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La profesionalidad mal entendida

En España se habla mucho sobre nuestra mentalidad contraria al emprendimiento, o en cristiano: la manía que le tenemos al que quiere ganar dinero. Pero también otro problema igual de importante: la profesionalidad.

Mucha gente tiene una idea equivocada sobre qué es ser profesional y por qué hay que serlo; pongamos por caso la forma de valorar el trabajo en las empresas españolas. ¿A quién se premia más? ¿Al trabajador que realiza su tarea a tiempo o al que está hasta las 20h. de la tarde para acabar la suya y aprovecha para tomar una cerveza con el jefe?

Tristemente, excepciones aparte, se valora más al trabajador que más horas y más relaciones hace en la oficina que al que mejor hacer su trabajo.

Por otro lado, existe el trabajador que piensa que involucrarse en su trabajo es regalar algo a la empresa por la que no te paga. Por ejemplo, mucha gente no se forma sobre su profesión (leyendo libros especializados, asistiendo a conferencias, etc.) porque opina que es la empresa la que debe ocuparse de su formación.

La realidad es que la formación de un empleado es el capital del que va a vivir el resto de su vida, y por tanto no debe delegar esa función en la empresa, la que solo está interesada en su productividad a corto plazo.

También existe la idea de que para ser un buen profesional no tienes que tener en cuenta la rentabilidad de tu trabajo y enfocarte solo en la calidad del mismo.

Precisamente es al contrario; un buen profesional siempre tiene en cuenta el presupuesto de su cliente, ya que es consciente de que trabaja para él y no para sí mismo. Otra cosa es que el el cliente o la empresa para la que se trabaja tengan unas expectativas que sean inaceptables. Pero a nadie le obligan a trabajar a punta de pistola.

Uno puede pensar que hablar de profesionalidad cuando hay tantos millones de parados en el país es absurdo. Que el objetivo tendría que ser trabajar en cualquier cosa que te ofrezcan y no pedir peras al olmo. Pero la verdad es que la época de los trabajos poco cualificados pasó a la historia, y ahora la única posibilidad de salir adelante es vender un trabajo con una calidad lo suficientemente elevada como para atraer inversores y exportar productos que el resto del mundo quiera comprar.

Y eso no lo vamos a conseguir con una mentalidad que nos lleva a estar 12 horas en la oficina porque no tenemos la organización ni la disciplina necesarias para fijarnos horarios, ni esperando a que algún empresario nos mantenga perfectamente formados en disciplinas que evolucionan cada año que pasa, ni mucho menos produciendo productos de una calidad por debajo del precio que pretendemos cobrar por ellos.

En definitiva, hace falta que en España se pueda confiar en que cuando contratas a alguien para hacer un trabajo lo va a hacer, y no preocuparte sobre si vas a tener que perseguirle para que lo haga, o formarle para que sepa hacerlo o tirarlo el producto a la basura por lo mal que está hecho.

Por supuesto hace falta muchas más cosas aparte de eso, o para llegar a eso. Pero la profesionalidad es una de ellas.