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Liberal sin apellidos

Hace tres semanas tuve el placer de que me entrevistaran en un canal de Youtube que nació hace poco llamado Libertario. Este artículo es la transcripción parcial de algunas de las respuestas que di en dicha entrevista.

Si estás leyendo este artículo, supongo que eres liberal. Por una parte, me gustaría felicitarte, ya que creo que apoyas un grupo de ideas que conforman y garantizan nuestra civilización: la libertad, la diversidad, la competencia, la voluntariedad, la responsabilidad individual, la cooperación, el respeto a la vida y la propiedad, etc. Pero desafortunadamente no solo te voy a felicitar, sino que también te voy a compadecer, ya que, si eres liberal, seguro que te has encontrado ante esta pregunta (que se parece más a una pregunta de índole deportiva, que no ideológica): ¿qué tipo de liberal eres o a qué escuela de adscribes?

Durante muchos años me daba cierto placer contestar a esta pregunta, como el que demuestra su pedigrí o sus habilidades en público, o como al chaval que intercambia cromos o cartas de un juego de rol con los amigos del barrio. Pero pasados ya unos años y tomando cierta perspectiva, he decidido no contestarla (por una parte, por cierta vergüenza ajena) y también por coherencia con mi propia integridad. Intentaré explicároslo.

No me considero un liberal que se adscriba a una escuela en concreto. Creo que soy un liberal a secas. Sin apellidos. Aunque si me tuviera que etiquetar, el apellido que pudiera hacerme sentir bien sería el de “liberal realista”. De hecho, creo que muchas personas que responden a esta pregunta, se equivocan de base. Es decir, modelar y definir cómo crees que debería operar la sociedad, no es muy liberal, que digamos. Afirmar o creer que “todo el mundo debería ser libertario” parte de un error de base (que incluso puede ser antiliberal), ya que debemos cerciorarnos de que gran parte de la población no quiera vivir acorde con estas ideas.

Entiendo (o creo entender) que cada tesis tiene sus virtudes y contradicciones. Por una parte, el liberal clásico aboga por el Gobierno limitado, aunque hay que confesar que a veces los términos “Gobierno” y “limitado” suelen ser cuasi contradictorios. Pero eso tampoco significa que me tenga que autoproclamar como anarcocapitalista, ya que este es un sistema que no se ha implementado, aparte de que le vaticino ciertas carencias respecto a la resolución de externalidades negativas como el crimen o la gestión de la res publica, entre otros.

Después de estar reflexionando, he llegado a la conclusión de que el concepto más liberal que existe, el que nos ayudaría a responder con la mayor honestidad posible a la pregunta de “cómo te gustaría que fuera la sociedad”, es la libre competencia. Imaginemos que Europa vuelve a ser una conjunción de ciudades-Estado en las que en cierto territorio hubiera un país minarquista, en otro territorio un sistema anarcocapitalista o en otro un sistema socio—liberal… Quizás este sistema representaría el paradigma liberal a la perfección. Es decir, si hubiera un entorno liberal en una cierta parte del mundo, me gustaría que las ideas imperantes entre las culturas colindantes y las instituciones políticas compitieran entre ellas.

Si queremos entender la esencia humana, deberíamos entender que no podemos ni debemos decir a las personas qué deben pensar, cómo deben vivir o en qué tipo de entornos institucionales deben vivir. Así que he llegado a la conclusión de que lo realmente liberal es que hubiera diferentes entornos institucionales en los que las personas se pudieran adscribir o desadscribir según sus intereses o estilos de vida. Quizás la libertad pasa por respetar al otro (incluso si decide vivir bajo un entorno antiliberal). Por eso es tan importante que haya competencia y diversidad, para que se incentive la movilidad social, la responsabilidad individual y la libre asociación.

A pesar de mi fijación por abogar por un liberalismo “sin apellidos”, antes he explicado que si tuviera que ponerle un “apellido” a mi manera de ver el liberalismo, sería el del realismo. Así que intentaré explicároslo.

Yo ahora mismo tengo 34 años. ¿Cuántos años de vida me quedan? No lo sé, ¡espero que muchos! Pero lo que sí tengo claro es que quiero ver cambios culturales e institucionales a lo largo de mi vida o la de mis hijos. No creo que sea inteligente o honesto autoproclamarme como un liberal ortodoxo purista, mientras que mi sociedad se torna cada vez más socialista-colectivista, ya que ni yo ni mis ideas han tenido un impacto residual en la sociedad. Parece que algunos no quieren entender que el poder, la política o el marketing son en realidad el juego de las concesiones y de la seducción, así que debemos constatar que en el mundo real (no en el de las ideas) a veces se renuncia a ciertas ideas en pos de cierto pragmatismo. Nos guste o no, estas son las reglas del juego de la política actual y no querer verlo o hacer algo efectivo al respecto, implica tener una visión un tanto infantil.

Si ser un liberal purista significa que mi acción no tiene el impacto que sí pudiera tener siendo un liberal “realista”, entonces prefiero no ser un liberal purista. Debemos ser realistas y entender que estamos en una fase muy iniciática en la que debemos conseguir una hegemonía y promocionar todas las ideas y subideas liberales a la mayor cantidad de gente posible. Una vez hayamos pasado esta primera etapa, lo realmente inteligente sería que tanto think tanks, activistas, políticos o empresarios se fueran aliando para conformar una hegemonía para que cada vez más países, instituciones e individuos tendieran hacia la libertad.

Si realmente queremos que nosotros mismos, nuestras familias, amigos, comunidades, pueblos, ciudades, regiones o países sean cada vez más liberales debemos impulsar un cambio cultural y educacional. Para que este cambio cultural acontezca se tienen que promocionar estas ideas, y por este motivo yo las promociono “sin apellido”. Si ponerle apellido a mi liberalismo implica que solo le hablo a mi tribu intelectual, esta decisión limitará de facto el impacto que quisiera tener en primera instancia. Así que, ante la pregunta de qué tipo de liberal soy, mi respuesta será la de liberal. Liberal sin apellidos.