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Liberalismo y trabajo en relación de dependencia: dos concepciones incompatibles

La dinámica de las relaciones laborales es uno de los aspectos de la filosofía política liberal más difíciles de comprender, porque es de los que más distantes se encuentra de las reglas aplicadas en la actualidad. El concepto prevaleciente en lo referido a la contratación laboral es que las empresas incorporan trabajadores y se comprometen, por lapsos indefinidos, a pagarles un salario, usualmente mensual. Esto es algo tan habitual que, para quien no tenga la mente entrenada para abordar el problema, resulta difícil siquiera imaginar que pudiera no ser así.

El empleo en relación de dependencia no es propio de un orden capitalista, donde los contratos tienen plazos estipulados de cumplimiento y se disuelven automáticamente una vez pasado el período de vigencia convenido. De ahí en más, el contrato puede ser renovado o no, según las partes lo decidan, conforme sus respectivas consideraciones sobre el tema. Sin embargo, esta institución -el empleo en relación de dependencia- subsiste, en lo que parece ser una especie de evolución tardía del tipo de relaciones jurídicas que se establecían entre señores y vasallos en tiempos feudales.

El vínculo que la relación de dependencia tiene establecido es incongruente con un orden basado en la libertad porque plantea derechos y obligaciones cuyo cumplimiento y subsiguiente extinción no están previstos y, cuando se producen, es por la decisión unilateral de una de las partes, no porque se llegó al término del plazo de vigencia establecido en el acuerdo.

El problema es conceptual y cultural. Hay bastante gente para la cual sigue siendo importante “pertenecer” a una empresa o institución. La idea de que la prestación laboral es un intercambio comercial regulado por la conveniencia mutua no está internalizada ni incorporada en el pensamiento ni en el sentimiento de muchas personas.

Esta circunstancia trae aparejada la dificultad de que es incompatible con el dinamismo propio de la economía capitalista, donde los modelos productivos deben estar en proceso constante de adaptación a los cambios verificados en las demandas de los consumidores. Nadie percibió este fenómeno mejor que los propios Marx y Engels en el Manifiesto Comunista:

La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción, y por consiguiente las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales.

Un ordenamiento económico liberal debería plantearse, como proyecto sustancial de su contenido programático, la eliminación definitiva de la institución de la relación de dependencia en el campo de la legislación laboral, la cual debe ser reemplazada por un método basado en contratos negociados individualmente por las partes en cada caso particular. Por supuesto, en los casos de grandes emprendimientos industriales o comerciales será necesario lograr algún tipo de estandarización en los términos de esos contratos porque, sin el cumplimiento de ese requisito, sería imposible dar coherencia al desarrollo del proceso productivo. Pero se trata de casos específicos referidos a ese tipo de actividades, donde quien participe debe atenerse a esas reglas, a las cuales está facultado para aceptar o rechazar, según sea su preferencia. Pero aun tales contratos deben tener una duración predeterminada, de modo que, concluido el plazo, oferentes y demandantes de prestaciones laborales evalúen si renovar o dar por finalizado el vínculo por un nuevo período que a su vez debe ser voluntariamente establecido de común acuerdo por las partes.

Es obvio que esta fórmula de gestión laboral afecta profundamente el poder de las organizaciones sindicales, cuyo peso específico se nutre del hecho de que los prestadores de servicios laborales están “atrapados” en la trampa de la relación de dependencia, que les quita margen para negociar individualmente.

Un enfoque del tema en estos términos revolucionaría por completo y haría completamente dinámico el mercado laboral. Cada demandante de prestaciones laborales debería buscar el modo de ofrecer mejores retribuciones por los servicios que requiera y, a la vez, cada oferente debería esforzarse por mejorar la calidad de sus tareas para valorizarla en el proceso de negociación. El resultado final de un despliegue de estas características sería un mercado laboral sumamente dinámico, con empresas que participen de la evolución del proceso productivo y con trabajadores que acompañen esa transformación porque de lo contrario quedarán desactualizados y serán expulsados del sistema laboral.

Es obvio que esto supone valorar de manera positiva la vigencia de un orden social flexible, en constante adaptación a las demandas humanas que, por definición, no son estáticas. Estamos muy lejos de eso porque hay viejos prejuicios muy arraigados que se oponen a la concreción de estos cambios jurídicos e institucionales. Pero es bueno que los liberales tengamos claro el norte hacia el que sería deseable dirigirnos para poder orientar nuestro desempeño en el marco de los debates sobre asuntos de interés público.