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La sempiterna crisis energética

En Europa, el invierno nos obsequia con olas de frío, siberianas o polares, y crisis energéticas ligadas, no al mercado libre, inexistente, sino a la planificación político-sectorial o a la geopolítica y relaciones internacionales. Los Estados europeos, socialdemócratas hasta la médula, tienen en el sector energético uno de los más hiperregulados e intervenidos. Cuando la ideología está presente, los problemas surgen como hongos si la “normalidad” planificada se ve alterada.

Francia, Bélgica y Reino Unido se están enfrentando en materia energética a uno de los inviernos más problemáticos de los últimos años. El detonante de esta situación hay que situarlo en Francia. De todos es conocida la predilección de los galos por la energía nuclear, frente a otras alternativas que suelen ser las preferidas por el resto de países europeos. Tal es así que los franceses se han caracterizado por la venta del excedente de este tipo de energía al resto de países que les rodean, consiguiendo de esta manera una importante fuente de financiación para el costoso Estado francés. Resulta un poco hipócrita que países que no quieren ni consienten el uso de este tipo de energía, no pongan reparos a que llegue desde una tierra extraña, pero es lo que hay.

El problema radica en que los franceses han puesto los huevos energéticos casi exclusivamente en una cesta nuclear y, claro, por la cabeza de los planificadores franceses nunca pasó la idea de que un número crítico de centrales nucleares pudieran fallar a la vez. Bueno, pues eso es exactamente lo que está pasando.

A principios de diciembre, los franceses tenían parados o en revisión doce reactores. Mientras, los políticos, además de preocuparse por la carrera presidencial, rezaban para que las temperaturas no bajaran demasiado, y es que por cada grado centígrado de bajada en invierno se calcula que se necesitan unos 2.400 MW de potencia adicionales en funcionamiento. El hecho es que los franceses cifraban la producción eléctrica nacional en 414 TWh, y lo que ahora se calcula es que la cifra de producción estará en torno a los 378 a 385 TWh. El porqué de tanto grupo parado tiene que ver con la chapuza, con la corrupción o con ambas.

La Autoridad de la Seguridad Nuclear de Francia (ASN) detectó a mediados del año pasado que algunos de los componentes que se habían construido para las centrales nucleares francesas por la empresa Areva, filial de EDF desde su rescate, eran defectuosos y tenían certificaciones de calidad falsos. La investigación de la ASN destapaba una serie de errores y ocultamientos que afectaban a varias instalaciones nucleares francesas y, lo que es peor, también de otros países como Gran Bretaña y Bélgica. El resultado de tal fiasco es que todos los reactores susceptibles de tener problemas han cesado su actividad hasta que sean revisados, con la consecuencia de que Francia y, en menor medida, Gran Bretaña y Bélgica se enfrentan a un déficit energético y en el peor momento, cuando se anuncia la llegada al continente de olas de frío siberiano, lo cual no deja de ser paradójico cuando el “consenso” científico nos habla de calentamiento global.

La situación se ha revertido y, sin que sirva de precedente, los excesos de la época Zapatero están beneficiando a España (solo en este caso) a costa de la desgracia de los franceses. Las necesidades energéticas galas se están compensando con la venta de energía de países que no hace mucho compraban, como Italia o la propia España. En nuestro caso, por una parte, de la gran cantidad de ciclos combinados que se construyeron para satisfacer una demanda que se deducía de un supuesto crecimiento exponencial antes de la crisis, a la vez que complementaba el exceso de renovables, y por otra, de la potenciación de la conexión eléctrica con los franceses. Ambos factores están ayudando a nuestros vecinos, pero a un precio que está ayudando, paradójicamente, a subir la tarifa eléctrica en España. Situaciones similares se están dando con países fronterizos con Francia, y siempre con la misma consecuencia, un incremento del precio de la energía que terminaremos pagando todos en las facturas.

A esta circunstancia hay que unir otras que no ayudan en nada a que la situación del sector energético en Europa sea estable. Por una parte, el incremento del precio del petróleo y, por otra, que Alemania decidió de manera quizá apresurada el cierre de sus centrales nucleares (y ahora su Tribunal Supremo ha obligado a indemnizar a las eléctricas con casi 20.000 millones por el cierre injustificado de las mismas) en vez de incrementar su seguridad, lo cual habría sido mucho menos radical. La consecuencia es que a los problemas domésticos germanos se une ahora que no tiene la energía que le vendían sus amigos franceses. El tercer asunto tiene que ver con la geopolítica y nos visita casi todos los años; es, una vez más, el chantaje ruso sobre la venta de gas a los países del este de Europa, incluyendo a los alemanes.

La guerra en Ucrania ha servido a los europeos para realizar una serie de boicots y prohibiciones de comercio que ahora se pueden volver contra los europeos si Putin decide pasar factura a la UE, como ya lleva haciendo varios años con ciertos productos agroalimentarios. Está claro que, si la energía es competencia de los Estados, por mucha empresa eléctrica que ande por medio, los que terminan pagando el pato son los ciudadanos europeos en este caso, bien porque tienen que pagar más por una deficiente planificación, o bien porque sufren cortes del suministro energético.

Sustituir una central nuclear por una térmica o una renovable no es cuestión de dos días, requiere una inversión y un estudio complejo y meses, si no años, hasta que esté lista. Cuando se cae una central, hay que sustituir la energía por otras, pues se genera la energía que se demanda, ya que no se puede almacenar. Por eso, las energías renovables necesitan centrales “convencionales” de respaldo que se pongan en marcha cuando no haya viento, luz o agua que muevan las turbinas. Además, cuando se cae una parte importante de la red, se “apaga” toda y el apagón puede ser de gran alcance, regional, nacional e incluso internacional, y poner todo en marcha requiere tiempo y no unas pocas horas, sino días o semanas. La planificación francesa tenía la ventaja de que la nuclear es una de las energías que menos fallaba, lo sigue siendo, pero pocas cosas son imposibles. En este caso, lo que ha fallado han sido los mecanismos de supervisión y el Estado, que se ha arrogado ese papel. Pero claro, de nuevo la culpa será del capitalismo y del libre mercado.