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La Manada: una excusa para el <em>agitprop</em>

A estas alturas del siglo XXI, a la izquierda (me refiero en este caso a la izquierda fetén y no al Partido Popular, a Ciudadanos o a la corriente vegetariana del PSOE) se la ve venir a leguas. Pero no por ello conviene pasar por alto sus estratagemas, sus campañas de agitación y propaganda a través de sus poderosos tentáculos mediáticos, tuiteros y kulturales, tendentes a adueñarse abrumadoramente del relato político.

Viene esto a cuento del penúltimo follón que han montado los émulos patrios de Gramsci a propósito del juicio que se está celebrando estos días en Pamplona por una presunta violación múltiple de cinco individuos, autodenominados La Manada, a una chica de 18 años en las Fiestas de San Fermín de 2016. 

El detonante de la escandalera izquierdista ha sido la toma en consideración por parte del tribunal de una prueba documental, un informe de un detective privado sobre la presunta víctima, que los abogados de la defensa han presentado en su intento de desacreditar el testimonio de la acusación y demostrar así durante el juicio oral la inocencia de sus clientes. Esa circunstancia, de una palmaria normalidad para cualquiera con unas mínimas nociones de Derecho Procesal y de lo que significa el sistema garantista penal español (no permitir que el tribunal valore una prueba podría ser causa de indefensión y provocar la revocación en ulteriores instancias de una previsible sentencia condenatoria) ha bastado para deslegitimar el ordenamiento judicial, tildado abiertamente de patriarcal. Y poco menos que se ha abierto una causa general contra el sexo masculino, machista por definición (salvo honrosas excepciones: "la azotaría hasta que sangrase", ya se sabe...).

Lo que únicamente debería estar resultando un simple juicio en el que determinar si la relación sexual de los cinco miembros de La Manada (unos tipos, por lo demás y con independencia de lo que se sustancie en el juicio, repugnantes a más no poder, cuasilumpen con antecedentes penales, varios de ellos pertenecientes a una organización de extrema izquierda con un largo historial de violencia...) con la chica en cuestión fue consentida o no (un hecho que no implica politización alguna: si las pruebas son suficientemente concluyentes como para romper la presunción de inocencia de los acusados, estos deberán ser condenados con la máxima severidad; y si no es así, resultará obligado absolverlos, sin que el asunto diera para más) se ha convertido, decía, en una reivindicación del hombre como violador en potencia.

Y es que la cosmovisión que nuestros comunistas plantean a propósito de este asunto, en lugar de diferenciar a las personas decentes de las indecentes y criminales, consiste en dividir a la sociedad únicamente entre hombres, en permanente presunción de culpabilidad, y mujeres, con derecho a casi todo (a mentir, por ejemplo, como ocurrió con la falsa violación en la Feria de Málaga en 2014), salvo que se trate de fascistas que no han comulgado con las ruedas de molino de la nueva revolución (lacayas al servicio del heteropatriarcado).

A la izquierda, obviamente, esta pobre chica le da igual (antaño era la matraca de la liberación sexual de la mujer, hogaño toca considerar como posible violación cualquier relación que mantenga un varón con una fémina). Lo único que le importa es instrumentalizar políticamente el caso, como en tantas otras ocasiones, para tratar de apoderarse de las conciencias de los individuos, socavar las bases de un orden natural de tradición judeocristiana y liberal y adquirir una hegemonía social para a largo plazo poder asaltar los cielos del poder. 

A fin de cuentas, el feminismo era esto.