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La Unión Europea quiere imponer un único cargador para teléfonos móviles

Desde hace una década el Parlamento Europeo viene insistiendo en que todos los teléfonos móviles y otros dispositivos portátiles —tabletas, libros electrónicos, cámaras, etc.— deberían utilizar un único modelo de cargador. Las razones esgrimidas para uniformar el mercado son:

a) Reducir la cifra de 51.000 Tm/año de residuos electrónicos.

b) Facilitar la vida a los consumidores con un único cargador interoperable.

En 2009 era posible encontrar más de 30 modelos de puerto de carga así que la Comisión Europea aprobó un estándar: el micro-USB sería el modelo universal a utilizar por los fabricantes en su territorio. Esto fue «acordado» entre la UE y distintas asociaciones y 14 fabricantes principales.

En la última década, el mercado ha pasado de fabricar 30 puertos a tan sólo 3, pero este enorme esfuerzo de la industria parece insuficiente para quienes desean una uniformidad absoluta. La resolución del Parlamento Europeo, de fecha 27/01/2020, expresa de este modo resumido sus intenciones:

Existe una urgente necesidad de regulación en la UE para reducir la basura electrónica, empoderar a los consumidores para que tengan opciones sostenibles y permitirles una completa participación en un mercado interno que funcione bien y eficientemente.

Así pues, los de Estrasburgo excitan a los de Bruselas para que restrinjan el libre mercado de los dispositivos portátiles. Veamos los daños que ocasionaría esta medida a los fabricantes y consumidores.

1. En primer lugar, los europarlamentarios no entienden que la diversidad de puertos de carga, al igual que el resto de productos que encontramos en el mercado, es el resultado de la libre competencia, cuyo objetivo es satisfacer puntualmente las necesidades de los consumidores. Uniformar coactivamente la producción es más propio de un sistema socialista de planificación central. 

2. Resulta arbitrario elegir un solo puerto de carga. ¿Quiénes serán los jueces en tal espinosa cuestión? Es inevitable que la corrupción política aflore. Las empresas ya no competirán por el favor de los consumidores, sino por el favor de políticos y funcionarios.

3. Imponer a los fabricantes un único modelo de cargador vulnera el libre ejercicio de la propiedad mercantil y la libertad de elección de los consumidores. Por otro lado, es una gran arrogancia de los políticos pensar que ellos saben mejor que los consumidores lo que les conviene. 

4. La coexistencia de varios cargadores no supone un problema para los consumidores porque cada cuál utiliza el suyo propio, es decir, en la práctica no hay un uso compartido de los cargadores aunque tengan el mismo puerto. Por otro lado, vender los cargadores de forma independiente de los dispositivos incomoda a los consumidores y también representa mayores costes comerciales y logísticos.

5. La enorme variedad de productos que encontramos en el mercado dificulta mucho la interoperabilidad, incluso en los productos de la misma marca. Por ejemplo, los recambios de las maquinillas de afeitar no son compatibles y cada fabricante saca al mercado nuevos modelos con 2, 3, 4 o 5 hojas. Lo mismo pasa con cualquier componente de cualquier producto. Por ejemplo, cada batidora de cocina viene con su propio brazo y estos no son interoperables. Igual sucede con los cartuchos de tinta para impresora, etc. Esto es así porque la interoperabilidad o compatibilidad de los componentes no es una característica que importe demasiado a los consumidores. Si así fuera, los fabricantes ya lo habrían tenido en cuenta. La industria ha resuelto el problema de la no compatibilidad con los «adaptadores», que ya existen para todo tipo de enchufes eléctricos.

6. La «fragmentación» del mercado, entendida como variedad de bienes, no es un problema, sino una bendición para los consumidores porque les ofrece múltiples alternativas en el consumo. La Europa del «Mercado Único» no significa, en modo alguno, la uniformidad de productos.

7. El problema de los residuos de cargadores es despreciable comparado con los provenientes de equipos de mayor tamaño (TV, PC, impresoras, cámaras, reproductores, teléfonos inteligentes, tabletas, etc.) que son desechados durante su vida útil porque las innovaciones tecnológicas los vuelven obsoletos a los ojos de los consumidores. Si la UE quisiera reducir significativamente la cantidad de basura electrónica debería prohibir directamente la innovación tecnológica en su conjunto y obligar a los consumidores a mantener sus dispositivos hasta su agotamiento. La aparición de residuos no es un «fallo del mercado», sino un coste que debe ser internalizado por el productor mediante la correcta asignación de los derechos de propiedad.

En definitiva, la idea de imponer —mediante coacción — un único puerto de cargador para teléfonos móviles es una medida sumamente lesiva para los consumidores europeos, que verán anuladas sus elecciones de consumo. Además, supone un peligroso precedente que abre las puertas a nuevas arbitrariedades legislativas.
La UE, como proyecto político, nos muestra aquí su peor versión: un sistema uniformador de planificación central al más puro estilo soviético. Decía John Stuart Mill[1] que el éxito de la civilización europea fue debido a la «notable diversidad de carácter y cultura de sus individuos, clases y naciones». La uniformidad que desea imponer la UE sólo puede conducirnos a la decadencia y a la descivilización.

[1] Sobre la Libertad (1859), pag. 14.