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La refutación de la teoría cuantitativa (y IV)

La última de las hipótesis en las que se basa la teoría cuantitativa es la de que los aumentos en M darán lugar a incrementos automáticos y mecanicistas en los precios con independencia de cómo se haya originado y extendido ese incremento en M. La proposición puede tener dos significados: uno más restrictivo y otro más flexible. El primero se correspondería con sostener que todos los precios particulares se mueven en idéntica proporción a la variación de M; el segundo, que P (el nivel agregado de precios; una media de todos los precios de la economía) aumenta o disminuye en la misma proporción que lo hace M, lo que permite que haya precios particulares que suban o bajen siempre que la variación de la media de todos ellos sea proporcional a la de M.

La primera de estas dos interpretaciones, que coincide con la célebre hipótesis de la neutralidad del dinero, es indudablemente falsa. Como ya descubriera Richard Cantillon –de ahí el famoso Efecto Cantillon– las variaciones en los precios particulares de la economía dependen de los circuitos por los que se introduzcan los nuevos medios de pago. Con independencia de que el aumento de M proceda de un aumento de dinero (M’) o de promesas a entregar dinero (M’’), lo cierto es que los precios que con mayor intensidad y rapidez se incrementarán serán los de aquellos bienes en los que primero se gasten los nuevos medios de pago.

Y dado que al comienzo esos nuevos medios de pagos se gastarán antes de que el conjunto de precios de la economía haya aumentado, todos los agentes económicos se verán forzados o incentivados a modificar sus patrones de gasto y con ellos los patrones de producción dentro de la economía. Es decir, aunque podría resultar verosímil la afirmación de que si todos los precios (incluidas las rentas) aumentaran un 10% no se producirían cambios en los patrones de gasto y producción de la economía, en el caso de que sólo la renta monetaria de un solo agente aumenta un 10%, parece claro que sí acaecerán redistribuciones en la disposición y producción de los bienes y servicios de una economía.

En definitiva, los aumentos de M no pueden traducirse en incrementos equiproporcionales de todos los precios por el simple hecho de que el dinero y las promesas de pago entran en la economía a través de ciertos circuitos (el gasto de los productores de dinero o el gasto de los deudores que generan promesas de pago) y es a través de esos circuitos por donde se va extendiendo la inflación de precios.

Nos queda, sin embargo, valorar el realismo de la interpretación flexible de esta cuarta hipótesis de la teoría cuantitativa, a saber, que la variación de la media de los precios es proporcional a la variación de la cantidad de medios de pago. En principio, de manera aislada nada tenemos que objetar contra la misma, pues si el resto de erróneas hipótesis de la teoría cuantitativa se asumen ciertas, la interpretación flexible de esta cuarta hipótesis deviene cierta por una necesidad lógica y matemática. Es decir, si V y Q no varían ante cambios en M (es decir, si todos los medios de pago se emplean para adquirir la misma cantidad de bienes y servicios en idéntico lapso de tiempo) por fuerza la variación en la media de los precios ha de ser proporcional a la variación en la cantidad de medios de pago. Es, como ya hemos venido diciendo, una simple identidad contable que tan sólo iguala el importe de los pagos efectuados (M*V, siendo en este caso V constante) con los cobros recibidos (P*Q, siendo en este caso Q constante).

Por ejemplo, si en una economía donde cada año (V) se gastan 1.000 onzas de oro (M) en comprar un televisor y un automóvil (Q) que cuestan 200 y 800 onzas respectivamente (P), aumenta la cantidad de medios de pago a 2.000 onzas de oro y los patrones de gasto se modifican de tal forma que esa economía pasa a gastar 1.500 onzas en comprar un televisor y 500 en comprar un automóvil, tanto el índice Paasche como el índice Laspayres de precios se incrementarán en un 100%, que es justo lo que ha aumentado M (de hecho, si Q no varía ambos índices son iguales), por mucho de que el precio de los televisores haya aumentado y el de los automóviles haya caído. Estamos ante una simple identidad: si ahora gastamos 2.000 onzas en comprar los mismos bienes que antes, la suma de los precios de todos ellos será igual a 2.000 onzas (justo el doble que cuando gastábamos en esos mismos bienes 1.000 onzas).

Otra cuestión es la relevancia que esta conclusión merezca dentro del análisis económico. Al cabo, lo que guía las decisiones individuales no es el nivel agregado de precios, sino los precios relativos y como vemos los precios relativos sí pueden variar, originando cambios a medio plazo en Q y por tanto volviendo inaplicable la teoría cuantitativa como marco teórico para una economía dinámica.

Por tanto, siendo generosos podemos concluir que la teoría cuantitativa será casi siempre falsa (cuando se incumpla alguna de sus tres principales hipótesis) y en las pocas ocasiones en que resulte cierta, será irrelevante. Muy pocas nueces para todo el ruido teórico que ha generado en los últimos cien años.