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La pobreza socialista

El Observatorio de Coyuntura Económica continúa su labor analítica y divulgativa con un informe complementario al magnífico estudio que el Instituto Juan de Mariana publicó el año pasado Una sociedad de propietarios: el camino de los ciudadanos hacia la independencia financiera.

Los resultados del informe no dejan de ser sorprendentes: en tan sólo quince años un español medio habría acumulado un patrimonio adicional de 245.000 euros, lo que le permitiría gozar de una pensión mensual de 1.500 euros. Si el trabajador decidiera prolongar su vida laboral 15 años más, la proyección del informe eleva el patrimonio a casi un millón de euros y la renta mensual a 6.000, en ambos casos descontando la inflación.

Comparado con las pensiones actuales, podemos comprender cuánto ha llegado a pauperizarnos el Estado y su sistema fraudulento de seguridad social. Las generaciones futuras vivirán incomparablemente peor de lo que habrían podido vivir si no se hubiera colectivizado el sistema de jubilación.

Los resultados del informe también sirven para poner de manifiesto, una vez más, cómo el marxismo no es más que un camelo intelectual destinado a tomar el poder político y esclavizar a la sociedad.

No es cierto, como aseveran los socialistas, que los intereses del capital y del trabajo resulten irreconciliables y enfrentados. Precisamente en el informe comprobamos cómo los trabajadores pueden invertir parte de sus salarios y convertirse en capitalistas.

Pero esto no significa que estos trabajadores pasen de explotados a explotadores; con su inversión no están constituyendo instrumentos para extraer de manera más eficiente la plusvalía al resto de los trabajadores. Al contrario, el ahorro de parte de la riqueza que produjeron y que recibieron en forma de salarios permite emprender proyectos más productivos que elevarán aun más el nivel de vida del resto de individuos.

El proceso de ahorro, selección de proyectos y provisión de capital es tan esencial para el funcionamiento de la economía –tan excepcional y explosivo– que en pocos años el antiguo trabajador puede retirarse a consumir una porción de toda la riqueza que ha contribuido a generar.

Confundir este proceso con una supuesta explotación sólo denota un profundo desconocimiento de la sociedad. Si el trabajador se hubiera dedicado 50 años a producir manzanas, a atesorarlas (suponiendo que no se pudrieran) y a jubilarse al cabo de esos 50 años con las manzanas ahorradas, nadie en su sano juicio le acusaría de estar explotando a nadie.

El ahorro y la inversión de parte de las rentas percibidas es similar al proceso anterior, pero con una diferencia fundamental. En lugar de tener paralizados los recursos durante 50 años, se movilizan para crear nueva riqueza (por ejemplo plantar nuevos manzanos) que a su vez se utilizará en el futuro para generar aun más riqueza. Este es el proceso de capitalización continua que permite el interés compuesto y que los socialistas no terminan de entender.

Fruto de esta profunda ignorancia erigen teorías redistributivas varias (que van desde la nacionalización de los "medios de producción" hasta la institución de una "renta vital") por las que pretenden acabar con las rentas del capital y convertirlas en rentas del trabajo.

La idea es del todo descabellada porque supone destruir, ya sea de manera gradual o brusca, los proyectos –y el proceso de creación de proyectos– que permiten crear la riqueza que los propios trabajadores demandan. No sólo es un freno al progreso, es una caída directa hacia el primitivismo social.

Pero al mismo tiempo, como se puede comprobar en el informe, nada hay más contrario a los intereses de los trabajadores que cerrarles cualquier posibilidad de adquirir en el futuro las llamadas rentas del capital. En una sociedad, como la socialista, donde el Estado es el único empleador y donde ese mismo Estado impide la constitución de un patrimonio propio del que poder vivir, los trabajadores se convierten en esclavos perpetuos del poder político. El sometimiento y la heteronomía son absolutos.

Conviene, por consiguiente, rechazar cualquier tipo de regulación redistributiva y basada en teorías clasistas infundadas: siendo generosos, sus proyectos no son más que una muy mala imitación de las oportunidades que ofrece la sociedad de propietarios, pero mucho más limitadas y, sobre todo, destructoras de riqueza. Ni el socialismo real, ni la seguridad social, ni la renta vital son alternativas rigurosas frente a la constitución de patrimonios privados que permite el capitalismo.

Las propuestas socialistas no consiguen mejorar el bienestar de la sociedad ni de sus estratos menos favorecidos. Sus errores intelectuales están bloqueando un revolucionario proceso de creación de riqueza para todos los individuos. Es hora de repetirlo hasta la saciedad.