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¿Legalización de las drogas duras?

Las drogas "duras" son aquellas cuyo consumo genera siempre una fuerte adicción, de forma que a pesar de que el consumidor es incapaz de abandonar este hábito a pesar de ser consciente de los daños que ocasiona a su bienestar físico y psíquico. En consecuencia y dado que la adicción impide el ejercicio de la libertad (más allá del primer acto más o menos libre de consumo), daña la vida del consumidor y además ocasiona gravísimas externalidades negativas con pocas posibilidades de compensación (asesinatos, violaciones, mutilaciones, robos, enfermedades crónicas entre otras), su tráfico y consumo son reprobables, pero ¿debiera ser perseguido legalmente su tráfico?

En mi opinión sí. Y no debiera escandalizarnos esta idea puesto que una prohibición legal no es mala "per se" (por ejemplo, se prohíbe matar y todos estamos de acuerdo): una prohibición sólo es mala a la luz de sus consecuencias netas, muy difíciles de calcular salvo excepciones evidentes y puntuales. La prohibición del libre comercio y restricción del consumo de drogas "duras" parece a todas luces una de esas excepciones que todos podemos llegar a considerar evidentemente adecuadas, como pueden serlo también la prohibición legal del comercio libre de sustancias radiactivas, altamente explosivas o gases nerviosos.

Para comenzar, respecto a esta medida concreta (la prohibición del tráfico de drogas "duras") sabemos que sí origina el surgimiento de mafias y corrupción pública, además del encarecimiento y baja calidad de los estupefacientes; pero también que tiende a hacer descender su consumo y calidad gracias a los elevados costes de puesta en el mercado y escasa producción; además de minimizar los daños derivados de la adicción.

Los detractores del prohibicionismo suelen aducir que dicha medida, referida a bebidas alcohólicas, fracasó en el caso de EEUU, puesto que tuvo todas las consecuencias negativas expuestas pero ninguna de las positivas. A este respecto cabe hacer tres observaciones:

La primera es que la ilegalización del alcohol tiende a retraer su consumo, lo cual no significa que eso suceda necesariamente, debido a la existencia de circunstancias de tiempo y lugar que pueden conducir a resultados inesperados. Por ejemplo, la ilegalización puede suponer que la nula carga impositiva abarate el producto tanto que su consumo se dispare; pero también puede erradicar su consumo y/o producción, como sucede por ejemplo, en los países musulmanes más rigurosos, que un día fueron grandes productores y consumidores de alcoholes y que hoy apenas lo son.

La segunda es que alcohol, por un lado, y la heroína o cocaína por el otro son sustancias tan diferentes que las implicaciones de su consumo son totalmente distintas. Por ejemplo, mientras que el consumo periódico de cantidades moderadas de alcohol no tiene por qué generar adicción, la misma conducta genera una fuerte adicción en el caso de la heroína o la cocaína.

La tercera es que el argumento de la "Ley Seca" resulta contraproducente cuando quien lo emplea es un liberal (en sentido europeo) opuesto a la intervención pública en asuntos privados dado que dificulta la producción y consumo de un producto. Quien pone a la "Ley Seca" como ejemplo paradigmático de lo que pasa cuando se prohíbe algo, presenta el prohibicionismo del Estado como algo que fomenta la producción y consumo de un bien. Resulta evidente que hay un error en la argumentación y sonroja el hecho de que aún se siga empleando.

Años más tarde de este antecedente de referencia, algunos legisladores de ciertos países obviaron las dos primeras observaciones, atendiendo al error indicado en la tercera. En consecuencia, despenalizaron el tráfico y consumo de ciertas drogas altamente adictivas, esperando que la situación que se produjo con el alcohol en EEUU se reprodujera con las drogas "duras". Como era previsible, no ha sucedido tal cosa, en palabras de Gerardo Ochoa Vargas:

Los experimentos de legalizar o despenalizar han terminado por regresar a la prohibición: en 1975, la corte en Alaska aumentó la permisividad para poseer más mariguana. Para 1988, entre los jóvenes de 12 a 17 años, el consumo aumentó hasta alcanzar más del doble que el promedio nacional de Estados Unidos. Finalmente, en 1990, se volvió al antiguo esquema de prohibición y el consumo empezó a disminuir lentamente.

En Inglaterra, entre 1960 y 1970, los adictos a la heroína se multiplicaron por 30 y, durante los 80, el número creció cerca de 40 por ciento anual; ahora, arrepentida, enfrenta el enorme costo de tratar miles de adictos. En comparación, en todo ese tiempo el número de adictos a la heroína en Estados Unidos se mantuvo en cifras de alrededor de 500 mil usuarios.

En Suiza, un parque llamado Platzpitz, se definió como lugar de tolerancia para usar drogas. En 1987 tenía 300 visitantes permanentes. Para 1992, eran 20.000. En 1992 tuvieron que cerrar el parque, como única forma de acabar con el lastimoso espectáculo de gente inyectándose y drogándose a toda hora.

Holanda es el único país que no ha dado marcha atrás a la despenalización del uso de las llamadas "drogas blandas", que no son tan blandas: cuando se despenalizó el uso de la marihuana, en 1976, su contenido de tetrahidrocanabinol –el ingrediente activo– era de 3 a 5 por ciento; actualmente es de 35 por ciento, cantidad que produce problemas notables de salud –pérdida de memoria, daños cognitivos, y una falta de energía crónica que convierte al usuario en un ser apático y pasivo–. Los resultados de la despenalización: el número de expendedurías de estas drogas aumentó, en 10 años, de 30 a 1.500 y el uso de marihuana en el grupo de edad de 18 a 25 años creció 200 por ciento. De tal forma que tan sólo en 1997, hubo un incremento de 25 por ciento en el número de adictos a la mariguana en tratamiento, comparado con un incremento de 3 por ciento en los casos de abuso de alcohol. De 1984 a 1996, el uso de drogas en adolescentes holandeses aumentó 200 por ciento, mientras que en Estados Unidos, en ese mismo periodo, la tasa se redujo en más del 50 por ciento. Las mismas autoridades atribuyen el 65 por ciento del aumento en el crimen juvenil al uso de estas drogas, y el uso de "drogas duras" como la heroína se ha triplicado desde la despenalización de la mariguana, pero Holanda no desea cambiar de rumbo.

También hemos de tener en cuenta otras circunstancias asociadas a la legalización de las drogas, y es el hecho de que ya bajo una situación de ilegalidad su consumo se ha extendido hacia los niños (también ha sucedido con otras drogas blandas como el alcohol o el tabaco), por lo que se debe tener en cuenta a la hora de evaluar la viabilidad de una eventual legalización. Esto por no hablar de un Estado convertido en el garante del derecho a consumir drogas, algo que a mí personalmente me aterra profundamente.

En definitiva, esta cuestión sitúa a los liberales ante un dilema moral de grandes proporciones. Nos fuerza a elegir entre la libertad de un individuo en un momento dado y la vida, libertad y propiedad de todo individuo que integra una sociedad en todo plano temporal presente y futuro. Puede que en nuestros análisis del derecho debamos ser más cuidadosos con el modelo de hombre aislado que usualmente empleamos, de forma que evitemos caer en el hiperracionalismo que criticamos en nuestros adversarios políticos e intelectuales.