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La paradoja del regalo

En un par de meses llegan las Navidades. Y con ellas llegan el turrón, el mazapán, el champán e incluso en muchos casos la misa del Gallo y el nacimiento del Señor. Y también llegan los regalos, los traigan Santa Claus, los Reyes Magos o el Olentzero.

Sobre estos últimos vamos a tratar, sobre los regalos. Para mucha gente, economistas incluidos, los regalos constituyen un gran despilfarro y habría que hacer algo para moderarlos. Grandes cantidades de dinero son malgastadas en productos que no son valorados por los receptores. Solo hay que ver a un niño de una familia media el día de Reyes (o el de Navidad, según la costumbre de cada casa) rodeado de juguetes, muchos de los cuáles no volverán a conocer uso en sus manos.

Y, sin embargo, la evidencia empírica demuestra con tozudez que se siguen haciendo regalos, que incluso se buscan nuevas ocasiones para hacer regalos. ¿Cómo sobrevive la humanidad a esta destrucción de valor que periódicamente nos asola?

A primera vista, parece que muchos regalos destruyen valor. Es muy frecuente el caso en que para el receptor el regalo carece de valor. No le vale para nada, o para muy poca cosa, en comparación con el dinero que ha costado el bien. Así pues, parece evidente que el regalo ha destruido valor, pues costó un dinero y sin embargo tiene valor cero o muy bajo para el receptor.

Sin embargo, quienes así razonan olvidan un pequeño detalle: que realizar un regalo supone no solo una, sino, al menos, dos transacciones. En efecto, antes de hacer entrega del regalo al destinatario, el oferente ha de hacerse con el bien que quiere regalar. Esta consecución, en la mayor parte de los casos, consiste en la visita a los grandes almacenes para adquirir algún bien, preferentemente que se pueda luego cambiar. Pero podría involucrar más transacciones según la complejidad del regalo que se quiera hacer.

Así pues, para constatar si un regalo crea o destruye valor es necesario analizar las dos transacciones requeridas, no solo la segunda.

En la primera transacción, es evidente que se crea valor. El adquiriente del regalo valora más el objeto que va a regalar que el dinero que se gasta en él. En otro caso, no realizaría la compra. Ahora bien, es cierto que el valor del objeto provendrá de su utilidad como regalo, y no de su utilidad directa para el adquiriente. Cuando compramos un juguete para el niño del vecino, ese juguete tiene una utilidad muy baja para nosotros: si fuera para nosotros, no lo compraríamos. Pero es que no es para que lo utilicemos nosotros, es para regalárselo al niño, y quedar así bien con sus padres, por ejemplo. Para cada uno de nosotros, muchos objetos tienen únicamente valor como regalo a un tercero. Pero tienen ese valor, y subjetivamente lo comparamos con el dinero que nos cuesta antes de tomar la decisión de compra. Obviamente, para el vendedor del regalo también se crea valor, ya que obtiene dinero a cambio del mismo, algo que él valora más que el bien vendido, pues sino no lo vendería. En definitiva, se crea valor al comprar el regalo, como ocurre en todas las transacciones voluntarias.

Veamos ahora la segunda transacción. A priori, el donante del regalo obtiene indudablemente valor de la entrega, pues no la haría en otro caso. Puede obtener la satisfacción interna de ver feliz al niño del vecino, o la más tangible de que el niño no le va a molestar durante una temporada, o puede ser para mejorar las relaciones con el vecino. Por supuesto, se puede equivocar, y a lo mejor el niño comienza desde entonces a llamar a su puerta todos los días para jugar con él, o los padres empiezan a tenerle por cutre y le dejan de hablar. Pero eso es lo que pasa con todas las transacciones: a priori pensamos que crearemos valor, pero no siempre sucede. En todo caso, en el momento de hacerla, creemos que estaremos mejor como consecuencia de hacerla.

¿Qué ocurre con el receptor del regalo? También parece claro que se crea valor: ahora tiene algo que antes no tenía, por lo que objetivamente está mejor, ya que siempre tendrá la opción de deshacerse del objeto si no le gusta. Está claro que si acepta el regalo voluntariamente es que valora más tenerlo que carecer de él, aunque ello sea tan solo por no quedar mal delante de quien le hace el regalo, y tenga toda la intención de tirarlo a la basura según aquel se dé la vuelta.

Resumiendo: las dos transacciones que generalmente componen la entrega de un regalo crean valor, por lo que los regalos, a priori, enriquecen a la sociedad.

Queda por apuntar una falacia que subyace en el razonamiento de los que piensan que los regalos destruyen valor. Recuérdese que los defensores de tal hipótesis están comparando el dinero gastado en el bien con la utilidad que tiene el mismo para el receptor. Como el valor del primero es superior al constatado para el segundo, afirman que se destruye valor. La falacia cometida es que comparan la utilidad obtenida por dos individuos distintos, y como es sabido es imposible la comparación interpersonal de utilidades.

En efecto, la persona que desembolsa el dinero es distinta de la que recibe el regalo, por ello no se puede agregar la des-utilidad del gasto de la primera, a la utilidad obtenida por la segunda. Ésta última nunca tuvo el dinero ni la posibilidad de gastarlo, solo ha recibido el regalo. No puede comparar la utilidad del regalo con la utilidad de un dinero que no tenía.

En todo caso, es cierto que existe la sensación de destruir valor con los regalos. Los comentarios son unánimes cuando vemos al niño antes mencionado rodeado de juguetes, y nadie puede evitar pensar en la cantidad de dinero que se ha tirado para nada. Aunque ya vemos científicamente que no es así, las personas no somos siempre científicas o racionales en nuestras decisiones. Por suerte, los emprendedores tienen soluciones para todos nuestros miedos, y por eso inventaron el ticket-regalo, entre otras técnicas de marketing. En el fondo, el ticket regalo es una prueba de que preferimos que el regalo no solo tenga valor para nosotros como regalo, sino utilidad y valor para el receptor: valoramos que el regalo tenga valor, y valga la redundancia.

En resumen, no hay duda: hacer regalos crea valor para todos los involucrados y para la sociedad. Cuántos más regalos hacemos, más ricos somos. ¡Hagamos todos los que podamos! Todos nos lo agradecerán, no solo los afortunados que reciban el bien.