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La organización económica de un campo de prisioneros de guerra

Durante la 2ª Guerra Mundial, los campos de prisioneros de guerra proporcionaron un ejemplo vivo de una economía simple que puede usarse como alternativa a la economía de los libros de texto al estilo Robinson Crusoe. Los habitantes de estos campos de guerra pudieron observar el crecimiento de las costumbres e instituciones en una sociedad nueva, suficientemente pequeña y simple como para impedir que los detalles oscurezcan las características principales de estas nuevas economías. Pero lo más importante es que la universalidad y espontaneidad de esa vida económica surgió no por limitación consciente sino como respuesta a necesidades y circunstancias inmediatas.

Los campos que se mencionan eran oflags (o gierslager, campo de concentración alemán para oficiales prisioneros de guerra). Se componían normalmente de una población de unas 1.200 a 2.500 personas alojadas en cierto número de barracones separados pero comunicados, con una compañía de unos 200 aproximadamente en cada barracón. Cada compañía formaba un grupo separado dentro de la organización principal y dentro de las compañías los prisioneros se agrupaban en unidades voluntarias y espontáneas que compartían la misma habitación y comían juntos.

El aprovisionamiento consistía en las raciones suministradas por las autoridades y principalmente en el contenido de los paquetes de la comida de la Cruz Roja: leche condensada, mermelada, mantequilla, galletas, carne en lata, chocolate, cigarrillos, etc. En lo que a las raciones se refiere las cantidades recibidas por cada individuo eran regulares e iguales. Se recibían también paquetes privados de ropa, artículos de aseo y cigarrillos y aquí desaparecía la igualdad, debido a las diferencias de los envíos ya las veleidades del reparto postal.

El desarrollo y la organización del mercado

Poco tiempo después de ser capturado, cada prisionero se daba cuenta de que era tanto indeseable como innecesario, en vista de la igualdad y escasez del aprovisionamiento, el regalar o aceptar regalos de cigarrillos y comida. La buena voluntad se transformó en comercio como una forma más equitativa de maximizar la satisfacción individual.

En este campo existía ya un mercado muy activo en todas las mercancías y sus precios relativos eran bien conocidos y expresados, no en términos unas de otras (no valoraban la carne en lata en términos de azúcar), sino en términos de cigarrillos. El cigarrillo se convirtió en patrón de valor. En el campo permanente la gente empezó pasando por los barracones pregonando sus ofertas ”queso por siete (cigarrillos)”. Los inconvenientes de este sistema condujeron a su sustitución por un tablón de anuncios de intercambios en cada barracón donde bajo los encabezamientos de ”nombre — número de habitación — desea — ofrece” se daba publicidad a las ofertas y demandas. Cuando se cerraba un trato se tachaba del tablón. La información pública y semi-permanente de las transacciones hizo que los precios en cigarrillos fueran bien conocidos y tendieran a ser iguales en todo el campo, aunque siempre había oportunidades para que algún comerciante más avispado hiciese beneficios a través del arbitraje. Con ello todo el mundo, incluyendo a los no fumadores, estaban dispuestos a vender a cambio de cigarrillos porque podían usarlos luego para comprar en otro momento o lugar. Así los cigarrillos se convirtieron en la moneda normal, aunque por supuesto el trueque nunca desapareció por completo.

Hay que destacar que el mercado surgió sin que existieran trabajo ni producción. Los envíos de la Cruz Roja pueden considerarse como bienes naturales de los libros de texto. A pesar de la casi igualitaria distribución de recursos existente, el mercado nació espontáneamente, y los precios se fijaron por las fuerzas de la oferta y la demanda. Es difícil reconciliar este hecho con la teoría del valor-trabajo.

La moneda cigarrillo

Aunque los cigarrillos presentan ciertas peculiaridades en su función de moneda, cumplían todas las funciones de una moneda metálica como unidad de cuenta, como medida de valor y como depósito de valor, y presentaban la mayoría de sus características. Eran homogéneos, razonablemente duraderos y del tamaño adecuado para las pequeñas transacciones y en paquetes también para las más grandes.

Los cigarrillos se vieron también sujetos a la ley de Gresham. Algunas marcas eran más populares que otras entre los fumadores, pero a efectos de su función como moneda, un cigarrillo era un cigarrillo. En consecuencia, los compradores usaban las peores calidades raramente se veían usándose como moneda las marcas más populares.

Los cigarrillos hechos a máquina fueron siempre universalmente aceptados, tanto por lo que podían comprar como por sí mismos. Era precisamente su valor intrínseco lo que daba lugar a su principal inconveniente como moneda, una desventaja que se da también, aunque en mucha menor escala, en el caso de la moneda metálica, es decir, el hecho de la existencia de una fuerte demanda con fines no monetarios. En consecuencia, esta economía se veía sometida repetidamente a deflaciones y períodos de escasez de dinero.

Estas tendencias deflacionistas eran periódicamente compensadas por la repentina inyección de moneda nueva. La mayor parte de los envíos de cigarrillos llegaban cada trimestre cuando la Cruz Roja recibía su asignación de servicios de transporte. Con estos, los precios se disparaban, hasta que empezaban a bajar a medida que los stocks se agotaban, hasta que llegaba la siguiente distribución importante.

Los movimientos de los precios

La periodicidad de este ciclo de los precios dependía de las entregas de cigarrillos y en mucha menor medida también de los de alimentos. La demanda de cigarrillos con propósitos no monetarios era grande y menos elástica que la demanda de alimentos, a consecuencia de lo cual los precios fluctuaban semanalmente con las entregas de comida. Más interesantes que los cambios en el nivel general de precios eran los cambios en la estructura de estos. Cambios en la oferta de una mercancía, en la cuantía de la ración que entregaban los alemanes o en el contenido de los paquetes de la Cruz Roja, elevaba el precio de una mercancía en relación con las demás.

El papel moneda

Para aumentar y facilitar el comercio y para evitar los peores efectos de la deflación cuando ésta sobreviniera se crearon el Restaurante y la Tienda, y con ellos la creación de un sistema de papel moneda. La tienda compraba comida por cuenta del Restaurante con billetes de papel y estos billetes eran aceptados en el Restaurante y la Tienda, de forma que pasaban de nuevo a la Tienda la cual podía así comprar más alimentos. La Tienda actuaba como un banco emisor. El papel moneda estaba respaldado por alimentos en un cien por cien, de ahí su nombre: el “Marco Fuerte”. El marco fuerte estaba respaldado por alimentos en un cien por cien: no se permitían las emisiones sólo parcialmente respaldadas como ocurre en los bancos de emisión normales, ya que se preveía para un próximo futuro la eventual desaparición del campo y la consiguiente redención de todos los marcos fuertes.

En un principio, un marco fuerte valía un cigarrillo y durante un corto período de tiempo ambos circularon libremente dentro y fuera del Restaurante. Los precios se fijaban en marcos fuertes y cigarrillos con completa libertad y durante este corto período el marco fuerte dio señales de reemplazar a los cigarrillos en sus funciones de moneda. Los marcos fuertes estaban ligados a los alimentos, pero no a los cigarrillos: como se emitían contra alimentos cualquier reducción en el precio en marcos de la comida significaría que existía en circulación marcos fuertes sin respaldo. Pero el precio de ambos, alimentos y marcos fuertes podían fluctuar con la oferta de cigarrillos, y de hecho lo hicieron.

Mientras el Restaurante prosperó, el sistema fue un éxito: el Restaurante se convirtió en un fuerte comprador; todos los alimentos eran vendibles y los precios permanecieron estables.

Tras un bombardeo del campo, el Restaurante cerró durante un corto período y las ventas de alimentos se hicieron difíciles. Aun cuando el Restaurante volvió a abrirse, la escasez de alimentos y cigarrillos se hizo aguda y la gente no se sentía dispuesta a convertir bienes tan valiosos en papel. El nivel de precios y la estructura de los mismos cambió. El marco fuerte cayó frente al cigarrillo y con el tiempo cayó aún más hasta que no tuvo aceptación más que en el Restaurante. Hubo una huida del marco fuerte que ya no era convertible en cigarrillos, o alimentos muy demandados. El cigarrillo volvió a ser la única moneda.

La fijación de precios

Junto con este sistema, hubo un intento de implantar una economía planificada, un intento de fijación de precios promovida por el oficial médico. Las olas deflacionistas y sus efectos sobre los precios eran un inconveniente para todos y podían ser peligrosas para el Restaurante, que tenía que mantener stocks. Además, el marco fuerte estaba ligado a los alimentos, pero no podía ligarse a los cigarrillos cuyo valor fluctuaba. Por consiguiente, mientras los precios de los alimentos en marcos fuertes fueron los mismos todo el tiempo, los precios de los alimentos y de los marcos fuertes en cigarrillos variaban.

Hasta entonces el precio normal se fijaba para los alimentos que se dejaban en la Tienda para su venta, y los precios fuera de ella se conformaban aproximadamente a esta escala, que era recomendada como una guía para los vendedores, aunque fluctuaban bastante a su alrededor. Las ventas realizadas por medio de la Tienda a los precios recomendados solían ser más lentas y a cambio obtenían un buen precio, mientras que fuera de ella las ventas podían realizarse rápidamente a precios más bajos. Los Tablones de Anuncios de Intercambio pasaron bajo control de la Tienda; los anuncios que diferían en más de un 5 por ciento del precio podía ser suprimidos por la autoridad y las ventas no autorizadas eran desincentivadas tanto por la autoridad como por la opinión pública, que se mostraba decididamente a favor de un precio justo y estable.

Al principio, la escala de precios recomendados fue un éxito. Sin embargo, cuando el nivel de precios cayó, la estructura de los precios cambió con lo que se demostró que la escala de precios recomendados era demasiado rígida. La escala fue modificada varias veces con sucesivas subidas y bajadas, siguiendo con lentitud las olas inflacionistas y deflacionistas, pero raramente pudo ser ajustada a los cambios de la estructura de precios. Creció rápidamente un mercado negro de intercambios a precios no autorizados: con el tiempo la opinión pública se volvió en contra de la escala recomendada y la autoridad abandonó la lucha.

La opinión pública

La opinión pública sobre el comercio era confusa y cambiante. Una pequeña minoría sostenía que todo el comercio era indeseable pues engendraba un ambiente desagradable; como prueba de ello se citaban fraudes ocasionales y prácticas desleales. Pero, así como ciertas actividades se condenaban como antisociales, el comercio se practicaba y su utilidad era apreciada por prácticamente todo el mundo en el campo.

Más interesante resulta la opinión acerca de los intermediarios y de los precios. En conjunto, la opinión era hostil a los intermediarios. Su función, y el arduo trabajo de poner en contacto a compradores y vendedores eran ignorados; los beneficios no se veían como la remuneración de un trabajo sino como resultado de prácticas desleales. A pesar del hecho de que su misma existencia era una prueba de lo contrario, se sostenía que el intermediario era redundante dada la existencia de una Tienda oficial y del Tablón de Anuncios. Especialmente impopulares eran los intermediarios en los que concurría algún elemento de monopolio y se culpaba a los intermediarios en general, de reducir los precios. Aparte del estado de opinión, la mayoría trataba con intermediarios, consciente o inconscientemente, en un momento o en otro.

Existía la opinión muy arraigada de que cada cosa tiene su precio justo en cigarrillos. Aunque el concepto de precio justo era imposible de explicar, este precio era, no obstante, muy bien conocido. Podía definirse como el precio alcanzado por un artículo en épocas buenas cuando los cigarrillos eran abundantes. El precio justo cambiaba lentamente; no era afectado por las variaciones de los suministros en el corto plazo y, si bien la opinión pública debía resignarse a las variaciones de este, no persistía un fuerte resentimiento. Una definición más satisfactoria de precio justo es imposible. Todo el mundo sabía cuál era, aunque nadie podía explicar por qué debía ser éste y no otro.

Tan pronto como los precios empezaban a caer como consecuencia de una escasez de cigarrillos, surgía la indignación especialmente en contra de los que mantenían reservas que compraban a precios bajos. Los que vendían a precios reducidos eran criticados y sus actividades eran calificadas como de mercado negro. En cada período de escasez la explosiva cuestión “¿deben recibir los no fumadores una ración de cigarrillos?” era objeto de interminables e infructuosas discusiones. Desgraciadamente, eran precisamente los no fumadores, o los que fumaban poco, junto con los odiados intermediarios, los que mejor capeaban el temporal por haber acumulado reservas.

Se utilizaban curiosos argumentos para justificar la fijación de precios. Los precios recomendados se consideraban de algún modo relacionados con el valor calorífico de los alimentos ofrecidos y por consiguiente resultaban sobrevaluados y nunca se vendieron a tales precios. Un argumento que se utilizaba fue el siguiente: no todo el mundo recibía paquetes privados de cigarrillos y, por consiguiente, cuando los precios eran altos y el comercio florecía, sólo los ricos podían comprar. Esto era injusto para el individuo que poseía pocos cigarrillos. Cuando los precios cayesen el siguiente invierno, los precios deberían mantenerse altos, dado que, como los ricos habían disfrutado de la vida durante el verano, entonces tendrían que poner muchos cigarrillos en circulación. El hecho de que aquellos que habían vendido a los ricos durante el verano también habían disfrutado entonces de la vida y el hecho de que en el invierno siempre había alguien dispuesto a vender a precios bajos, no se tenía en cuenta. Tales argumentos se discutían acaloradamente. Pero los precios se movían con la oferta de cigarrillos y se negaban a permanecer fijos de acuerdo con la ética.

Conclusión

La organización económica descrita era complicada y funcionó adecuadamente hasta el verano de 1944. Entonces vinieron las reducciones de agosto y la deflación. Los precios cayeron, se mantuvieron provisionalmente coincidiendo con la entrega de paquetes de cigarrillos y posteriormente bajaron de nuevo. Cuando la oferta de cigarrillos de la Cruz Roja despareció, los precios se hundieron aún más y la depresión económica se hizo muy aguda.

Los alimentos, escasos de por sí, prácticamente se regalaban con el fin de hacer frente a la demanda no monetaria de cigarrillos. Los cigarrillos se vendían a precios fantásticos en libras, impensables hasta entonces. El Restaurante era solo un recuerdo y los Marcos fuertes un chiste.

El trueque aumentó su volumen convirtiéndose en una parte importante de un volumen de comercio cada vez más reducido. Esta primera seria y prolongada escasez de alimentos hizo que la estructura de precios cambiase de nuevo debido parcialmente a que las raciones alemanas no eran divisibles. Unas cuantas entregas de paquetes y cigarrillos condujeron a una recuperación transitoria de los precios, especialmente cuando coincidieron con buenas noticias procedentes del frente occidental, pero en general la situación permaneció inalterada.

En abril de 1945, el caos había reemplazado al orden de la esfera económica; las ventas eran difíciles y los precios carecían de estabilidad. La economía ha sido definida como la ciencia de la distribución de medios escasos entre fines ilimitados y competitivos: el doce de abril, con la llegada de la 30ª División de Infantería de los EE. UU., se abrió una etapa de abundancia que demostró la hipótesis de que con medios infinitos la organización y actividad económica serían redundantes, ya que toda necesidad podía ser satisfecha sin esfuerzo.