Usted está aquí

La teoría del valor contra la pobreza

La teoría económica es una ciencia compleja a la que no suelen prestar atención los profanos. Al parecer su nivel de abstracción la despoja de cualquier relevancia para el debate política actual y la recluye a un ámbito meramente academicista. Pero lo cierto es que las ideas siguen importando y que en particular la vulgarización de las malas ideas ha instalado en la sociedad una cosmovisión de sesgo antiliberal.

Un ejemplo bastante claro lo tenemos en la teoría de la imputación del valor y de los costes. En general casi toda la teoría clásica y neoclásica sostiene que los costes determinan el precio, esto es, que cuanto más costosa sea una mercancía tanto mayor será su precio.

La Escuela Austriaca, gracias a las seminales aportaciones de Menger, Böhm-Bawerk y Wieser, sostiene en cambio que son los precios los que determinan los costes, ya que éstos en última instancia no son más que los precios de los factores productivos. El empresario demandará trabajadores, maquinaria o materias primas en función de los ingresos esperados por la venta de los productos; y estos ingresos esperados dependen del precio que están dispuestos a pagar los consumidores.

En el lenguaje coloquial la teoría clásica del valor se ha importado bajo la forma del prejuicio habitual de que los más pobres serían incapaces de pagar ciertos bienes o servicios. Así, por ejemplo, la privatización de la sanidad resulta inaceptable ya que sería demasiado cara para los pobres.

Este tipo de clichés, sin embargo, sólo demuestra una falta de interiorización y comprensión de la auténtica teoría del valor. En efecto, si los costes finales no se ven influidos de ninguna manera por las valoraciones de los consumidores, siempre habrá sectores de la población que quedarán excluidos perpetuamente de ciertos productos.

Por ejemplo, supongamos que el bien X sólo puede producirse hoy a un coste medio de 5.000 unidades monetarias y que se oferta a una ciudad de mil habitantes al precio de 5.500 um. De esos mil habitantes, sólo cien están dispuestos a pagar tan elevado precio, mientras que los 900 restantes lo adquirirían si su precio fuera de 4.000 um. Sus ingresos serían 550.000 um (5.500 um x 100), sus gastos 500.000 (5.000 um x 100), sus beneficios 50.000 um (ingresos menos gastos) y el retorno sobre la inversión el 10% (beneficios sobre gasto).

En este caso tenemos una enorme parte de la demanda insatisfecha. Con una mala teoría del valor nos quedaríamos aquí: hasta que los costes no se reduzcan por algún motivo, sólo los ricos podrán adquirir el bien X. En cambio, si incorporamos la teoría del valor austriaca, la imagen de unos empresarios totalmente desinteresados por satisfacer la demanda de los más pobres cambia por entero. Si algún empresario fuera capaz de reducir los costes de producción hasta, por ejemplo, 3.000 um, podría ofrecer el producto a 4.000 um y vender mil unidades del bien X. En este caso, su retorno sobre la inversión sería del 33%, es decir, más de tres veces la anterior.

Ahora bien, no resulta verosímil asumir que la reducción de los costes medios le vendrá al empresario caída del cielo, sino que en la mayoría de los casos necesitará, a su vez, incurrir en nuevos costes (por ejemplo, para investigación y desarrollo, adquisición de nuevas máquinas o mejora de la logística).

Por tanto, es necesario calcular cuál será la cuantía máxima que estará dispuesto a gastar el empresario en reducir los costes medios para que la inversión le resulte igual de rentable que la primera (10% de retorno). Con los datos anteriores, este gasto máximo sería de 636.363 um; de modo que una vez reducidos los costes medios y el precio, los ingresos serían 4.000.000 um (4.000 um x 1.000), los gastos 3.636.363 um (3.000 um x 1.000 + 636.363 um), los beneficios 363.636 um y el retorno el 10%.

En otras palabras, el empresario estaría dispuesto a gastar sólo en reducir costes medios más de los ingresos que obtenía en el primer supuesto (550.000 um). Las razones que justifican esta inversión en reducir los costes medios son básicamente dos: el mayor margen por unidad vendida y el gran número de consumidores que pasan a ser satisfechos (lo que permite repartir los gastos de inversión entre un gran número de individuos).

De hecho, el gasto en reducir costes medios es creciente en estos dos factores. Por ejemplo, para reducir los costes medios hasta 1000 estaría dispuesto a invertir hasta 2.636.363 um (casi cinco veces más que los ingresos iniciales) y si el número de consumidores aumentara hasta 10.000, la inversión se podría multiplicar por diez.

Por tanto es completamente falaz que los empresarios se despreocupen por los más pobres. Más bien al contrario; el hecho de que no puedan o no quieran pagar los inicialmente elevados precios convierte en rentables las inversiones destinadas a reducir los costes para captar esa demanda insatisfecha. El capitalismo convierte los lujos de ayer en las necesidades de hoy: masifica los bienes y servicios y los hace accesibles a todo el mundo.

De hecho, en medio del proceso globalizador actual –donde el número de potenciales consumidores se multiplica y donde el coste de la investigación se reduce gracias a los menores salarios– los efectos anteriores son todavía más intensos.

Ahora bien, es importante darse cuenta de que esta reducción de costes medios sólo permite incrementar el bienestar de los consumidores cuando tiene lugar en el mercado. Y es que el gasto en inversión para reducir el precio del bien X tendrá que proceder o bien de un incremento de la oferta de factores productivos (por ejemplo, un individuo que decide trabajar más horas al día) o bien de una reducción del gasto destinado al producto Y.

Si el Estado se fijara como objetivo reducir los costes medios de X subvencionando la investigación en I+D o la renovación de la maquinaria, los factores productivos serían desviados hacia tareas menos valoradas por los consumidores.

Los pobres no necesitan al Estado para mejorar su situación. Una correcta teoría del valor permite comprender cómo los empresarios y los capitalistas son los más interesados en adaptar sus precios a la demanda de las masas. La teoría económica sigue teniendo su importancia en la lucha por la libertad.