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La libertad económica y las demás libertades

En las discusiones entre liberales, es frecuente que se presente una aparente división entre quienes visualizan a la libertad como un principio absoluto que abarca a todas las áreas y quienes se focalizan en el aspecto económico, no por eso renegando de la libertad como un todo, pero sí estableciendo una especie de jerarquía que ubica a la economía por encima del resto de los campos en los que la libertad admite ser ejercida. Es oportuno dedicarle unas líneas a estudiar este problema.

En términos estrictamente doctrinarios, la libertad es un concepto universal y, por ende, no existen fundamentos para considerar que es más importante en algún campo que en otros. Pero cuando pasamos del plano puramente teórico a la realidad social concreta, aparecen factores que modifican las concepciones exclusivamente doctrinarias. La razón de que esto sea así es que, en el devenir histórico, las diferentes facetas que forman parte de la vida humana no tienen siempre la misma prioridad. Por ejemplo, hace algunos siglos, había en Europa sangrientas guerras por cuestiones vinculadas con la religión. Por entonces, la libertad religiosa era, en la práctica, un problema largamente más relevante que cualquier otro aspecto vinculado con el ejercicio de la libertad. En el presente, en Occidente, un conflicto por razones de índole religioso sería muy raro, pero los debates sobre economía son cotidianos. Este hecho, la circunstancia de que en cada contexto histórico los conflictos suelen quedar focalizados en puntos específicos concretos, más que en grandes cuestiones filosóficas abstractas, provoca que las disputas alrededor de la libertad también salgan del plano conceptual para enfocarse en el campo práctico.

En este aspecto, el de las circunstancias concretas, es indudable que las grandes disputas alrededor del problema de la libertad, en estos tiempos, están focalizadas en la economía. Existen en todos los países grandes restricciones para el libre desarrollo de actividades productivas, y eso repercute de manera apreciablemente negativa en la calidad de vida de millones de seres humanos. Como en el resto de los campos de la vida humana no hay disputas (por lo menos, abiertas) sobre el derecho a ejercer la libertad, todas las polémicas se focalizan alrededor de la libertad para ejercer actividades económicas. Esto no convierte a la libertad económica en más importante que las demás, pero sí en un tema con mayor carga de actualidad.

En el pasado, la libertad económica era poco relevante porque los procesos de producción y consumo no tenían más que cambios insignificantes a través del tiempo. Por lo tanto, servía de poco tener libertad económica si no había modos diferentes de los conocidos de producir ningún bien y si no había nada novedoso para consumir. No existía el dinamismo característico de un sistema capitalista desarrollado en el marco de un constante proceso de renovación tecnológica. La libertad económica sí tiene mucho sentido en nuestros tiempos, cuando la innovación en el proceso productivo es un componente central de la marcha de la economía y cuando los bienes susceptibles de ser consumidos son numerosísimos y siempre en cambiante evolución.

Sucede además que el modo en el que producimos y los bienes que consumimos, adicionalmente a su significación específicamente material, como partes de la dinámica económica, son un componente central de nuestra identidad como individuos. Esta es la razón por la cual la economía termina adquiriendo preponderancia en los debates acerca del problema de la libertad. No se trata solo del consumo de bienes materiales o de técnicas que determinen el modo más eficiente de asignar recursos escasos. No es un problema meramente académico. Hay cuestiones existenciales involucradas en las discusiones sobre la libertad económica. Por supuesto que nada de esto invalida los fundamentos técnicos de la economía. El hecho de que el sistema de precios emite las señales que indican a los operadores cuáles son los usos más eficientes de los recursos disponibles no se altera por el hecho de que la economía tenga una significación que trasciende sus propios alcances específicos. Pero, a la vez, los análisis económicos no pueden ser descontextualizados y puestos en un marco de pretendida neutralidad ideológica porque en estos tiempos no existe tal asepsia.

Estas connotaciones son las que provocan que, a pesar de que en un plano de estricta pureza doctrinaria la libertad económica no tenga por qué ser más importante que la libertad en cualquier otro campo, en la práctica esto no sea así. La libertad económica, en el presente, tiene, si no más relevancia, sí al menos más significación que el resto de las libertades, porque es el ámbito en el que, por su trascendencia social, se dirime el destino de la libertad como valor supremo del orden social. Es conveniente que los liberales tengamos claras las diferencia entre la teoría en estado puro y sus eventuales modificaciones circunstanciales cuando debemos ubicarnos en situaciones de tiempo y lugar determinados.

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