Usted está aquí

La muerte de Botín: reacciones y reflexiones

El miércoles de la semana pasada amanecíamos con la noticia de la muerte de Emilio Botín, presidente del Banco Santander desde 1986. Emilio Botín fue una figura clave en el desarrollo del Banco Santander. Heredando de su padre un banco mediano regional, logró convertirlo en el banco más grande de la zona euro y el XX más grande del mundo. Prácticamente al instante, internet en general y las redes sociales en particular, comenzaban a llenarse de múltiples comentarios y valoraciones sobre su fallecimiento, algunas favorables y una peligrosa mayoría desfavorables (en algunos casos de bastante mal gusto y poca humanidad).

Antes de analizar las reacciones que surgieron al conocerse la muerte de Botín, es conveniente hacer un ejercicio de transparencia y decir abiertamente todo lo que (en mi humilde opinión) Botín hizo bien y todo lo que hizo mal. Como banquero, Botín destacó notablemente y supo convertir un banco regional que ni siquiera era líder en nuestro país, primero en el banco más importante de España y, años más tarde, en el de mayor tamaño de la zona euro y uno de los más importantes por el tamaño de sus activos. Llegar hasta tan lejos no fue nada fácil y sin la visión y astucia de Botín, es muy poco probable que hubiese logrado tal éxito. Botín supo ver que debía de romper el cártel bancario que existía en España tras la Transición. Con productos estrella como la Supercuenta, captó mucha cuota de mercado y fue sobrepasando a otros bancos rivales, como si del mismísimo Fernando Alonso se tratara en una carrera de Fórmula 1. Más tarde, supo ver que debía ganar tamaño y, gracias a las compras de Banesto primero en 1994 –en donde descubrió al que sería una figura clave de banco años más tarde, Alfredo Sáenz- y a la fusión con el Central Hispano en 1999, se convirtió en el líder nacional.

La siguiente etapa en la hoja de ruta trazada por Botín era la expansión internacional. La estrategia del Santander fue siempre muy similar: comprar bancos con cuotas del entorno del 10% y hacerlos crecer importando la marca Santander en la gestión, que consistía en centrarse en hacer banca tradicional sin grandes pretensiones y perseguir siempre un liderazgo tecnológico que le permitiese diferenciarse de los demás y, sobre todo, lograr colocar más productos por clientes gracias a esa ventaja competitiva. La estrategia fue un éxito –con algún tropiezo, todo sea dicho- allá donde Botín invirtió. Gracias a su visión y a su dedicación y entrega al Banco Santander, logró su sueño: llevar al banco a lo más alto. A veces las personas sienten auténtica pasión no por jugar al golf (afición con la que Botín disfrutaba mucho) o viajar por todo el mundo, sino con algo mucho más productivo como dirigir una empresa. Esta clase de empresarios hace bien en dedicar su energía a aquello que más les gusta puesto que con eso (siempre y cuando no cuenten con ningún tipo de privilegio o prebenda estatal) logran servir a la sociedad de la mejor manera posible: creando valor a través de sus empresas.

Hasta aquí lo que en mi opinión han sido los aciertos empresariales de Botín. Ahora toca hablar de las sombras. En primer lugar, pese al aparente éxito empresarial del Banco Santander, conviene no perder de vista que la creación de valor para el accionista del Banco Santander fruto de la gestión de Emilio Botín y Alfredo Sáenz deja bastante que desear. En los últimos quince años -que se dice pronto-, la rentabilidad anualizada por acción ha sido de un paupérrimo 4%, dividendos incluidos. Las constantes ampliaciones de capital y la venta de múltiples activos valiosos han sido, en parte, responsables de esa pésima rentabilidad. La banca puede que sea un negocio enormemente lucrativo, pero una mala gestión del capital puede suponer una destrucción de valor muy importante para los accionistas. Como segunda crítica hacia la gestión de Botín, destacaría el hecho de que, siendo accionistas de un porcentaje tan pequeño del Banco (del 3% antes de la crisis han pasado a menos de un 1% del capital social en la actualidad), la familia Botín haya gestionado el banco a sus anchas, como si de un Amancio Ortega (controla cerca del 60% de Inditex) o de un Warren Buffett (controla cerca del 25% del capital de Berkshire Hathaway) se tratara. Este último, a diferencia de lo que hacía Botín, vive por y para sus accionistas, a los que considera sus socios y a los que trata como tales. Su única obsesión es lograr que obtengan la mejor rentabilidad de su patrimonio con el menor riesgo posible, poniendo en un segundo término cualquier otra cuestión o interés personal. La tercera y última crítica que hago de Botín son sus múltiples problemas judiciales. Varios han sido los encontronazos de Botín con la justicia y en diversas ocasiones ha tenido que pisar los juzgados. El caso de las cesiones de crédito y las multimillonarias pensiones a Amusátegui y Corcóstegui a cuenta de los accionistas del banco son dos casos que empañan la gestión de Botín al frente del Santander. Los estándares éticos a los que los empresarios más importantes deben aspirar –precisamente por la notoriedad pública que tienen- deben de ser los más altos posibles. En este aspecto, Botín estuvo lejos de destacar por su ética. El escándalo de la condena y la posterior petición de indulto para Alfredo Sáenz –que ZP en su último consejo de Gobierno gentilmente firmó- fue la guinda del pastel. Para que luego digan los banqueros que no les mima papá Estado.

Analizando las reacciones de la muerte de Botín, uno leía numerosas críticas hacia su persona, pero ninguna de ellas eran las mencionadas previamente. Algunos de los argumentos que la gente le ha echado en cara a Botín (como recopilaba Juan Ramón Rallo) han sido cosas tan estúpidas como el simple hecho de ser rico, el simple hecho de ser banquero, el simple hecho de dejar una herencia, que el Santander ya cuente hoy mismo con un nuevo presidente, las preferentes que emitieron las cajas de ahorros, el rescate estatal a las cajas de ahorros o los desahucios a quienes solicitaron un préstamo con garantía hipotecaria. Ninguno de estos puntos son críticas que puedan reprocharse a Botín. La única en la que parcialmente se puede argumentar un reproche es en la cuestión de ser banquero. La sociedad hace bien en repudiar el rescate con dinero público de los bancos y cajas de ahorros con problemas. Muchos se niegan a entender (o no les interesa comprender) que el capitalismo no consiste en la privatización de beneficios y la socialización de pérdidas. El Instituto Juan de Mariana y su director defendieron la postura del bail-in cuando el Gobierno español estaba todavía a tiempo de no endosarnos a todos los ciudadanos el rescate de Bankia, CAM y otras ruinas varias de la gestión pública de las cajas de ahorro. La banca opera en la actualidad con multitud de privilegios estatales que les confieren un poder económico sin parangón en cualquier economía desarrollada. Precisamente gracias a esos privilegios, los bancos, dirigidos magistralmente por la batuta de los bancos centrales, son los responsables de las recurrentes y virulentas crisis económicas que los ciudadanos sufrimos regularmente. Eliminar esos privilegios a la banca sería un sanísimo ejercicio que haría nuestras economías más capitalistas y prósperas, para lamento de toda la casta bancaria. Dicho todo esto, sería de ilusos pensar que Botín, teniendo privilegios estatales tan poderosos, no los aprovechase en su propio beneficio. Sería como dispararse en una pierna. Así que criticar a Botín por ser banquero es culpar a quien no tiene la culpa, sino al que disfruta de esa actividad. El responsable último de los privilegios que goza la banca es el Estado.

Pasemos por último a analizar las reacciones que surgieron tras la muerte de Botín. Algunas de esas reacciones las podemos releer en recopilaciones como éstaMaría Blanco precisamente dedicó un artículo a las perlas que la religiosa Sor Lucía Caram profirió contra Botín poco tiempo después de trascender la noticia.

La primera reacción que me sugieren semejantes comentarios es la de pena. Pena por comprobar la poca humanidad que muestran todos aquellos que se alegran de la muerte de una persona. Siempre hay excepciones. Entiendo que la noticia de la muerte de personas tan dañinas para la convivencia pacífica de los pueblos como la de Osama Bin Laden o -tiempo atrás- la de Adolf Hitler puedan ser la excepción que confirme la regla: no hay que alegrarse de la muerte de nadie. Emilio Botín, como hemos analizado previamente, cometió algunos errores (empresariales fundamentalmente). Meterle en el mismo saco que crueles y viles asesinos no parece un ejercicio muy lógico e intelectualmente honesto.

La segunda reacción que tengo es la de pensar la mala prensa que tiene en nuestro país todo el que sea empresario. Como algunos liberales han dicho en más de una ocasión: dime como tratas a tus empresarios y te diré en qué país vives. Si España es como es, en parte se debe a lo mal que la sociedad trata a los empresarios, la mala imagen colectiva que se tiene de ellos. Los tratos de favor que los banqueros han recibido, por poner un ejemplo relacionado con Botín, no ayudan a que esa imagen mejore. Creo que es bueno que surja en nuestra sociedad un debate acerca de por qué un empresario es para muchos, algo malo de base. Los empresarios, con su dedicación y los riesgos que corren al invertir sus ahorros en sus proyectos, están tratando de servir mejor a la sociedad y quieren, gracias a ese esfuerzo y a esa apuesta, obtener una -más que merecida- plusvalía. Deberíamos alegrarnos de que más ciudadanos quieran ser empresarios y no funcionarios, deberíamos tener claro que hay que ponerles facilidades y no trabas para montar una empresa, para contratar, para despedir, para acceder a financiación (bancaria o no bancaria), y deberíamos no sustraerle una parte tan grande de sus beneficios mediante impuestos.

Si hiciésemos todo eso, quizás dentro de unas cuantas décadas, el hecho de que muriese alguien muy rico no despertaría tanto odio, incomprensión y envidia. El motivo sería que una gran parte de la sociedad española sería inmensamente rica, gracias a haber abandono mentalidades estatistas y anticapitalistas tan dañinas para la libertad y el progreso del ser humano.