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La propiedad es solo otra forma de llamar al monopolio

Ahí es nada. El título de este comentario no se me ha ocurrido a mí: es el de un artículo[1] publicado en una revista académica, el Journal of Legal Analysis, que publica el Harvard Law School. Ambos nombres suelen ir acompañados del epíteto “prestigioso” pero confieso que me cuesta un poco añadirlo tras ver y leer la clase de bazofia intelectual que publican. Aunque quizá ese artículo sea la excepción y no la norma.

El artículo está firmado por Eric A. Posner y E. Glen Weyl. El primero es profesor en la “prestigiosa” Universidad de Chicago, mientras que el segundo es Senior Researcher en Microsoft Research New England, y también algo en la universidad de Yale. Que un artículo con este título pueda llegar a vez la luz en una revista académica me parece un desatino de gran calibre, pero también es cierto que el título puede ser algo meramente provocativo (como yo lo estoy usando a mi vez) y quizá su contenido fuera razonable.

Desgraciadamente, no es el caso. El punto de partida de los autores es constatar las ineficiencias estáticas o asignativas que origina la propiedad privada. La idea es que puede haber gente que valore más un bien que su actual propietario, y que, sin embargo, no se pueden hacer con él porque el propietario exige un precio superior, tanto al valor que le da el tercero como al que le da él mismo. Si estas transacciones se llevaran a cabo, la eficiencia asignativa aumentaría (siempre según los autores). Digamos que habría que obligar a los propietarios a vender sus bienes siempre que se les ofreciera un precio superior al valor que dichos propietarios les dan. Sí, es lo que dicen.

Ese precio “excesivo” que el dueño del bien exige, es lo que hace a los autores equiparar la propiedad con el monopolio, ya que, en el monopolio de la teoría mainstream, el monopolista puede obtener un precio superior al que se obtiene en competencia perfecta. De la misma forma que en dicho modelo aumenta la eficiencia estática al introducir competidores por posibilitarse transacciones que no ocurren en el caso del monopolio, se podría hacer otro tanto evitando este carácter monopolístico de la propiedad privada.

Según los autores, la obligación de vender tendría efectos negativos sobre lo que ellos llaman la “eficiencia en inversiones”. Es decir, al tener los individuos esta obligación de venta constantemente, se produciría una tragedia de los comunes generalizada, ya que nadie querría invertir en mejorar el valor del bien, toda vez que estarían obligados a venderlo a alguien que ofreciera un precio mayor al valor del bien. Sí, insisto, es lo que dicen, aunque suena mucho peor cuando lo transcribo yo.

¿Cómo se soluciona el dilema? Implantando un impuesto generalizado de inspiración en la llamada tasa Harberger. El funcionamiento sería así: todos los individuos deben declarar el valor que dan a sus bienes, y pagar un impuesto en proporción a tal valor declarado. Y cualquier otro individuo puede comprar el bien al valor declarado por el actual propietario. Si se fija el tipo impositivo de forma adecuada, todos los individuos tendrán los incentivos correctos para declarar el verdadero valor que dan al bien, pues si declaran uno inferior podrán perder el bien en favor de un tercero, y si declaran uno superior, deberán pagar más impuestos.

Me pregunto si es necesario siquiera refutar estas ideas tan absurdas. Pero nótese que ambos tipos son invitados a congresos y dan conferencias, lo que hace pensar que sus ideas tienen eco. Si no fuera así, yo no me habría enterado de su existencia, claro. En suma, unos tipos escriben que la propiedad privada es un monopolio, y resulta que su artículo aparece publicado y los tíos adquieren un renombre que ya quisiera cualquier economista austriaco de postín. Haga la prueba dicho economista austriaco de tratar de publicar algo en el Journal of Legal Analysis en defensa de la propiedad privada y ya verá los comentarios con que se encuentra en el peer review; ya verá el grado de rigor que le exigen para defender su hipótesis y podrá comparar con el que seguramente hayan exigido a Posner y Weyl.

Pero hagamos algo de refutación, aunque sea escasa. Por ejemplo, desde el punto de vista empírico, quizá los autores no hayan oído hablar de la URSS, Corea del Norte o más recientemente Venezuela. Son ejemplos de las consecuencias de poner en duda la propiedad privada. La experiencia demuestra que los países son más ricos cuánto mejor definida y defendida está. Así que, planteamientos como que todos los bienes estén a la venta forzosa, esto es, la abolición de facto de la propiedad privada, ya tenemos sobrada experiencia de adonde nos llevan. Pero dan igual los millones de muertos al Harvard Law School, al Journal of Legal Studies y, por supuesto, a Posner y a Weyl.

Por otro lado, simplemente metiendo algo de dinamismo en el sistema, ya nos daremos cuenta de que la tasa Haberger que proponen hará disminuir el valor de todos los bienes. Claro, si tengo que pagar un porcentaje del valor de mis bienes, mi patrimonio quedará reducido en ese mismo porcentaje. Así pues, nada más empezar, este régimen habrá destruido un valor para la sociedad posiblemente irrecuperable, por mucha eficiencia estática que luego se obtuviera. Evidentemente, esto no ocurre en la mente de los autores, que supongo imaginarán que estos recursos desviados vía impuestos serán igualmente eficientes en manos de los políticos.

Un punto divertido es el origen del problema: ¿por qué saben ellos que hay transacciones que no se ejecutan por exigir los propietarios del bien un precio superior al valor que ellos mismos le dan? ¿Están diciendo que hay gente que pudiendo ganar con la venta de un bien, no lo hacen porque esperan ganar más? ¿Y no es eso precisamente que valoran el bien más de lo que le están ofreciendo por él? ¿O es que son ellos, los autores, quienes saben lo que vale el bien y cuando se pide mucho o poco por él? Ah, espera: en la nota al pie 16 nos aclaran que los bienes tienen un valor objetivo de capital, que no debería distorsionarse por el idiosyncratic personal value.

La cosa se vuelve completamente absurda si tratamos de incorporar el emprendimiento a su modelo de la realidad. En el mundo de Posner y Weyl existen una serie de bienes conocidos; y con esos bienes, lo que hacen los propietarios, es invertir para mejorarlos. Así, si inviertes 75.000 dólares en mejorar un bien, el bien puede valer 100.000 dólares más para ti, por ejemplo. Ahora, no sabemos en qué consiste invertir ni por qué se hace. Ni siquiera sabemos lo que es mejorar un bien. Por ejemplo, en el mundo de Posner y Weyl, cuando Elon Musk saca sus coches Tesla, ¿qué está haciendo? ¿Mejorar un coche previo que se ha comprado? Claro, si no tienes noción de lo que es innovar ni de cómo progresa la sociedad, nada de esto se te va a plantear como problema. De hecho, sorprende incluso que hablen de la inversión. Y, por cierto, lo de que el bien haya mejorado o no tras la inversión, ¿es algo objetivo? ¿Lo saben ellos, lo sabe el propietario?

Así están las cosas en el mundo de la teoría económica. Mientras tanto, los Estados andan a la busca de un nuevo Keynes que les dé excusas para intervenir más y más en la economía y en la libertad. Si no lo consiguen con lo del cambio climático, les quedará Piquetty con la excusa de la desigualdad. Pero muchos más, como nuestros queridos Posner y Weyl, están agazapados en busca de su oportunidad, aunque sea costa de la ruina de las sociedades en que viven.

[1] Eric A. Posner & E. Glen Weyl (2017). "Property Is Only Another Name for Monopoly". Journal of Legal Analysis, Volume 9, Issue 1, Spring 2017, Pages 51–123