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La UE y sus desastrosas intervenciones exteriores

En abril de 1945, cuando las tropas occidentales cruzaron el Rin y se lanzaron hacia el corazón de Alemania, generales y políticos británicos instaron a sus homólogos estadounidenses a avanzar lo más rápido posible, porque creían que cualquier sitio sobre el que pisara un soldado soviético sería puesto bajo su mando sin mayor dilación. Los mandos estadounidenses, con Eisenhower a la cabeza, se negaron a arriesgar las vidas de sus soldados, argumentando que los soviéticos cumplirían los acuerdos de Yalta y facilitarían las elecciones libres en los países por ellos liberados y, por tanto, arriesgar vidas nacionales por algo que ya estaba garantizado era absurdo. El tiempo daría la razón a los británicos que, después de siglos participando en la política europea, sabían que la fuerza de las armas, mal que les pese, siempre se impone a la diplomacia y los acuerdos previos. No ha pasado un siglo y la UE parece haber olvidado esta lección que costó a millones de europeos vivir bajo una de las dictaduras más crueles que ha creado el ser humano.

Muchas veces se culpa (y con razón) a Estados Unidos de mantener una política demasiado idealista o ingenua con respecto al establecimiento de la democracia en otros países. Estados Unidos gana las guerras, pero pierde las posguerras. Salvo honrosas excepciones, el gigante norteamericano no es capaz de llevar adelante una ocupación coherente y lo suficientemente firme como para encauzar a esos países en la senda democrática. En muchas ocasiones, es incapaz de darse cuenta de que, a estas sociedades, países, naciones, a sus habitantes, no les gusta ni quieren una democracia. Empero, hay que reconocer a los estadounidenses su insistencia en tropezar siempre con la misma piedra. A los europeos nos apasiona, por otra parte, criticar la política exterior de nuestro aliado del otro lado del Atlántico, sin ver la enorme viga que llevamos en nuestro ojo. Quizá no deberíamos intentar dar lecciones, ya que nuestras actuaciones han sido tan malas o peores que las estadounidenses.

Durante la Guerra Fría, la CEE/UE apenas tuvo una política exterior de calado. Alemania fastidiaba a Estados Unidos con sus coqueteos con la República Democrática de Alemania o la propia URSS, mientras que Francia trataba de desarrollar una política independiente en África Central y Oriente Próximo, que en la mayor parte de las ocasiones se oponía a las iniciativas estadounidenses. Tras la caída del Telón de Acero, se inauguró una serie de iniciativas europeas que terminarían en sonoros desastres, por no tener en cuenta la máxima de poder expresada al inicio de este artículo: el que detenta la fuerza impone las condiciones.

El 23 de diciembre de 1991, la irresponsabilidad de Alemania al reconocer unilateralmente la independencia de Croacia y Eslovenia dio alas a la desmembración de Yugoslavia y los años de guerra que seguirían. Es probable que, sin los tejemanejes de alemanes, franceses y el Vaticano, el conflicto hubiera estallado de todas las maneras, pero la actuación europea ayudó acelerar e intensificarlo. Posteriormente, la incapacidad de la UE y sus Estados miembros para estabilizar la zona con iniciativas diplomáticas y militares limitadas (lo que es casi peor que su ausencia) ayudó a extender un conflicto donde la diplomacia sin fuerza solo propició un desastre tras otro, como lo fueron el sitio de Sarajevo o las matanzas de Srebrenica. Tuvo que ser Estados Unidos, una vez más, el que sacara las castañas del fuego a Europa y estabilizara la zona con un reticente Clinton a la cabeza, al que le costó coger las riendas, sin faltar, desde luego, las quejas y las críticas de sus aliados europeos.  

Después de este desastre, las iniciativas europeas se frenaron con la segunda guerra del Golfo y otros problemas derivados del 11-S, y la política exterior europea fue bastante discreta. Una década después, la UE se vino arriba de nuevo. Finalizaba el año 2010 y el suicidio de un vendedor ambulante tunecino inauguró una serie de revueltas en todo el mundo árabe que se bautizó como la “Primavera Árabe”. La UE y Estados Unidos se lanzaron rápidamente a apoyar estas revueltas, convencidos de que una ola de democratización arrasaría las dictaduras de la zona. Fue un apoyo diplomático y político, sin fuerza militar ni amenaza de ella. El resultado de este proceso fue debilitar a algunas dictaduras o incluso derribarlas, pero sólo para ser sustituidas por otras igual de nefastas, como el caso de Al-Sisi en Egipto, o crear vacíos de poder que, en el peor de los casos, siguen sin ser cubiertos y han derivado en guerras de muy difícil conclusión. El caso más sangrante para Europa ha sido y sigue siendo el de Libia, donde la revuelta no parecía tener demasiado desarrollo, pero fue respaldada por las potencias occidentales, encabezadas por la Francia de Sarkozy, con bombardeos masivos. La negativa posterior a respaldar estas actuaciones con tropas sobre el terreno sólo sirvió para que, hoy en día, tengamos un país sumido en una guerra civil en la que están inmersos países vecinos y otros no tan cercanos, y es cuna de movimientos terroristas de importante calado.

Este desastre, lejos de desinflar a los europeos, les dio ánimos para meterse en nuevos berenjenales. A finales de 2013, un Gobierno ucraniano legítimamente elegido y con un carácter más prorruso que proeuropeo, decidió frenar las negociaciones de este país para la firma del Acuerdo de Asociación y del Acuerdo de Libre Comercio, ambos entre Ucrania y la UE. Es posible que, para muchos (entre los que me incluyo), fuera una maniobra equivocada, pero era una medida tomada por un Gobierno legítimo. Las protestas no se hicieron esperar y la UE se lanzó a apoyar el movimiento europeizante. Esto envalentonó a las multitudes, que salieron en manifestación, y se produjo un golpe de Estado al asaltar la turba la Rada y asumir el poder. Rusia condenó el golpe y sólo reconoció al anterior Gobierno, mientras que la UE se apresuraba a reconocer al nuevo. Una vez más, el apoyo de la UE se quedó en diplomático y político, y el presidente ruso Vladimir Putin no se cohibió a la hora de exhibir músculo en forma de intervención militar. El resultado es por todos conocido. Rusia se anexionó Crimea, mientras que la zona del Dombass, la zona más oriental de Ucrania, tras pasar por una auténtica guerra en la que se perpetró el derribo de un avión holandés de pasajeros por parte de las fuerzas rusas, sigue sumida en el caos, aunque con cada vez más control político y administrativo ruso. El resultado fue una Ucrania fragmentada y una Rusia que ganó territorio y fuerza en la zona.

Y ahora, en plena pandemia de la covid-19, la UE parece disponerse a cometer los mismos errores y horrores en Bielorrusia. No cabe duda de que Aleksandr Lukashenko ha cometido fraude en las elecciones y que es un dictador declarado, pero la UE no debería apoyar revueltas que luego no está dispuesta a respaldar con la fuerza, pues el resultado está cantado y más con un presidente ruso que ya ha puesto a disposición del dictador bielorruso sus policías y fuerzas de defensa. Vladimir Putin puede desempolvar el guion ucraniano para seguirlo casi al pie de la letra en Bielorrusia, sabiendo que cualquier acto de sus fuerzas armadas no tendrá ninguna respuesta similar por parte de la UE y, en general, de Occidente. En este caso, el final está aún por llegar; podría ser un Lukashenko reafirmado en su puesto con el respaldo de Putin y la oposición disuelta. Mientras estoy escribiendo estas líneas, la única líder opositora que quedaba en el país, María Kolésnikova, ha sido detenida o secuestrada por unos enmascarados. El fin de semana anterior, había participado en las manifestaciones que pedían el fin del régimen.

La otra posibilidad, que supondría una pesadilla para la UE, para la OTAN y para todo el Occidente europeo, es que Putin termine anexionándose toda Bielorrusia, en su sueño de recrear la Gran Rusia. Debemos recordar que, cuando cae la URSS y sus divisiones administrativas se convierten en países, Bielorrusia consigue ser algo que nunca había sido, un país, y desde entonces ha sido una marioneta de Moscú. Aprovechando el caos y creando el discurso adecuado, a la vez que se financian y promueven movimientos prorrusos, Putin puede hasta improvisar a medio o largo plazo un referéndum de anexión a la Federación Rusa, dejando a Rusia pegada a Polonia. Algo que sería mucho más legítimo que la mera anexión militar.

La UE debe y puede desarrollar una política exterior coherente, pero también debe aprender que, sin poder que la respalde, siempre habrá uno más fuerte que sepa sacar provecho de una situación incierta, alguien que no tenga prejuicios para usar todos los recursos, incluso los más violentos. La injerencia en políticas de terceros países es un error cuyas consecuencias son imposibles de controlar si no se “fuerzan”. Los Estados usan los recursos que esquilman a sus ciudadanos para intervenir donde no deben. Creer que, en un país como Yugoslavia, las diferencias étnicas y culturales no iban a entrar otra vez en conflicto y reconocer la condición de país a Croacia y Eslovenia condenó a cientos de miles de personas a la muerte y a casi tres millones al exilio. Creer que en el mundo musulmán la democracia al estilo occidental va a tener cabida es un error que se lleva cometiendo décadas. Sus ideas, tradiciones, historia y filosofía han conducido a otros sistemas de gobierno. Creer que apoyando a la oposición en países que han sido parte del Imperio Ruso o de la URSS es suficiente como para que tomen el camino de la occidentalización y que un dictador como Vladimir Putin lo va a permitir es no conocer cómo ha actuado y cómo pretende actuar en cualquier parte que considere su zona de influencia. Además, dar apoyo a un colectivo, que éste se haga ilusiones, que se movilice, que espere ayuda en el peor de los momentos y que, cuando la solicite, se le niegue por cuestiones políticas, ideológicas o de simple interés, es condenarlo a la muerte a manos de los que no les importa matar, torturar o aterrorizar, además de condenar a ese país a décadas de oscuridad.