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Liberalismo y penetración electoral

Las relaciones entre los políticos y los votantes son de naturaleza transaccional. En efecto, los candidatos suelen prometer que, si acceden al Gobierno, utilizarán las herramientas con las que el Estado cuenta para proveer de beneficios a tal y cual sector de la sociedad (usualmente, aquellos visualizados como mayoritarios y más pobres, más débiles y más indefensos). De ese modo, esperan captar la suficiente cantidad de votos como para ganar las elecciones. Los votantes, a su vez, tienden a orientar su voto en función de las expectativas favorables a sus intereses particulares que cada partido o candidato despierte en su percepción. La regla general de los procesos electorales es, por lo tanto, un intercambio de votos por expectativa de obtención de beneficios.

Seguramente, en la práctica, este proceso está mediatizado por factores tales como las imágenes de los diferentes candidatos, las preferencias ideológicas de los votantes, las circunstancias particulares del lugar donde las elecciones se estén realizando, etc. Pero, una vez procesadas todas esas variables, lo que termina quedando como resultado es la ecuación básica: se vota por aquel candidato que aparente ser el más afín a los intereses (cualesquiera sean esos intereses) del votante. Lo que resulta interesante es contrastar estas conductas con una hipotética oferta política liberal.

El acuerdo que el liberalismo ofrece no es atractivo, no es competitivo, no es seductor. Mientras un candidato de un partido estatista ofrece aumentos de sueldos, creación de puestos de trabajo, incrementos jubilatorios, prestaciones de salud y educación solventadas por el Estado, el liberalismo apenas propone reglas de juego equitativas, libertad para emprender y confianza en que la dinámica del mercado irá acomodando favorablemente las circunstancias siempre y cuando cada individuo en particular se esfuerce por participar del proceso de producción de algún bien que satisfaga un determinado requerimiento de los consumidores. El liberalismo ofrece muy poco en comparación con lo que prometen los estatistas (ya sabemos que las promesas de los intervencionistas son imposibles de cumplir pero eso no importa si los votantes creen en esas proposiciones porque las decisiones electorales no son contratos estrictos sino meras invocaciones verbales).

Todo esto deriva en que la lucha del liberalismo contra el estatismo es sumamente desventajosa. Aun así, el liberalismo tiene dos grandes factores a su favor: 1) que los regímenes basados en el intervencionismo del Estado son insustentables y, por lo tanto, tienden a deteriorarse y generar decepción con el transcurso del tiempo; 2) que los argumentos liberales tienen consistencia lógica y, por ende, en la medida en que más gente abandone el voluntarismo y opere conforme a criterios racionales, los programas liberales tenderán a encontrar una adhesión creciente.

Sucede, sin embargo, que el proceso de diseminación de las ideas liberales es lento. No se puede esperar que mucha gente, de un día para el otro, comprenda la superioridad del liberalismo sobre el estatismo. Esto obliga a los liberales a armarnos de paciencia, de tolerancia, a desarrollar empatía, a ser perseverantes y comprensivos. No se gana nada enojándonos porque la gente no leyó, no comprende y no le interesan los libros de Mises, Rand, Rothbard, etc.

El proceso de inoculación masiva de las ideas económicas liberales no puede ser sino gradual. La disponibilidad de las grandes masas no ideologizadas para dejarse permear por el concepto de que el mercado es un ordenamiento económico más eficaz que el intervencionismo al efecto de producir progreso y bienestar generales y sustentables, solo ocurrirá en la medida en que el beneficio proporcionado por la economía libre llegue a ser apreciado, lo cual requiere una tarea de naturaleza más bien artesanal que industrial, porque implica modificar predisposiciones cognitivas muy arraigadas en las mentes de la mayoría de las personas.

En los ámbitos liberales este tipo de problemas no suele ser abordado desde una perspectiva científica porque existe una suerte de creencia tácita muy arraigada de que, dado que el liberalismo es técnicamente muy consistente, no sería necesario estudiar los factores que determinan las preferencias electorales de los votantes. Según esta creencia, si la gente no vota liberalismo es porque está equivocada y son los votantes quienes deben corregir el error.

Pero se trata de un supuesto que debería quizá ser examinado. Tal vez la utilización de instrumentos de investigación sociológica, tales como encuestas, focus groups y otros similares, permitirían establecer cuáles son los factores que llevan a la amplia mayoría de los ciudadanos a desestimar las propuestas liberales y ayuden a definir criterios que lleven a achicar la brecha que separa al liberalismo de las preferencias de los votantes. Es un tema que no se ha debatido casi nunca en círculos liberales y, eventualmente, un análisis pormenorizado permitiría extraer conclusiones enriquecedoras cuya consecuencia sería, en última instancia, que favorecería la inserción de las ideas y programas liberales en la consideración de los votantes, con el subsiguiente efecto práctico beneficioso en términos de orientación de las políticas de los Gobiernos.