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La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (II)

En este segundo artículo de la serie dedicada a la teoría del Estado del profesor Miguel Anxo Bastos examinaremos con qué elementos cuenta el Estado y veremos quiénes son las personas que lo gobiernan.

El Estado moderno, que surge con la Revolución Francesa, se sustenta sobre tres pilares: poder, territorio y población.

Bastos entiende que hay que distinguir el poder político de los demás poderes. El poder, siguiendo a Robert Dahl, consiste en que alguien haga algo aunque no quiera hacerlo. En ese sentido el único poder que existe es el político. Los filósofos políticos romanos discutían sobre qué es más importante respecto al poder: el hierro o el oro. Y no hay duda: el hierro lleva al oro. Y eso es lo que define el poder político (de qué le valió el oro a los romanos cuando llegaron los godos; o a los ricos de Rusia o Cuba cuando aparecieron los comunistas). El hierro, las espadas, las armas, la violencia siempre se impone. Esta es la cuestión fundamental de la teoría política. Muchos de los ricos que vemos ahora derivan su posición de una concesión previa del Estado (la concesión de los teléfonos, de las eléctricas, privilegios a la banca, patentes, protección arancelaria, concesión de rentas, canonjías, monopolios, etc.). Siempre es el poder político el que domina al económico. El poder político se basa en la fuerza o en la amenaza de utilizar la fuerza contra la propiedad y la libertad de los súbditos. En última instancia, el poder deriva, según la clásica definición de Max Weber en Economía y sociedad, de detentar el monopolio —pretendidamente legítimo— de la violencia física en un territorio. Y de esa violencia derivan poderes económicos y de propaganda (que en puridad no son verdaderos poderes, pues no pueden ejercer la violencia ni obligar a hacer algo a alguien que no quiera hacer, es decir, cabe la resistencia frente a ellos). Sin embargo, el pensamiento único establece que quien domina es quien cuenta con el oro (lo vemos claramente en el argumentario de Podemos, por ejemplo).

Frente a los Estados antiguos, el Estado moderno se caracteriza por ejercer el poder en un territorio determinado. El mundo está divido en cuadraditos, unos más grandes y otros más pequeños, en los que hay un Estado que gobierna. En ese sentido, nos han convertido en seres territoriales a través de mapas (lo explica Benedict Anderson en Comunidades imaginadas), discursos de legitimación (John Agnew en Geopolítica desmonta toda la retórica que hay en torno al poder territorial del Estado: la idea de frontera natural y de espacio vital), etc. Somos capaces de asumir, por ejemplo, que de España emigre un millón de personas, pero no que se separe una comunidad, un territorio, de un millón de personas (Asturias o Cantabria, por ejemplo), cuando a efectos económicos es lo mismo. Hemos interiorizado que importa el territorio, no las personas. La idea de territorio implica continuidad territorial (los enclaves, Gibraltar, sin ir más lejos, nos parecen horribles; aunque hace siglos las ligas de ciudades eran muy comunes y, por tanto, la continuidad territorial era inexistente) y soberanía (esto no siempre fue así, en el mundo anterior al Estado moderno había varios poderes en disputa, como el papado y el imperio, lealtades cruzadas, distintas jurisdicciones, leyes y fueros en función de cada persona, etc). Hasta tal punto hemos interiorizado la idea de territorio que, por ejemplo, podemos imaginar una España sin catalanes, pero no una España sin Cataluña.

El tercer elemento es la población. En los Estados modernos la población opera a través del concepto abstracto de nación. Es la idea de que la población de un determinado territorio comparte atributos y rasgos comunes, en muchos casos imaginarios: lengua, religión, raza, etnia, historia, leyes comunes, etc. El Estado no ejerce su poder en el vacío, sino sobre una determinada población que debe contar con puntos en común que permitan una identificación con ese Estado. Pero esto no siempre fue así, antiguamente la población carecía de atributo nacional alguno —la nacionalidad es un concepto de la Revolución Francesa—, lo explica Carlton Hayes en El Nacionalismo una religión: la comunidad nacional pasa a formarse siguiendo el camino de los ritos, obligaciones, liturgia, adoración, etc., que antiguamente utilizaron las religiones

¿Y quiénes son esas personas organizadas, se pregunta el profesor Bastos, que gobiernan el Estado? En realidad se trata de unos pocos miles de personas. La tesis pluralista considera que el poder está difuso, que todos tenemos algún tipo de poder, repartido entre toda la sociedad: el poder lo disfrutan las personas a través de su participación en el cauce democrático, manifestaciones, activismo social y político, crowfunding, etc. La tesis elitista entiende, por el contrario, que el poder está concentrado en unas pocas personas que actúan de manera conjunta. Es una vieja teoría que plantearon un siglo atrás los italianos Gaetano Mosca y Vilfredo Pareto y el alemán Robert Michels y que sostiene que toda sociedad está gobernada por un grupo de personas experta en el arte y los mecanismos de la política, que actúa de manera coordinada y que domina a todo el conjunto. La idea de casta no es del todo correcta, puesto que casta en puridad hace referencia únicamente a un tipo de élite derivada del nacimiento (las castas de la India, por ejemplo); la clase política, en cambio, es un concepto que engloba todo: nacimiento, mérito (tecnocracia), élites guerreras y sacerdotales, plutócratas… Este grupo de personas cuenta con la principal característica de gobierno, esto es, la virtud de extraer rentas al resto de la población. Esta clase está constituida por personas de enorme ambición, que sienten placer luchando por el poder y el mando, con gran autoestima y, al contrario de lo que se suele pensar, muy trabajadoras. James Burnham estudió en Los maquiavelistas a los autores que explicaron la verdadera naturaleza de la política, que se caracteriza, lejos del mito democrático que se nos vende, por estar en manos de unos pocos. Pero esa clase política domina siempre que satisfaga a la clase social. Aquí entra en juego el concepto de Pareto de la circulación de las élites: cuando una élite está anquilosada llega una nueva y la expulsa. Pueden variar las formas, pero siempre hay una clase política que detrae rentas y domina al resto de la población. Por último, esa clase política cuenta a su vez con una fórmula, es decir, una legitimación con algún tipo de idea o principio que le permita gobernar. Hoy domina, por ejemplo, el principio del progreso económico y la idea de la democracia (otras ideas pueden ser la construcción del socialismo, la expansión del islam, etc.). La fórmula acaba legitimando el poder de esa clase política.

En definitiva, el Estado está compuesto por un grupo de personas organizadas, especializadas, con habilidades de mando y con capacidad de detraer rentas al resto de la población. Unas rentas, eso sí, que son extraídas de manera sutil: en nombre de la justicia social, la equidad, las externalidades, etc.


Serie sobre Teoría del Estado en el Prof. Bastos: también puede consultar el capítulo I.