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La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (I)

Miguel Anxo Bastos Boubeta, profesor titular de Ciencias Políticas en la Universidad de Santiago de Compostela, colaborador en el Máster en Economía UFM-OMMA y conferenciante habitual en el Instituto Juan de Mariana, donde próximamente impartirá un seminario avanzado, es el pensador paleolibertario más importante del mundo hispánico. Su teoría del Estado, fruto de sus reflexiones enmarcadas en la tradición de la Escuela Austriaca y de sus innumerables lecturas de todo tipo de autores —y que pide a gritos ser trasladada a un manual— debería ser conocida por todo liberal que se precie —tal vez para dejar de serlo—. Dedicaremos a dicha teoría una serie de artículos.

El profesor Bastos comienza preguntándose si existe el Estado. Y llega a la conclusión de que no existe, de que es un ser hipostático, sin entidad real. El Estado no existe más allá de las personas que lo componen. Su existencia es mental, es un sujeto imaginario. Detrás del Estado se esconden un grupo de personas organizadas, jerarquizadas, que se dedican a una serie de funciones, normalmente extraer recursos al resto de la sociedad. Pero la idea de que el Estado existe es muy útil para dominar a la población. Las personas no le pagan los impuestos a Mariano Rajoy, se los pagan a un ente llamado España. Pero realmente se los están pagando a Mariano Rajoy, y él los reparte y los distribuye después. No existe nada llamado España, Francia o Italia. Son únicamente entes creados mediante símbolos: banderas (trozos de tela que representan, según se nos enseña desde pequeños, a ese ente imaginario al que hay que prestar lealtad), himnos (partituras musicales a las que hay que jurar obediencia), uniformesmonumentos, etc. Todo ello representa simbólicamente al Estado como una entidad que trasciende a las personas que lo gobiernan. La diferencia entre el poder tradicional y el del Estado es que en el Estado rendimos pleitesía a algo abstracto, frente a las viejas formas políticas donde se prestaba obediencia o acatamiento a una persona o un grupo de personas particulares: al rey, a un noble, a un dignatario eclesiástico o a un jefe tribal. Ahora a quien se obedece, se paga tributos, se ofrece la vida o se presta servicio militar es a un ente imaginario, que esconde a personas concretas, organizadas y jerarquizadas. 

Buena parte del currículum escolar se dedica a inculcar a los niños que el Estado existe. El gran triunfo del Estado moderno, la gran astucia, consiste en que, en vez de obedecer a una persona —el rey, el emperador— a la que vemos poderosa, mandando, pero también con sus defectos y su peligro, ahora obedecemos leyes y a una entidad abstracta, en apariencia inofensiva, pero que esconde a personas reales que detraen rentas al resto de individuos. Todo esto se consigue gracias al sistema estatal de enseñanza, por medio de la asignatura de Geografía y la idea de mapa, que acaba creando una imagen mental de los países. La única forma, por ejemplo, de ver España —más allá de las calles o paisajes concretos en los que estamos— es a través de un mapa. La Geografía le confiere al Estado una existencia real, lo personifica: España le compra tal mercancía a Alemania. Y la Estadística, la ciencia del Estado, contribuye a esa personificación al ofrecer todos los datos en agregado: España consume tal cantidad de energía. El Estado, en definitiva, cuenta con los rasgos de una corporación, pero con una característica especial: el poder monopolístico.

Pero si no existe el Estado, ¿cómo aparece entonces, se pregunta el profesor Bastos, la dominación política? El Estado como instrumento, tal y como lo conocemos hoy, es un invento de la Revolución Francesa, antes no se podía hablar de un Estado como un ente abstracto dotado del atributo de la soberanía. Los Estados modernos son sucesores de las viejas formas políticas. El mainstream de la Ciencia Política —Charles Tilly, Michael Mann o Barrington Moore, entre otros— reconoce que el Estado tiene un origen criminal. Es una institución con estructura mafiosa, un grupo de personas organizadas que extraen recursos al resto de la sociedad. Los teóricos están de acuerdo en que el Estado nace de la violencia, de la conquista. Existen varias teorías al respecto. El sociólogo alemán Alexander Rüstow apunta en Freedom and Domination la teoría de superestratificación: un grupo de bandidos, de personas armadas, conquista otro territorio y se superestratifica, es decir, se coloca por encima de la población dominante y empieza a exigir tributos, a establecer unas normas y unas fronteras, a propagar unos principios legitimadores y a comprar intelectuales de corte para que lo defiendan. Así, unas bandas se colocan sobre otras. Sería el caso, por ejemplo, de los romanos, godos, francos, árabes, los españoles en América, etc. A esta tesis hay que añadir la del antropólogo norteamericano Robert Carneiro, que defiende la idea del encapsulamiento, posteriormente desarrollada por Michael Mann en Las fuentes del poder social: siempre hubo tensión entre ganaderos y campesinos, los primeros eran personas de mucha movilidad, armadas, que iban a caballo; frente a los segundos, que estaban estabilizados en sus tierras; los ganaderos solían llegar de las montañas y arrasaban a los campesinos; la tesis de Carneiro es que en un momento dado los ganaderos se dieron cuenta de que era preferible, en lugar de saquear, colocar a los campesinos a trabajar para ellos; y eso se puede hacer en sitios donde exista la posibilidad de encapsular a la gente, en determinados valles, por ejemplo; así, esas bandas de bandidos se superestratifican y pasan a dominar a los campesinos y les empiezan a cobrar tributos. Algo parecido también apunta Henri Frankfort en Reyes y Dioses

En definitiva, según estos autores, el Estado no tiene un origen inmaculado sino violento y basado en la conquista. Así lo señalaba Robert Higgs y, hace unas décadas, Charles Tilly: el Estado nace de la violencia y la guerra, el reino mejor organizado, con mejor capacidad militar, se impone sobre los demás. Pero el proceso no acaba ahí. Los reyes establecen unas fronteras para evitar que llegue otro rey que haga peligrar las conquistas y las rentas que extraen a la gente. Establecen normas para que no haya conflictos entre los dominados; si los dominados se enfrentan entre ellos, el rey perderá tributos. Pero estos gobernantes saben que el poder amparado únicamente en la fuerza es muy inestable. Es mejor dominar por las ideas. De esta manera, contratan a una serie de intelectuales, cortesanos, que justifiquen y canten su poder, en muchos casos divinizándolo (de hecho, el Estado ha logrado que se le rinda un culto de latría, por ejemplo, ponerse de pie cuando suena el himno o arrodillarse delante de la bandera son elementos tomados de la teología católica). En la actualidad ese papel de loa al Estado lo representan las universidades: las facultades de Economía se dedican por completo a justificar la intervención del Estado en la sociedad; las de Políticas a establecer una teología del poder político; y las de Derecho a reivindicar el positivismo como única fuente de obediencia. Virgilio y Horacio fueron poetas de cámara y, posteriormente, filósofos como Hobbes, Bodino, Spinoza o Hegel no tuvieron reparo en colocarse al servicio del Estado para legitimarlo. Por tanto, el poder del Estado se diferencia de la mafia en que busca una legitimación, no es violencia únicamente. Y una de las fuentes de legitimación más importantes es la idea de contrato social. Jay Nock, en Nuestro enemigo el Estado, intenta desmontar ese concepto de contrato: qué clase de contrato es ese en el que falta una tercera parte que pueda resolverlo. Si el Estado no cumple, ¿quién ejecuta el contrato?; cómo se puede firmar un contrato con el Estado si las personas se encontraban previamente en un estado de naturaleza sin ninguna capacidad de obrar; y, un contrato firmado por mis antepasados, ¿me puede comprometer a mí? La idea del contrato social es poderosa, está muy bien trabada, aunque resulta inadmisible desde el punto de vista jurídico. Pero es una fórmula de legitimación muy potente. Si un contrato así no se lo admitiríamos, por ejemplo, a una compañía telefónica, ¿por qué admitírselo, señala el profesor Bastos, a un ente que además nos arrebata aproximadamente la mitad de nuestras rentas y, en muchos casos, nos exige incluso dar la vida o nuestra libertad por él en guerras, servicios militares u otro tipo de trabajos forzosos?

Así, la divinización del poder y la idea de contrato social vinculante son las vías principales para legitimar que haya que obedecer, pagar tributos y dar la vida por el Estado. Mediante esos elementos se va construyendo poco a poco la doctrina del poder político. El Estado moderno no se ve obligado siquiera a usar la fuerza bruta —aunque en última instancia por supuesto que la usaría, ningún Estado ha renunciado al monopolio de la violencia—, sino que le basta con crear una serie de doctrinas que se enseñan de manera forzosa en las escuelas públicas y privadas para que las personas acaten ese poder desde la infancia sin ningún tipo de cuestionamiento. Toda la legitimación se hace a través del currículum escolar: historia del Estado, lengua del Estado, ética del Estado, geografía del Estado y filosofía que justifica la existencia del Estado.