado Unidos tenemos otro buen ejemplo. Ante el debate de subir el salario mínimo a 15$ la hora, afectando, entre otros, a los populares establecimientos de comida rápida, no ha tardado en salir las voces que vaticinan la automatización de la preparación de hamburguesas y patatas fritas.

Las máquinas capaces de preparar comida no son un invento reciente, llevamos consumiendo productos que son milimétricamente preparados y empaquetados por robots desde hace muchos años. Pero llevar este tipo de tecnología a miles de establecimientos sólo sería posible bajo la amenaza de que los seres humanos que a día de hoy realizan esa función van a hacer rentable, con su alto sueldo, las decenas de millones en investigación y desarrollo necesarios para ello.

Evidentemente el tiempo no se para, y aunque la izquierda no tuviera la obsesión que tiene porque nadie pueda trabajar por un salario que considera (de forma arbitraria) injusto, al final las innovaciones llegarían por una cuestión de eficiencia o porque se desarrollaran en países con una mano de obra más cara (en este caso sería la obsesión de la derecha de cerrar fronteras las que fomentaría el desarrollo).

La parte positiva es que las personas con el potencial intelectual suficiente para desarrollar estos sistemas reciben de forma prematura multitud de recursos para realizar su función, y ser recompensados generosamente si tienen éxito. Y cada vez que el ser humano descubre la forma de realizar un trabajo sin que ningún miembro de su especie (y de otras especies animales) tenga que mover un dedo, la humanidad en su conjunto sale ganando.

Eso sí, que en general salgamos todos ganando no quiere decir que no pierda nadie. Las personas que no pueden acceder a un puesto de maquinista de metro por estar blindado pierden, y las personas que el futuro cercano quieran/necesiten trabajar de maquinistas o preparando hamburguesas no podrán hacerlo.

Sería algo en lo que debería meditar mucha gente que de buena fe cree en recetas de izquierda sobre la protección al trabajador. Y es que en su afán por crear un mundo más igualitario siempre terminan provocando distorsiones que lo hace más desigual.