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La toma de decisiones a la europea

Hace unos años y durante mucho tiempo, el programa estrella de los viernes por la noche era el concurso "1, 2, 3… responda otra vez". En blanco y negro con Kiko Ledgar y don Cicuta (Valentín Tornos), en color con Mayra Gómez Kemp y las Supertacañonas (las Hurtado), el programa de Chicho Ibáñez Serrador, arrasaba. La parte más esperada era la subasta. Los concursantes que hubieran superado la fase de preguntas y una prueba de habilidad se enfrentaban a la terrible misión de decidir a ciegas entre diferentes regalos de los que solamente sabían la pista que Kiko o Mayra les anticipaban (porque "hasta ahí podían leer"). La intuición y, sobre todo, la suerte, determinaba que los más afortunados se llevaran un coche, un viaje o una casa y los menos afortunados la calabaza Ruperta.

Por suerte, cuando decidimos en la vida cotidiana la cosa no es tan peliaguda. Lo hacemos en otras condiciones: disponemos de más información acerca de las alternativas, calibramos lo que dejamos de ganar, hemos ensayado y aprendido criterios de decisión a lo largo de miles de años.

La toma de decisiones, en términos generales, es lo que ha permitido que el hombre siga sobre la tierra: la decisión que lleva a la acción asegura que huyes de un peligro o que corres hacia él, que sigamos aquí significa que las decisiones fueron acertadas más veces que menos.

Lo que los estudios sobre los mecanismos que determinan la toma de decisiones nos indican es que no es un proceso lineal, sino múltiple y que los circuitos que se activan en la mente no son siempre los mismos ante el mismo dilema: hay muchos factores intrínsecos y también externos que influyen en el resultado final. Por eso, todos nosotros somos individualistas y sociales. Nuestro propio interés a veces está encontrado con el del grupo, pero otras veces no. En otras ocasiones nos conviene asociarnos, mirar por todos y tatuarnos el slogan: "o todos o ninguno". El equilibrio no cooperativo de Nash que nos muestra a un hombre que se mira el ombligo es cuestionado por la evidencia que Elinor Ostrom pone encima de la mesa. La realidad nos dice que las cosas funcionan de otra manera y que el hombre es menos egoísta de lo que los economistas predicamos. Por eso, ella confía en que los recursos naturales comunitarios sean gestionados por las comunidades sin que el Estado planifique de arriba a abajo.

También Bastiat explicaba que no concibe propiedad sin libertad y justicia porque solo así se llegará a una sociedad en la que todos seamos más iguales en una sociedad segura y pacífica. Para él la competencia nos iguala porque los bienes son más accesibles a todos ("Todos los hombres son iguales ante esa parte del precio de los libros desaparecida gracias a la imprenta"). Los intereses, siempre y cuando sean legítimos y no consistan en vivir a costa de los demás, se armonizan. El hombre en sociedad, dice Bastiat, progresa porque se asocia a los demás, coopera. No se trata de que los intereses privados y los cooperativos sean opuestos o convergentes, es que el interés individual, a veces, consiste en que el grupo progrese. La búsqueda del propio interés, en cualquier caso, es la decisión principal de la que cada cual debe ocuparse. De ahí que, según Bastiat, la interferencia del legislador en las decisiones ajenas merma la responsabilidad de los individuos, que no puede aprender, asumir los aciertos o errores, y decidir mejor la siguiente ocasión.

Los teóricos de la Escuela de Public Choice estudian las diferentes maneras que adopta la toma de decisiones colectivas, y en particular, las elecciones. Y la conclusión es que cuanto más nos acerquemos a la unanimidad, más segura será la votación como regla de decisión, más difícil de romper, más difícil de establecer pactos que perviertan la decisión y sometan a los más a la bota de los menos. La unanimidad es difícil de conseguir, pero es el objetivo al que se debe apuntar si queremos decisiones políticas "de calidad".

Por eso es sorprendente que el Pacto de Lisboa de la Unión Europea relaje la regla de decisión y cada vez nos alejemos más de la unanimidad. Y aún más que no se haya destacado en las noticias de la semana pasada, como si nadie se hubiera dado cuenta. Pero esa modificación, que casi ha pasado inadvertida, no beneficia la integración real, ni refuerza la percepción de pertenencia, ni evita los pactos perversos. Solamente permite quitarse los problemas de un plumazo, salir en la foto y decir sonrientes en la rueda de prensa que hemos llegado un acuerdo los 27 porque tenemos una Europa cada vez más una, más grande y más libre sobre el papel, o ante las cámaras, pero todo lo contrario en realidad.

Para poner los pelos de punta.