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La teoría del intercambio desigual

Los liberales tenemos muy interiorizado el hecho de que la pobreza es el estado natural del hombre y que, por lo tanto, es la riqueza lo que hay que explicar en la problemática de la desigualdad mundial.

Si la riqueza sólo puede surgir partiendo del libre ejercicio de la función empresarial, buena parte de la pobreza que persiste –aunque no toda: también habrá que tener en cuenta las estructuras de incentivos culturales, familiares, etc.– se explicará por las restricciones a la libertad individual, sobre todo en un análisis entre países.

Pero las teorías de la desigualdad mundial que manejan las élites intelectuales de hoy en día nada tienen que ver con este punto de partida liberal, y las prescripciones que propugnan suelen ser netamente liberticidas. Sólo sus nombres ya nos advierten de que es el viejo marxismo el que inspira sus bases: las tres teorías fundamentales son la del intercambio desigual, la de la pauperización y la del desarrollo del subdesarrollo.

Estas tres teorías comparten algunas características, tal vez las más imperdonables: las tres, aunque en general estén en boca de cualquiera (incluida la parte más ruidosa de los movimientos antiglobalización), son patrocinadas por autores de renombre, economistas y sociólogos que las revisten de un halo supuestamente científico; las tres culpan del subdesarrollo, en última instancia, a Occidente; las tres giran, como es natural siendo las tres concreciones de los deslavazados y abstractos argumentos marxistas clásicos, en torno al núcleo del valor-trabajo.

En este artículo nos centraremos en la teoría del intercambio desigual, también enunciada en ocasiones mediante la dicotomía centro-periferia; puede entenderse como un intento de revalorizar las exportaciones del Tercer Mundo a toda costa y desde fuera de la relación comercial: desde los despachos de gurús de la izquierda como Arghieri Enmanuel, Christian Palloix y, el más prestigioso de todos, Samir Amin.

Esta teoría se define en negativo: si el precio normal y justo de una mercancía es "aquél que permite que todos los factores productivos que participan en cualquier parte del mundo en su producción sean remunerados al mismo nivel", el precio anormal e injusto es precisamente lo contrario, porque implica necesariamente remuneraciones dispares (el argumento de las diferentes productividades sólo lo admiten en parte). Constatando empíricamente que los precios, sobre todo en el caso de las materias primas, son muy distintos según en la parte del mundo en la que nos hallemos, estos autores proponen la "hipótesis del drenaje del excedente" (formulada por Enmanuel pero adoptada con distintas expresiones por toda la corriente en general): se produce una "transferencia de excedente" del Sur al Norte que frena el desarrollo económico de la periferia exacerbando el desfase de renta respecto al centro.

Es más, el desarrollo industrial local (el de las múltiples periferias) no es factible, porque la dependencia de los centros trunca la posibilidad de modernidad universal (y en este sentido, la deslocalización son "únicamente enclaves aislados y dirigidos" que en modo alguno invalidan la tesis cardinal). Esto supone negar la verdad básica de que el mercado internacional es interdependiente e implica, adicionalmente, que el verdadero desarrollo se concentra en unos pocos puntos del planeta, afirmación que no es más que una versión rejuvenecida del rancio "capitalismo como imperialismo y expansión de monopolios" de Lenin. En palabras de Enmanuel, "la miseria del Tercer Mundo subvenciona el buen vivir del Norte".

Esta teoría, además de contradecir la evidencia empírica, adolece de fallos económicos muy graves y es, en definitiva, pura palabrería y autoflagelación gratuita. Cae en los tópicos más sonados de la antiglobalización: el capitalismo genera monopolios y acaparamiento, la competencia empresarial es igual de conflictual y predatoria que la biológica, en el intercambio hay ganadores y perdedores, etc. La herencia neoclásica y marxista es evidente en la centralidad del valor-trabajo y todas sus implicaciones, y de hecho se explicita en varias ocasiones. Así, según Enmanuel, parafraseando casi milimétricamente a David Ricardo, expone: "el equilibrio sólo quedaría asegurado si las mercancías se cambiasen en proporción a la duración del trabajo para producirlas".

Ignora, por supuesto, el papel de los precios y del dinero; ignora que el trabajo no puede ser una medida intersubjetiva de valor en tanto que es heterogéneo, inasible, sólo significa algo cuando se le pone un precio y, por lo demás, numerosos recursos de la naturaleza no incorporan trabajo. No existe esa mística medida de valor objetiva, universal y atemporal, ni tampoco la plusvalía marxista, porque los precios son relaciones históricas de intercambio, y el intercambio no se produce en un entorno de libertad si no beneficia a las dos partes: violaría el principio de la básica racionalidad de los seres humanos. Sin embargo, la teoría del intercambio desigual se empeña en considerar el comercio como un juego de suma cero, en el que los países subdesarrollados participan resignados, considerando su aportación en posición asimétrica como "mal menor" (el mal mayor sería la exclusión del sistema).

Obviamente, esta afirmación se contradice abiertamente con su crítica furibunda –único punto en el que hay acuerdo con los liberales– a las restricciones institucionales, especialmente de la Unión Europea, con su Sistema de Preferencias Generalizadas, sus restricciones a la importación y sus medidas antidumping. Si es injusto que los salarios en Europa y Asia sean distintos, ¿para qué liberalizar el mercado y suprimir los salarios mínimos y las demás restricciones? Tenemos motivos para creer que lo que realmente amparan estos teóricos no es la supresión de barreras institucionales sino, por el contrario, la uniformización de las mismas por todo el globo. Esto es, la extensión mundial de los "derechos laborales" que ya propugnan los teóricos de las generaciones tercera y cuarta de los Derechos Humanos y que supuestamente protegen al trabajador de las violentas presiones de los capitalistas: si aceptan un salario más bajo de lo políticamente correcto, no es porque quieren sino porque los han obligado. ¿La razón? "En el marco de una economía de competencia pura la remuneración de trabajo y la utilidad del capital no son fijadas por un acto voluntario, sino por el mercado."

Por otra parte, podemos apreciar el enorme mal que ha hecho a la economía la teoría neoclásica de la competencia perfecta en afirmaciones terroríficas como ésta, consecuencia sin duda de la anterior: "la tasa de ganancia de equilibrio que constituye el eje de oscilación de la tasa de ganancia real, debe ser la misma en todas las ramas, porque toda la diferencia de tasa de ganancia real, al provocar movimientos de capital hacia una ganancia mayor, tiende a restablecer el equilibrio". La competencia y la reinversión no existen: la eficiencia en la asignación de recursos no es dinámica sino estática, pasiva y fantasmagórica. Para que una tasa de ganancia sea creciente, es necesario introducir continuas mejoras e innovaciones, lo que beneficia a todo el colectivo de consumidores, fenómenos que es perfectamente viable y que ignoran estos teóricos al no introducir en ningún momento la variable de la función empresarial. Un intercambio sólo puede ser "desigual" si lo analizamos desde los paradigmas neoclásicos; así, excepto en los casos de "competencia perfecta", los excedentes del consumidor y del productor son siempre dispares. No es casualidad que Marx en su momento y los estos teóricos hoy hayan recurrido ad hoc al valor-trabajo para justificar sus teorías de la explotación: todo puede cuadrar, incluso matemáticamente, si nos inventamos que el valor es común y objetivo.

Una teoría que desconoce los mecanismos básicos del mercado, la naturaleza de los precios y la competencia, la razón de la división del trabajo, de las ventajas comparativas y del mercado internacional, no merece estar en las tribunas de conocimiento dictando instrucciones y propagando quejas contraproducentes. Imaginemos cuál sería la reacción del Tercer Mundo si, al elevarse sus salarios artificial y coactivamente hasta el nivel europeo, las empresas decidieran no deslocalizarse allí donde los gobiernos nacionales supusieran un riesgo: seguramente no les sentaría muy bien. Porque los implicados en las relaciones comerciales comprenden perfectamente que un intercambio nunca puede ser desigual si es libre y los factores productivos nunca pueden remunerarse exactamente igual porque son distintos, tanto ellos mismos en sí como sus contextos institucionales. De ser iguales, las multinacionales nunca se habrían trasladado a los países en vías de desarrollo, nunca habrían pagado esos salarios sensiblemente superiores a los de las industrias locales y nunca, por poner sólo dos ejemplos, podrían haber surgido los impresionantes Bangalore y Dharavi. Viendo sus progresos, rodeados como están de miseria, la tesis de la desconexión de Samir Amin (que, justificada en el intercambio desigual, predica la necesidad de los países pobres de "desengancharse" del sistema capitalista) no puede resultar más ridícula.

Comentarios

Keynes
Espantosamente sesgado.
LVTHN
Los que estáis negando las evidencias empíricas y contradiciéndoos sois vosotros. Si no se produciese el drenaje de excedente por los países imperialistas, no habría multinacionales en países dependientes y no existiría deslocalización, porque precisamente la lógica implícita a la deslocalización es la maximización del beneficio, beneficio que produce la fuerza de trabajo ejercida en las industrias deslocalizadas, remunerada con un salario que empíricamente es mucho menor al de los países imperialistas, y que puede ser mayor al de las industrias locales porque la acumulación de capital de las multinacionales es mucho mayor al de las industrias locales, porque su capital está en constante reproducción a nivel internacional; y además, de esa manera, desbancan a la industria local del mercado, monopolizándola, demostrando una vez más la tesis de Lenin. Emmanuel y compañía no contradicen en ningún momento la interdependencia de los mercados internacionales, al contrario, la ratifican, pero eliminando vuestra metafísica liberal de intercambio en "condiciones iguales", y dotándole de un contenido concreto de clase, es decir, demostrando que son los capitalistas financieros de países imperialistas y las capas proimperialistas de los países dependientes las fracciones que se benefician de esa interdependencia de los mercados. Por último, no, ese intercambio no puede ser libre porque efectivamente negarse al intercambio significa el ostracismo internacional y la miseria absoluta; por lo tanto, en vuestra propia argumentación está la refutación de la misma: el intercambio no es libre y su coacción implica su desigualdad. No tenéis ni puñetera idea de la teoría marxista, confundís valor con precio, ignoráis las evidencias empíricas de las diferencias brutales en las balanzas de pagos de países dependientes e imperialistas... y os atrevéis siquiera a negar a Lenin. Brillante Juan de Mariana. Si este es el nivel máximo al que pueden llegar los liberales, no podemos estar más tranquilos.
LVTHN
"No existe esa mística medida de valor objetiva, universal y atemporal, ni tampoco la plusvalía marxista, porque los precios son relaciones históricas de intercambio, y el intercambio no se produce en un entorno de libertad si no beneficia a las dos partes: violaría el principio de la básica racionalidad de los seres humanos". Brillante. Tratando de refutar una teoría económica con dogmas sacados del idealismo humanista de raíz ilustrada más casposo. Negando las evidencias empíricas de las desigualdad de capital internacional con ideas caídas del cielo basadas en una supuesta racionalidad humana atemporal, ahistórica y absoluta sin más base que el noúmeno del Dios cristiano: en definitiva, estáis haciendo del análisis económico una cuestión de fe. De risa, sois de risa, de verdad.

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